Las apariencias engañan. Una estatua, como la del relato bíblico del profeta Daniel, puede lucir magnífica: cabeza de oro, pecho de bronce y piernas de hierro, pero sus pies pueden ser de arcilla. Igual puede lucir de magnífica una construcción —física, política o económica— pero si está construida en arena, un vendaval la puede derribar.
El régimen de Daniel Ortega se ve muy bien parado. Su política de dádivas y ALBA-regalías ha mejorado su popularidad, mientras la oposición se ve débil y dividida. La economía parece razonablemente sana; reservas internacionales altas, precios de las exportaciones en niveles récord y dinero venezolano a borbotones. Por otra parte controla todos los poderes del Estado, la mayor parte de la TV y puede movilizar en un instante a millares de sus militantes.
Pero si se analizan sus cimientos y se ve a mediano plazo el panorama cambia. Ortega heredó una economía dependiente en extremo: no podía, ni puede hoy, funcionar o cubrir su considerable déficit fiscal sin un fuerte apoyo externo. Este era suministrado por Estados Unidos y Europa. Con Ortega se añadió un formidable fondo venezolano. Pero en lugar de juntar los dos, malogró el apoyo de los primeros y se quedó guindado de la brocha de Hugo Chávez.
Esto no había sucedido antes. En la década de los ochenta el gobierno del FSLN recibía su principal apoyo económico y militar de varios países socialistas cuyos gobiernos trascendían las personalidades de sus líderes. Hoy el apoyo más importante de Ortega depende del palpitar del corazón de un solo hombre —con mucho dinero y poder, pero con los pies de barro—. Su exclusiva base de sustento son los altos precios del petróleo. Confiado en ellos ha espantado capitales, saboteado la base productiva que le proporcionaba el sector privado y provocado una inflación y corruptela imparable. Con todo y el gigantesco subsidio petrolero, la economía venezolana y la popularidad de Chávez se deterioran cada año. ¿Qué sería si en lugar de subir bajara el precio del crudo?
Si una revuelta termina con Chávez, o si un coágulo coronario o un cáncer le quitan la vida, la química que sostiene al orteguismo experimentaría una conmoción de terremoto. No podría cubrir su déficit fiscal ni el bono solidario a los empleados públicos, perdería los fondos con que mantiene un asistencialismo que le es vital para captar voluntades y perdería las entradas que generan las exportaciones que Venezuela nos compra a precios preferenciales. Los países de occidente, de los que Ortega se ha distanciado por voluntad propia y por sus acciones, no acudirían a llenar el vacío.
Otra grave fisura en el poder de Ortega es la pérdida de su legitimidad. Esto es grave. Carecer del respaldo jurídico y moral que proviene de sustentar la autoridad en el acatamiento a las leyes y la Constitución erosiona la obediencia, la lealtad y el respeto que los gobiernos necesitan para navegar. La pérdida de legitimidad y el consiguiente aislamiento que los Somoza acumularon en 40 años Ortega lo ha conseguido en cuatro. Un gobierno o instituciones de facto son una invitación constante al desacato y a rebeldías —que se legitiman precisamente por combatir lo ilegítimo—.
A los factores anteriores se añade la vulnerabilidad de una economía dependiente del precio de las exportaciones en un entorno mundial incierto: la crisis árabe, el endeudamiento de algunos países europeos y el amenazante déficit norteamericano. La entrada en acción de distintas vulnerabilidades puede alterar radicalmente el panorama sociopolítico. La historia nos enseña que cuando las bases de un sistema son débiles, un detonante o crisis pueden cambiarlo todo. Los ánimos de los pueblos también pueden cambiar súbitamente. Sucedió recientemente en Túnez y Egipto y lo vimos en Nicaragua tras el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro en 1978.
Estos no son argumentos para esperar pasivamente a que los imponderables resuelvan nuestros problemas. Ni la casa construida en arena ni la estatua con pies de barro se derrumban solos. Necesitan que soplen los vientos. Y estos los proporcionan hombres y mujeres decididos a defender sus derechos. Se trata de combinar la acción con el momento oportuno, sin preocuparse por la aparente desproporción de las fuerzas. Goliat cayó ante David.
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