El santo de la libertad

Estando en vida el papa Juan Pablo II —quien mañana primero de mayo será beatificado para posteriormente ser canonizado o sea santificado—, el antiguo presidente de la desaparecida Unión Soviética comunista, Mijaíl Gorbachov, dijo de él que era “un hombre de libertad, de fe, que sufre siempre que la Iglesia, o el hombre, es oprimido”. Por su parte, el penúltimo secretario general del extinto Partido Comunista de Italia, que fuera el más grande del mundo libre occidental, Enrico Berlinguer, rezongó que lo peor que le podía haber ocurrido al comunismo era que un hombre proveniente de Polonia comunista, en este caso el cardenal Karol Wojtyla, fuera elegido papa de la Iglesia católica.

El sentimiento de Gorbachov hacia Juan Pablo II, quien fue uno de los factores determinantes en el derrumbe del totalitarismo comunista en Europa Oriental y la antigua Unión Soviética, era de admiración, sin duda, mientras que el de Berlinguer era de amargura y frustración. Pero en ambos casos se trataba del reconocimiento de los dos líderes comunistas más importantes de la época, a Juan Pablo II como un heraldo de la libertad.

La beatificación de Juan Pablo II, mañana primero de mayo cuando la Iglesia católica celebra la festividad de la Divina Misericordia que fue instituida precisamente por el santo papa polaco, es un acto sustancialmente religioso. Sin embargo no es solo por sus méritos religiosos que la Iglesia católica lo está santificando, sino también por sus grandes y múltiples virtudes humanas, entre ellas su inmenso amor a la libertad y su resuelto rechazo a todo sistema de opresión. No solo al totalitarismo comunista, sino también a cualquier forma de fundamentalismo político o religioso, así como al capitalismo despiadado que todavía se practica en algunos países, y que él, Juan Pablo II, calificó como “capitalismo salvaje”, recuperando la expresión que el papa León XIII formulara en su memorable encíclica sobre las relaciones entre el capital y el trabajo, Rerum Novarum, que dictó el 15 de mayo de 1891.

Es que para Juan Pablo II el verdadero cristianismo no puede convivir largo tiempo, y mucho menos para siempre, con formas de gobierno y sistemas de vida totalitarios y opresivos, ya fuese el comunismo o un tipo de capitalismo salvaje privado o estatal, como el que se está practicando ahora en China comunista, que por eso mismo tienen que ser repudiados por la Iglesia.

Con esa bandera de rechazo a cualquier forma de opresión y explotación del hombre por el hombre, o de la persona por el Estado, Juan Pablo II vino por primera vez a Nicaragua en marzo de 1983. Y nos repitió aquí su frase emblemática de: “¡No tengan miedo!”, que pronunció en la primera homilía de su pontificado y repitió al llegar por primera vez a Polonia como Santo Padre de la Iglesia católica, cuando su país natal estaba sojuzgado por el totalitarismo comunista.

Aquella visita de Juan Pablo II durante la cual las turbas sandinistas sabotearon la misa campal oficiada por Su Santidad en Managua, a despecho del FSLN significó un extraordinario aliento a la lucha por la libertad de Nicaragua. Fue necesario que transcurrieran otros siete dolorosos años, desde la visita de Juan Pablo II hasta cuando el pueblo nicaragüense rompió las cadenas de la opresión sandinista. Pero sin duda que aquella histórica visita, y la profanación sandinista de la Eucaristía papal, significaron el principio del fin del régimen totalitario, pues a partir de entonces “poco a poco se comenzó a desgastar el mito sandinista” como escribiera el padre Alberto Royo, sacerdote e historiador católico español.

Juan Pablo II regresó a Nicaragua en 1996, después que pasó “la noche oscura” como él calificó al período del régimen sandinista de los años ochenta. Y entonces nos advirtió que debíamos cuidar la libertad que tantos sacrificios del pueblo había costado conquistar. Pero lamentablemente, malos nicaragüenses negociaron y sacrificaron la democracia ante Daniel Ortega, mediante un pacto oprobioso, y por eso el pueblo nicaragüense ha caído o está cayendo de nuevo en garras de la dictadura.

Pero la beatificación de Juan Pablo II se produce poco antes de que en Nicaragua se realice una elección tan crucial como la de 1990. ¿Y acaso será esto una señal de que el santo de la libertad nos ayudará otra vez a romper las cadenas de la dictadura y la servidumbre? Ojalá que así sea.

COMENTARIOS

  1. NO SEAN ESTUPIDOS
    Hace 15 años

    Si Juan Pablo II regresara a Nicaragua en estos momentos, ya no nos diría » No tengan miedo». nos diría «No sean …».

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