Enfrentados al peligro de repetir la experiencia venezolana y concluida la fase de inscripción (ante ilegales y desprestigiadas autoridades electorales) de las alianzas políticas que participarán en las elecciones presidenciales nicaragüenses en noviembre, es obvio que la oposición, irremediablemente fraccionada, parece encaminada hacia un suicidio político. Salvo que logren forzar una segunda vuelta, Ortega tiene garantizado otro periodo presidencial, en esta oportunidad probablemente por tiempo indefinido y en flagrante violación a la Carta Magna.
Si bien las encuestas arrojan datos en algunos casos contradictorios —muchas veces reflejando intereses partidarios— existe cierta coincidencia en lo que podrían ser los resultados de una primera vuelta: 35-40 por ciento para el FSLN de Ortega, 18-25 por ciento para el PLC de Alemán y 20-30 por ciento para la UNE de Gadea Mantilla. El remanente 30 por ciento está compuesto por el considerado sector independiente y por unos cuantos minúsculos partidos.
Con esos resultados y de acuerdo al inexcusable obsequio que Alemán le dio a Ortega en el 2000 (ganar con tan solo el 35 por ciento del voto siempre y cuando la diferencia con el segundo lugar sea de al menos 5 por ciento), es evidente que las posibilidades de Ortega en salir elegido en primera vuelta son formidables. Se podría dar el lujo inclusive de ganar con menos votos que el 38 por ciento conseguido en la última elección.
Sin embargo, dependiendo de qué tan efectivo sea cualquiera de los consuegros en conquistar el voto independiente y cuán cerca se aproxime al 35 por ciento, es posible forzar una prometedora segunda vuelta contra Ortega. Aun dentro de un proceso electoral de dudosa transparencia y de restringida observación, este escenario aplicaría la hasta hoy escurridiza unidad opositora. De lograrlo se garantizaría una contundente victoria que fácilmente superaría el 50 por ciento.
En cierta forma habría convertido la primera vuelta en una auténtica elección primaria para la oposición, obligándole a continuar la contienda con un líder de consenso a quien el candidato perdedor y gran parte el bloque contrario al oficialismo tendría que brindarle todo su apoyo.
Pero para ello es indispensable que desde ya ambas facciones opositoras se concentren en conquistar votos y no en mancillarse mutuamente. Desde ya se debe aceptar el hecho irrevocable de que esta es una elección a tres bandas y que en primera vuelta es práctica y matemáticamente imposible derrotar a Ortega. Desde ya se deben volcar todas las energías en conquistar el mayor número de votos posibles dentro del sector independiente. Y desde ya se debe definir una propuesta y un mensaje convincente, práctico, realista y sobre todo honesto, sin promesas que no se puedan cumplir ni demagogia que trate de engatusar a los menos favorecidos.
Aunque en la estrategia opositora actual parece predominar —principalmente del lado de la campaña del expresidente— un espíritu acomodaticio y de resignación al triunfo de Ortega, claramente más interesados en colocarse en posiciones favorables para diputaciones, este escenario de segunda vuelta es posible, realista y moralmente obligatorio. Todo depende de que tan sinceramente se esté procurando la derrota del proyecto autocrático que Ortega continuará construyendo hasta no encontrar una auténtica y unificada oposición.
Si bien a primera vista la victoria de Ortega en primera vuelta parece difícil de evitar, la oposición aun tiene la posibilidad de alzarse con el triunfo siempre y cuando uno de los consuegros logre acercarse a ese mágico 35 por ciento en noviembre. De ahí para adelante buscar el regreso a la democracia, un auténtico Estado de Derecho y el respeto y confianza de la comunidad internacional se convertiría en una legítima aspiración del pueblo nicaragüense.
El autor fue cónsul de Nicaragua en Miami.
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