Por lo general, cada 8 de marzo, al conmemorarse el Día Internacional de la Mujer, se repiten las mismas palabras, compromisos y promesas de todos los años. Sin embargo, de vez en cuando surge o se plantea algo novedoso acerca de lo cual vale la pena reflexionar.
El año pasado, en ocasión de celebrarse el Día de la Mujer, la periodista y escritora argentina radicada en Francia desde hace más de veinte años, Alicia Dujovne Ortiz, autora de al menos cinco libros muy exitosos, escribió: “He pensado que la verdadera celebración relacionada con este tema sería que el festejo perdiera razón de ser. Mientras exista un día consagrado a la mujer, querrá decir que la pobre continúa siendo lo que siempre ha sido: una criatura lateral, suerte de excrecencia al lado del hombre, de cuya costilla, justamente, proviene. Eliminar semejante lateralidad implicaría celebrar también el Día del Hombre, cosa que no se le ha pasado a nadie por la mente, como si quedara muy claro que lo normal es ser hombre y que ser mujer constituye una excepción dentro de la norma. La prueba está en que se habla de “literatura femenina”, presuponiendo que la masculina no necesita adjetivo: hay ‘literatura’ por un lado y ‘literatura femenina’ por otro”.
Agregó la escritora Dujovne Ortiz que: “este carácter marginal dentro de lo humano convierte a la mujer, como a todo marginal, en una candidata a perseguida, de donde el 8 de marzo viene a representar dos cosas: un balance de los avances conseguidos, que no son pocos, y una comprobación de todo cuanto no se ha logrado, que es aún más”. Y concluyó exclamando: “¡Ah, si el 8 de marzo fuera una celebración de vida sonriente y florida, y no de rabia ante la repetición de un fenómeno (la violencia contra la mujer) que empezó en las cavernas y va en aumento! Pero lograr que la justicia reine también es fiesta, si se implementan los gestos necesarios para que al fin lo sea y para que este día de carácter tristemente específico termine siendo lo que debería ser: el Día de la Persona Humana”.
Nos hemos permitido hacer esta extensa cita de un texto que es muy rico en su forma y contenido, por la gran importancia del tema de la mujer y la originalidad del planteamiento de la escritora Dujovne Ortiz. Porque es necesario enrostrar a la sociedad la violencia contra la mujer que, como ella nos lo recuerda, comenzó desde la época de las cavernas pero para vergüenza de la civilización y en particular del ser humano masculino, se prolonga hasta hoy a pesar de la incesante lucha por el respeto a los derechos y la integridad de la persona humana en su forma femenina.
Al respecto, también el año pasado y para esta misma fecha, LA PRENSA informó sobre un estudio presentado por el Instituto de Medicina Legal de Nicaragua, en el cual se demostró que “la violencia intrafamiliar y sexual en el país, en especial contra las mujeres, ha mantenido la tendencia al aumento en los últimos cinco años”, especificando que esos abominables crímenes pasaron de 10,228 casos en 2005, a 11,313 en 2009.
Por otra parte, a juzgar por las informaciones que publican los medios de comunicación y las denuncias de los organismos sociales especializados en la investigación y denuncia de la violencia contra la mujer, esta siguió aumentando el año pasado y durante el comienzo del presente. Según denunció la Red de Mujeres contra la Violencia a mediados de febrero recién pasado, en enero de este año contabilizó cinco delitos de violaciones sexuales, tres contra niñas menores de 12 años y dos contra jóvenes de 20 a 30 años. Y agregó que 8 mujeres habían sido asesinadas en el primer mes de 2011, entre ellas dos muchachas de 15 años y una niña de 4 años de edad.
En realidad, es enorme la deuda que la sociedad nicaragüense tiene con la mujer, deuda que aumenta en vez de disminuir y la cual no se podrá pagar mientras los crímenes contra las personas de sexo femenino sigan quedando impunes por falta de justicia. Pero la impunidad seguirá imperando, mientras la suprema autoridad de la nación y la administración de justicia, no sean puestas en manos de quienes realmente puedan y quieran castigar a todos aquellos que cometen la violencia contra la mujer en cualquiera de sus formas.
Sólo entonces es que se podrá celebrar, no el día de la mujer ni el día del hombre, sino que el día de la persona humana en toda su inmensa dignidad.
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