El empecinamiento de Daniel Ortega en reelegirse por segunda vez y para ejercer un tercer período presidencial, violando la Constitución y atropellando la voluntad de la mayor parte del pueblo nicaragüense, es la causa principal de la grave irritación social que hay actualmente Nicaragua. Y podría provocar el estallido de una nueva etapa de violencia política en el país.
Daniel Ortega ya fue beneficiado con una reelección, en 2006, y está terminando ahora un segundo período presidencial. De manera que no tiene sentido ni justificación de ninguna clase, su empecinamiento cerril en reelegirse una vez más y, a juzgar por las amenazas de sus partidarios más cercanos, en seguir reeligiéndose una y otra vez hasta el final de sus días.
En realidad, la reelección presidencial no está prohibida en Nicaragua, solo regulada y limitada. Se puede ser presidente dos veces, pero en períodos alternos. Así lo dispone expresamente el artículo 147 de la Constitución, la cual está siendo violada por Ortega provocando la justa y necesaria indignación de la ciudadanía democrática, que cada vez se hace más fuerte e intensa.
En innumerables ocasiones se ha dicho y hay que seguir recordándolo, que las reelecciones y el afán anormal de mantenerse en el poder al precio que sea, han sido la causa de todas las guerras civiles, golpes de Estado, conspiraciones, crímenes políticos, guerrillas, insurrecciones populares y revoluciones que han ocurrido en el país. En todos los casos han sido razones políticas, más que motivos económicos y sociales, las que han motivado a los nicaragüenses a alzarse a la lucha para derrocar a gobernantes empecinados en perpetuarse en el poder por medio de reelecciones presidenciales y fraudes electorales.
Pero la obsesión reeleccionista y el afán de apropiarse del poder para siempre, no depende de que el individuo sea de derecha o de izquierda. La dictadura dinástica somocista, que era claramente derechista, se impuso en el poder durante cuarenta años mediante las reelecciones presidenciales de los generales Somoza García y Somoza Debayle, por medio de fraudes y farsas electorales que montaban para “legalizar” sus nuevos períodos de gobierno. La consecuencia fue que para poner fin a aquella insoportable dictadura de derecha tuvieron que morir miles de nicaragüenses y ríos de sangre corrieron por el territorio nacional. Y ahora Daniel Ortega, cuyo régimen se inserta en el esquema anacrónico de la rústica izquierda populista, pretende con las mismas armas y mañas del somocismo —es decir, con la reelección presidencial y los fraudes y farsas electorales— mantenerse en el poder a como sea y para siempre.
Pero al menos los Somoza no imponían sus reelecciones y fraudes o farsas electorales, atropellando abiertamente la Constitución. Cada vez que se iban a reelegir, los Somoza reformaban la Constitución con la ayuda de falsos o complacientes opositores, a quienes se les llamaba zancudos porque vivían del presupuesto nacional y de esa manera chupaban la sangre del pueblo. Y después de ser reelegidos, los Somoza volvían a pactar con los zancudos para reformar la Constitución y prohibir de nuevo la reelección “en aras de la concordia nacional”, hasta el siguiente período. Todo eso era una farsa, pero los Somoza tenían el cuidado de no violar formalmente la Constitución, como descaradamente lo está haciendo ahora Daniel Ortega para imponer su segunda reelección y seguir en el poder.
A propósito de que el afán o vicio de la reelección presidencial no es un asunto de ideologías de izquierda o derecha, vale la pena recordar el caso del presidente socialista de Chile, Ricardo Lagos, quien gobernó en el período de 2000 a 2006. Estando Lagos en el gobierno, las encuestas indicaban que su prestigio y popularidad iban en ascenso, por lo cual la oposición creyó y lo acusó de que estaba promoviendo su reelección. Entonces el presidente Lagos dio al respecto una sola declaración: “Este presidente —dijo— conoce las reglas de este sistema democrático. Si se quiere discutir la reelección, discutámoslo en el Parlamento, pero será para el próximo y no para mí. Yo fui elegido con estas reglas y con estas reglas me voy”.
Hermosa lección de un político íntegro como Ricardo Lagos, quien es de izquierda pero auténticamente demócrata en sus principios y verdaderamente democrático en sus actuaciones. Lo de Nicaragua y Ortega es otra cosa. Aquí lo que hay es una democracia falsa y prostituida por un presidente que quizás sea de izquierda, pero cavernario y descaradamente antidemocrático.
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