Nunca he creído necesario y mucho menos correcto el confrontar nuestros deportes, a no ser para ensayar una comparación sana a través de la cual se pueda motivar y extraer lo mejor de cada disciplina.
Aquí se ha dicho, y probado, por ejemplo, que las pesas han sido más productivas que el beisbol. Orlando Vásquez traía él solo la medalla que en beisbol se conquistaba a través del esfuerzo de 20. Y eso tocaba el amor propio de los peloteros, quienes en su momento se esforzaron y realizaron buenas ejecutorias.
Ahora, la repercusión que provoca una u otra medalla, ese ya es otro asunto.
Pero el debate no debería ser este deporte sirve y aquel no; este atrae a la gente y aquel no; en este hay que invertir, y en aquel no hay que botar el dinero. No. Cada deporte tiene sus seguidores y qué tremendo sería que todos salieran adelante. Pero se puede resaltar una disciplina sin tener que recurrir a la descalificación de la otra.
Pero fíjese qué contraste. Mientras el beisbol está tratando de no ser desbancado como deporte rey del país y con la participación de 16 equipos de mediana calidad, está animando el territorio nacional, hay episodios en el torneo de futbol actual que no solo frenan su creciente popularidad, sino que terminan de fracturar su ya deteriorada imagen.
La última dificultad fue la que se dio el domingo en el IND, donde hasta jugadores, que deberían ser los más interesados en ofrecer el mejor espectáculo posible pero con su juego, aparecen en imágenes peleando con aficionados y hasta tirando una mesa, que en esas circunstancias se convierte en un arma peligrosa. Y el problema es que este asunto ya es endémico.
La explicación es que no había suficientes policías, que el equipo local, en este caso el Managua FC, no garantizó la seguridad. Un directivo me ha dicho que se solicitó policías, pero la institución debía cubrir una marcha. Mi pregunta es, ¿cuándo vamos a comportarnos como personas?, ¿por qué tenemos que ver a los antimotines cerca para no agredirnos?
No sé cuántos padres de familia se sentirán animados a llevar a sus hijos al estadio al ver esas escenas. Nuestro futbol es tan chiquito y tan necesitado de ayuda que lo peor que le puede pasar es que se vuelva un campo de batalla.
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