En mis clases de Economía del Desarrollo en la Universidad de Texas en Austin, en 1969, el profesor Huff organizaba debates en la clase asignando a los alumnos posiciones opuestas sobre temas relacionados con el “Desarrollo económico”. Uno de los temas de debate era: si la educación contribuía en forma determinante al desarrollo. Se me asignó la tarea imposible de debatir en contra de la idea.
Estar a favor de la educación es, en buen nica, “como pegarle a un bolo”. En ese debate las cosas son blancas o negras y decir que la educación es contraria al desarrollo sería un suicidio intelectual.
Sin embargo, encontré argumentos para hacer una defensa plausible de lo indefendible basado en la parábola del sembrador.
La parábola se refiere a la palabra de Dios como semilla y al corazón del hombre como el campo fértil o yermo sobre el cual el evangelio germina o se pierde. Si cae en las rocas, se la llevan las aves o el viento. Si cae entre malezas, éstas la ahogan; pero si cae en tierra fértil, germina y da vida abundante.
La misma parábola bien puede aplicarse a la semilla de la educación y al terreno de la mente del niño. Si el niño que llega a la escuela para recibir la semilla de la enseñanza ha recibido a la vez la nutrición adecuada, es decir, es terreno fértil, la educación obrará los milagros que todos esperamos de ella. De lo contrario, se corre el peligro que los escasos recursos destinados a la educación se pierdan como las semillas de la parábola, al caer en piedras.
No hay que olvidar que el Presupuesto Nacional es un juego de suma cero. Lo que le doy a un lado tengo que quitarlo de otro. Por ejemplo, si se le quitan recursos a los programas de salud materno-infantil para dárselos a la “todo-milagrosa” educación, se corre el peligro que los cerebros de los niños desnutridos queden cerrados como las piedras o la arena y no desarrollen su plena capacidad intelectual.
Estudios llevados a cabo en Estados Unidos demuestran que el Cociente Intelectual (IQ) depende más de la calidad y consistencia de la nutrición que los niños reciben durante el embarazo de su madre y sus primeros tres años de vida, que de cualquier otra variable. Esto se debe a que las neuronas se están formando en esos años.
En segundo lugar, los recursos dedicados a la educación deben optimizarse. De poco sirve asignar un porcentaje elevado del presupuesto a la educación superior, si los estudiantes que se gradúan de secundaria no están preparados para entrar a la Universidad.
El hecho que las universidades del Estado tengan suficientes recursos para organizar cursos de secundaria acelerada y para organizar cursos propedéuticos refleja: a) que las escuelas secundarias no tienen los suficientes recursos para producir egresados calificados, en parte por no poder pagarle un salario digno a los profesores y b) que las universidades tienen recursos redundantes que pueden dedicar a la nivelación de los estudiantes. Es decir, la asignación de recursos en educación aquí funciona como una pirámide invertida, donde la educación universitaria se lleva una parte de los recursos que le corresponderían a la primaria y secundaria.
Antes de llegar al lugar común de decir que la educación es clave para el desarrollo, lo que es tan obvio como que el sol es necesario para la vida, debemos preguntarnos sobre la calidad de la educación. ¿Fertilizamos adecuadamente los terrenos donde sembraremos la semilla de la educación? ¿Estamos distribuyendo esa semilla en forma adecuada para que les llegue a todos los niños de Nicaragua de manos de sembradores calificados recibiendo un salario digno? De lo contrario, la educación en sí no es suficiente para el desarrollo.
Finalmente, es importante revisar el currículum. Además de las raíces griegas y latinas, ¡cuánta falta hacen las clases de Moral y Cívica que solíamos recibir en la escuela secundaria!
El autor fue Canciller de Nicaragua
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