Una de las mayores responsabilidades de los gobernantes es promover aquellos factores que más contribuyen al bienestar del país. Dentro de ellos la educación tiene una importancia excepcional. “Sin educación no saldremos de la pobreza”, rezan unos afiches del Ministerio de Educación. Y tienen razón.
¿Cuál ha sido la característica más distintiva de la educación pública durante el Gobierno de Daniel Ortega? La repuesta que emerge, tras examinar las estadísticas básicas, puede resumirse en una palabra: estancamiento. Algunos indicadores han subido levemente, otros han bajado, otros están prácticamente iguales. En aspectos claves la educación pública no supera cifras alcanzadas hace una década.
La tasa de escolaridad (niños de 6 a 12 años matriculados en primaria) apenas está aumentando. En el 2000 ésta era de 74%. En 2006, de 85%. Esto indica que el porcentaje de los matriculados aumentaba a un promedio del 2.17% anual. En los primeros cuatro años de Ortega la tasa pasó de 85 a 87%, lo que indica que el incremento anual ha disminuido a un 0.75%. —a pesar de que se esperaba un alud de nuevos estudiantes a raíz de la propaganda que se hizo de la gratuidad—. La escolaridad en preescolar ha retrocedido. De 76.4% de niños matriculados en 2007 se pasó a 74.6% en 2009.
El porcentaje de alumnos que terminan primaria ha mejorado levemente. 59 de cada cien alumnos lograban hacerlo en 2001. Para 2007 esta cifra había bajado al 44%. Hoy está en 47.9%, tres puntos arriba. Poco, pero al menos se ha frenado el descenso. En cuanto al porcentaje de alumnos que desertan de primaria, este había bajado el 5.3% en el 2000, para luego subir al 12% en 2007. Bajo el Gobierno de Ortega el porcentaje descendió inicialmente al 9.5%, pero al final subió al 10.5%, lo que sugiere que el pequeño avance está disminuyendo. La combinación de los factores anteriores hace que un 20.5% de la población de 7 a 14 años esté fuera del sistema escolar. De ellos el 70.2% se queda sin ningún grado aprobado, lo que los convierte en analfabetas funcionales y contradice la pretensión oficial de haber reducido el analfabetismo al 4.7%
La tasa de repetición aumenta. En 1999 había descendido al 4.5%. Ortega la encontró en 9% en el 2007. Cuatro años más tarde ronda el 10%. La tasa de empirismo, el porcentaje de los profesores no graduados, que en la década de los noventa bajó del 38.2 al 17.8%, Ortega la encontró en 27.8% en el 2007. Cuatro años más tarde es casi igual: 26.6%.
La tasa de matrícula en secundaria ha bajado: del 46% en 2007 al 45% en el 2009. El porcentaje de quienes la terminan ha subido de 47.3 en 2007, a 51.3 en el 2010, pero con una tendencia a bajar, ya que en el 2009 fue 51.7%.
El porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) que se destina a la educación pública básica y media está estancado. Del 3.44% en 2007, apenas ha subido a 3.46% en 2011: un 0.02%. Y esto a pesar de que la meta propuesta por los países latinoamericanos desde 1981 es el 7%. Rubros fundamentales como formación docente han sufrido reducciones considerables: de C$$3,500,569 invertidos en 2007, se bajó a 1,419,313 en el 2010.
Igualmente estancado está el salario real de los docentes. En el 2007 los maestros de primaria ganaban 122 dólares mensuales. Con el último aumento anunciado para el año académico 2011, éste subirá a 179, un aumento del 46%. El problema es la inflación: 16.88% en 2007,13.77% en 2008, 0.93% en 2009, 9.23% en 2010 (cifras del BCN). La proyección para 2011 es del 9%, con lo cual la inflación para el período de Ortega sería del 49%. Aumento real: cero.
¿Qué decir de la calidad de la educación? Prácticamente nada, pues no hay indicadores de la misma —deficiencia que refleja la clase de atención que se presta al sector—. El 98% de aplazados en los exámenes de admisión de la UNAN y la cantidad de bachilleres que no saben escribir ni sacar porcentajes sugieren por dónde anda la calidad imperante.
Es urgente un fuerte golpe de timón, pues al ritmo actual no llegamos a ninguna parte. Esto exige un fuerte consenso nacional para asignar más recursos a la educación e invertirlos en formas radicalmente nuevas: computadoras por niño, salarios vinculados al desempeño, mediciones de calidad, etc. Hay que aumentar la escolaridad, pero sin descuidar la calidad. No hacerlo equivale, en palabras de Francisco Chamorro, a decirle a la población que se le dan viviendas, cuando se le entregan casas de cartón.
El autor es sociólogo y fue ministro de Educación 1990-1998.
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