Visité el Japón con motivo de la celebración de una Convención mundial de leones en el año 1964 en Tokio.
En aquel tiempo había limitaciones para construir edificios empinados que pusiesen en riesgo la estabilidad ante las cóleras de la naturaleza. No se veía nada que incurriese en las travesuras de arañar el cielo. La modestia en cuanto a la elevación era tan notoria que por aquellos ciclos lo más visible en pirámide erguida era “La Torre de Tokio”, que podía verse desde cualquier parte de la urbe.
Era parte de la cultura sísmica de una nación que la ha convertido en una doctrina sagrada de inexcusable cumplimiento, tanto en la estrictez de la aplicación de los cálculos estructurales, como en el comportamiento de la conducta humana. Con el transcurso la osadía del hombre descubrió nuevos métodos para superar las salvedades y proceder con el fundamento de las estrategias eficientes a romper el témpano con la verticalidad, encumbrándola con aplomo sin poner en trance la seguridad, no obstante las demostraciones de los arrebatos producidas por la fusión de la tierra y el agua en iracunda solidaridad.
El “cicerone” japonés, un culto grato, quien nos llevó por Tokio, Kobe, Osaka, Kyoto y otras cercanías, con los ojos humedecidos por la tristeza y la erosión sufrida por la dignidad, nos convidó al local donde se produjo el encuentro entre el Emperador y un General extranjero. El día que eso ocurrió se produjo el más deprimente y conmovedor de los lutos, no superado por ninguna catástrofe según su tesis patriótica. Nunca el Japón se había puesto tan de rodillas ante el dolor.
El descendiente del sol, su “divinidad” el emperador, fue obligado por un intruso, el general Douglas Mac Arthur, representante de las fuerzas norteamericanas a salir de su palacio, a comparecer ante su “autoridad”.
Había sido establecida una intervención que tuvo todos los poderes para proclamar una nueva Constitución, liberal respecto de la tradicional monarquía que consideraba al emperador “emanación de la divinidad”. ¿Podía medirse la intensidad de ese tsunami?
La resistencia japonesa fue quebrada en añicos que aún rompen el corazón en 1945 con el lanzamiento de las bombas atómicas sobre dos indefensas ciudades. Un 10 de agosto ocurrió la incondicional capitulación. Quedaron las huellas del resentimiento impresas en no pocas casas privadas y en lugares públicos donde no podían entrar los estadounidenses…
Sentados en ese museo el entonces embajador de Nicaragua en Japón, Gilberto Pérez Alonso, su secretario William Tapia, actual embajador de Nicaragua en China Taiwán y la delegación de leones criollos, oyendo la disertación histórica en la propia mesa donde se produjo el diálogo, tembló la tierra, se movieron las lámparas, perceptible el trueno sutil de cierta cristalería. Los que nunca hemos sido beneficiarios de la cultura sísmica, asustadizos ante cualquier movimiento venial, nos pusimos de pie y más de alguno gritó “temblor”. Pero la alarma se detuvo cuando el expositor no le puso freno alguno a su charla, sosegado y evasivo el personal. Eso permitió al maestro darnos un baño saludable de ilustración sobre la cultura sísmica. Aquí la tierra baila y nosotros la acompañamos, solía expresar en tono jocoso, agregando “el sismo que nunca se detuvo y todavía lo sentimos ocurrió cuando el emperador vino aquí”.
Los lentes recordatorios que saben enfocar con fidelidad las imágenes del pasado, me las devuelven ahora imaginando la conducta asumida —serenidad mil veces encomiada— en la reciente espeluznante conmoción.
El autor es periodista
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