Hasta el momento no existen razones para comprar yodo y paraguas, por si llega la temida lluvia radiactiva desde Japón.
Para eso, los isótopos (estructuras químicas) radiactivos tendrían que viajar 13 mil kilómetros sin sufrir cambios, algo tan probable como estornudar en un extremo de un estadio y esperar que alguien se infecte del otro lado.
La Organización Mundial de la Salud informó que no hay evidencias todavía de una expansión de radiación.
“El fenómeno (explosión en planta nuclear) se dio, la atmósfera es una sola, pero cuándo y cómo podría darse un efecto en Nicaragua es difícil decirlo”, comentó Salvadora Martínez, jefa de Meteorología Sinóptica del Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter).
Esto se debe, según la especialista, a que el rumbo de las partículas radiactivas depende del viento, que a su vez está condicionado por el estado de la atmósfera, del mar y de la Tierra.
Una partícula es el pedazo más pequeño de un cuerpo, tan pequeño que no se puede ver, es como un grano de polvo microscópico. La radiación es la energía que liberan esas partículas diminutas.
El peligro de las partículas radiactivas de las plantas nucleares dañadas en el terremoto y posterior tsunami de Japón, el viernes 11 de marzo, es que las mismas están compuestas por isótopos de yodo 131, cesio 137, plutonio, uranio enriquecido y estroncio 90. La mayoría de estos isótopos radiactivos tienen una “vida” larga, entre 30 y 600 años, pueden producir cáncer y se desplazan en el viento.
Martínez comentó que “el área donde se dio la catástrofe está más al norte de Nicaragua, eso podría desviar los vientos. Hay que considerar la distancia. Se desconoce qué cantidad de material radiactivo se escapó, y las masas de aire que se trasladan de un lugar a otro van adquiriendo diferentes características en la medida en que se mueven”.
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