En todo el planeta tierra sola- mente Hugo Chávez, Daniel Ortega, Fidel Castro y Robert Mugabe defienden a Gadafi. Si hay un país que podría convertirse en el refugio ideal para Gadafi ese es el Zimbabwe de Mugabe.
Todos ellos oprimen a sus propios pueblos pero levantan la voz en defensa de un congénere con quienes les unen vínculos nefastos: dictadores perpetuos sobre naciones empobrecidas y reprimidas en nombre de jamahiriyas, de pueblos presidentes, de socialismos del siglo XXI. Tienen, además, el común denominador de responsabilizar de los males del mundo al imperialismo y sus aliados, de menospreciar el orden internacional y a la Organización de las Naciones Unidas y todo organismo que implique respeto a las reglas del juego universal, que determinan las relaciones tanto de los individuos como de los estados.
Las similitudes entre Gadafi, Ortega y Chávez son muchas: Intentan refundar sus países cambiando desde las banderas nacionales por las de sus partidos (partes), intentan construir regímenes autocráticos, nepóticos, que desprecian la libertad formal y la alternabilidad en el poder a partir del mesianismo de sus caudillos. Toleran y/o promueven la corrupción. Otorgan poderes extraordinarios al líder, al caudillo, a ese iluminado ser extraterrestre que comanda a la masa de borregos, incapaces de construir su propio destino. Es el führer del siglo XXI que acomoda y pisotea el orden constitucional para intentar perpetuarse en el poder. En qué se diferencia este de ahora de cualquier afiebrado fascista del pasado, que en vez de elevar el nivel y la conciencia ciudadana, manipula e instrumentaliza a la niñez y a la juventud como émulos de las peores prácticas en el uso y el abuso del poder. Moldeando a su conveniencia las conciencias infantiles y de miles de jóvenes que buscan desesperadamente cómo construirse un futuro.
Usan el poder que da la administración pública no solo para obligar a los empleados públicos a convertirse en masa por la necesidad de empleo y comida, sino para convertirlos en activistas profesionales de un partido al que no interesa el adecuado funcionamiento del aparato administrativo, sino el encuadramiento en la función pública para disponer de una base social instrumental partidaria permanente.
Mientras hacia el interior de los países antes mencionados se coartan libertades y derechos elementales, éstos ahora argumentan que los Estados Unidos quieren adueñarse del petróleo libio, cuando todos sabemos que la producción y exportación en su casi totalidad está en manos de compañías occidentales. Es la misma y vieja historia usada por los hermanos Castro en Cuba, buscar explicaciones externas a las fallas internas, de señalar como injerencia lo que el avance de las relaciones internacionales y las realidades imponen ahora como intervención humanitaria. Desconocer que el mundo cada vez tiene menos fronteras y que la libertad está buscando sus propios cauces allí donde se la persigue. Y es inevitable.
Pero hacen falta más intervenciones por razones humanitarias en países dominados por la irracionalidad, por la locura producida por la ambición desmedida de poder. Hace falta que el mundo civilizado inicie una cruzada en contra de los déspotas del presente, hasta erradicar este flagelo que aún martiriza diversas naciones del planeta. Hace falta una acción cada vez más decidida de los pueblos y de las organizaciones que hasta la fecha comparecen como ineficaces para desterrar a quienes continúan llevando sufrimiento a sus propios pueblos. ¿Por qué naciones buenas, generosas, trabajadoras, deben pagar el alto costo de dictaduras y sistemas políticos corruptos? Estamos los nicaragüenses destinados a repetir la historia, ese círculo maldito de dictadura versus democracia y libertad? De nosotros depende.
El autor es diputado suplente al Parlacen
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