Es muy difícil que algún político gobernante sea invitado a una universidad que posea respetables credenciales académicas y éticas, para que dicte una lección inaugural o magistral. Prácticamente todas las universidades que se respetan a sí mismas y tienen una tradición de reconocida autoridad académica, de investigación para el progreso social y de lucha por la libertad —que es un rasgo inherente a la universidad—, seleccionan muy cuidadosamente a los personajes que invitan para dictar lecciones inaugurales y magistrales. Y sobre todo se cuidan de no invitar a políticos gobernantes, mucho menos cuando son de dudosa reputación democrática y peor aún si son reconocidamente antidemocráticos.
Por eso fue que causó extrañeza que la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, recinto de Managua, invitara a Daniel Ortega a dictar la lección inaugural de este año académico, el jueves de la semana pasada. Eso fue como si en tiempos del somocismo, la Universidad Nacional hubiera invitado al general Anastasio Somoza García o al general Anastasio Somoza Debayle a inaugurar un año lectivo o dictar una conferencia magistral. Ni siquiera a Luis Somoza Debayle, de quien se dice que era el mejor de la dinastía somocista y dictó el decreto de autonomía universitaria en 1958; o al doctor René Schick Gutiérrez, bajo cuyo gobierno se constitucionalizó en 1966 la autonomía , cabe pensar que se les pudiera haber invitado a protagonizar una actividad de tanta autoridad intelectual y ética, como es la lección inaugural de la universidad nacional.
En realidad, no es posible ni siquiera pensar que ilustres académicos como los antiguos rectores magníficos —pero magníficos de verdad, no por título burocrático—, Mariano Fiallos Gil, Carlos Tünnermann Bernheim, Mariano Fiallos Oyanguren y Alejandro Serrano Caldera, pudieran haber hecho el diminuto, penoso y triste papel de panegiristas de un politicastro, un caudillo, un dictador.
Pero aquellos eran tiempos de gloria universitaria, de prestigio académico y ética profesional. En aquel entonces se tenía la convicción y se actuaba en consecuencia, de que una buena y respetable universidad es factor determinante en el esfuerzo de la nación por construir una sociedad libre, próspera y equitativa; de que la universidad tiene que ser excelente en todos los sentidos, comenzando por la selección de su personal académico y sus invitados de honor, para promover la formación del mejor capital humano que es indispensable para impulsar el desarrollo económico y el progreso social. Pues, como lo demuestra la experiencia internacional, solo aquellos países que han priorizado la educación y respetado a sus universidades para que estas alcanzaran los grados superiores de la excelencia académica y ética, son los que han podido crecer sostenidamente y prosperar.
Lo que pasa es que ahora vivimos en una época de decadencia, de servilismo y partidarización totalitaria, y por lo tanto de desprestigio de la función universitaria. Como señalamos el lunes de la semana pasada al comentar los nombramientos y aceptaciones del rector de la Universidad Nacional de León como jefe de campaña electoral del FSLN, y del presidente del Consejo Nacional de Universidades como asesor presidencial y subordinado de Daniel Ortega, en aquellos tiempos por la universidad se iba a la libertad pero ahora se va al totalitarismo y la servidumbre.
Sin embargo, tenemos que reconocer que Daniel Ortega no defraudó a nadie, ni a quienes lo invitaron a inaugurar el curso lectivo de la Universidad Nacional “Autónoma” de Managua, ni a los que no esperaban de él una disertación académica ni una cátedra de cultura, sino su habitual “lección” de demagogia, resentimiento social, intolerancia política y odio a los países democráticos de América del Norte y Europa.
Para Daniel Ortega es lo mismo hablar en una plaza ante una turba de partidarios fanatizados, que en un recinto universitario ante personas supuestamente educadas, cultas y académicamente formadas o en proceso de formación. Además, en su repertorio “intelectual” no tiene más argumentos que los obsesivos ataques contra la libertad de prensa, los insultos a los medios de comunicación y periodistas independientes que investigan y denuncian los actos de corrupción de un régimen que se esfuerza por ser el más corrupto y descarado de toda la historia nacional.
Ni siquiera a sus amigos de la empresa privada, con los cuales se reúne habitualmente para hablar de intereses comunes, respetó Ortega en su perorata “universitaria”, con la cual, repetimos, satisfizo todas las expectativas y a nadie defraudó.
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