La opinión pública nacional fue impactada a mediados de esta semana, por la noticia de que Muamar Gadafi, el dictador genocida de Libia, podría refugiarse en Nicaragua huyendo de la ira del pueblo y de la justicia universal. La información se originó en un comentario de la radioemisora del Ejército de Israel y fue difundida por la agencia mexicana de noticias, Notimex. Según la información, la cual no fue confirmada por nadie, los hijos del dictador Gadafi “pidieron a su padre que deje el poder y pida asilo político al presidente de Nicaragua, Daniel Ortega”. Y agregaba que “allegados a la familia del líder, que viven fuera de Libia, aseguraron que sus hermanos ya recibieron el consentimiento del gobierno de Nicaragua, una acción apoyada por Estados Unidos”. Pero el gobierno estadounidense negó rotundamente ese rumor, por medio de su Embajador en Nicaragua, Robert Callahan, y el de Daniel Ortega hizo lo mismo, de manera extraoficial, por boca de un prominente miembro del partido oficialista.
El rumor acerca de que el dictador criminal de Libia se podría refugiar en Nicaragua, derivó al parecer de un análisis que hiciera el 1 de marzo corriente la agencia alemana de noticias, DPA, acerca de cuáles podrían ser los países adonde iría Gadafi después de ser derrocado. La DPA mencionó en primer lugar a Venezuela, cuyo gobernante, el coronel Hugo Chávez, es el mejor de los pocos amigos que tiene Gadafi en el mundo. Durante sus 12 años de gobierno Hugo Chávez ha visitado 10 veces a Gadafi, y cuando este llegó a Venezuela, en septiembre de 2009, lo proclamó como “el Simón Bolívar de Libia, libertador de todos los pueblos africanos y líder de los pueblos latinoamericanos”.
La DPA mencionó también como posibles refugios de Gadafi en el extranjero, en el siguiente orden, a Bielorrusia, Zimbabwe, Chad, Cuba, Serbia e Italia. Pero no mencionó a Nicaragua, cuyo gobernante autoritario, Daniel Ortega, también es gran amigo, admirador y émulo de Gadafi, y por lo tanto sería comprensible que se le incluyera como uno de sus posibles o hipotéticos refugios, que por cierto serían muy escasos.
A nuestro juicio, deseos no le deben faltar a Daniel Ortega, de alojar en Nicaragua a Gadafi, sobre todo si este pudiera traerse la inmensa fortuna que ha acumulado al amparo del poder durante su longeva dictadura de 41 años. Ortega no sólo es gran amigo y admirador de Gadafi, sino que también pretende ser su émulo e imponer en Nicaragua un sistema totalitario igual o parecido al que ha fracasado en Libia. Además, de la tenebrosa amenaza que ha hecho Tomás Borge, de que están dispuestos a hacer lo que sea con tal de no entregar el poder, cabe deducir que harían lo mismo que está haciendo Gadafi en Libia, en el caso de que aquí también estallaran masivas protestas y revueltas populares.
Pero si Muamar Gadafi se viera forzado a huir de Libia, no escogería a Nicaragua para refugiarse y protegerse de la persecución del Tribunal Penal Internacional, que ya lo está investigando por crímenes de lesa humanidad y lo más probable es que lo condene. “Tenemos un mandato –del Consejo de Seguridad de la ONU— para hacer justicia, y la haremos. No habrá impunidad en Libia”, aseguró el fiscal del TPI, Luis Moreno Ocampo. Esto obligaría a Gadafi a refugiarse en un país de máxima seguridad, que obviamente no es Nicaragua. Además, el gobernante que se atreva a refugiar a Gadafi se convertiría en cómplice de crímenes de lesa humanidad y sería también perseguido por la justicia penal mundial. Lo cual difícilmente soportaría Daniel Ortega, cuyo régimen está perdiendo aceleradamente legitimidad internacional.
A juzgar por lo que se conoce de su personalidad y de su evidente anormalidad mental, Gadafi, igual que Adolfo Hitler, podría estar dispuesto a resistir hasta la muerte, ya sea ajusticiado por su pueblo o porque se suicide en el momento de máxima desesperación. Pero mientras tanto seguirá bañando en sangre a Libia, masacrando a su propio pueblo. Esto debería motivar a la comunidad democrática internacional a actuar rápidamente, de conformidad con el principio jurídico universal de la Responsabilidad de Proteger, que sitúa la seguridad humana por encima de cualquier otra consideración. El mundo libre debería reconocer al gobierno provisional de los territorios liberados de Libia, o al menos imponer la exclusión aérea para evitar que Gadafi siga masacrando a la población, para acelerar su caída y evitar más sufrimientos al pueblo libio.