En política no vale todo

El choque que se produjo el lunes de esta semana en las afueras de la sede del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), entre jóvenes que llegaron a gritar consignas y lanzar huevos y disparar morteros como protesta contra la candidatura de Arnoldo Alemán, y activistas del PLC que salieron a repeler el ataque, obliga a reflexionar sobre los métodos que se deben emplear en la lucha por la democracia, para que esta sea legítima.

Algunos de los jóvenes que realizaron la mencionada protesta agresiva, quienes también la han planteado ante el Consejo Supremo Electoral y la Corte Suprema de Justicia, justifican sus acciones alegando que los daños que pueden producir a los edificios públicos atacados con huevos, no son nada comparados con el mal que el pactismo de Ortega y Alemán le han causado a Nicaragua. Y sin duda que esto es cierto, pero no es eso el fondo del asunto.

Lo que se debe dilucidar es si tiene validez aplicar la regla política amoral de que el fin justifica los medios, la cual fuera proclamada hace cinco siglos por Nicolás Maquiavelo (1469-1527), a quien se le considera como el fundador de las ciencias políticas principalmente a partir de su célebre obra El Príncipe; o si, por el contrario, en la lucha democrática se deben usar únicamente los métodos que éticamente se correspondan con unos fines tan superiores y elevados como son los de la libertad y la democracia.

A la vieja sentencia amoral de Nicolás Maquiavelo, de que la importancia del fin perseguido justifica cualquier medio que se utilice con tal de conseguirlo, el filósofo político argelino-francés del siglo XX, Albert Camus (1913-1960), opuso el principio ético esencial de que ningún fin, por muy importante que sea o pudiera ser, puede excusar la utilización de medios inescrupulosos y delictivos para alcanzarlo.

Advirtió Camus que aquellas revoluciones que cometen los mismos excesos que perpetran los opresores, traicionan la causa revolucionaria y al pueblo que pretendieron liberar. E indicó que el amor por las víctimas y el odio a los verdugos, no autoriza ni justifica a nadie actuar también como verdugo. Ésta es una gran lección de ética política, que lamentablemente los revolucionarios de todas partes del mundo solo en contadas ocasiones han acogido y practicado, pues más bien, después que tomaron el poder se convirtieron en déspotas y verdugos iguales o peores que los derrocados. Para no ir lejos, eso, precisamente, fue lo que ocurrió en Nicaragua después de la revolución de julio de 1979.

Pero las personas que luchan por la libertad, la justicia, la democracia y el respeto de los derechos humanos, como es el caso de los demócratas nicaragüenses que adversan al régimen orteguista y sus asociados o cómplices pactistas, tienen la obligación de saber que los valores éticos constituyen una parte esencial de la política democrática. Y que es la política autoritaria, dictatorial, caudillista y totalitaria, la que carece de valores éticos y por eso aplica el maquiavélico mandato de que el fin justifica los medios, cualesquiera que éstos sean. ¿Acaso no es ése el amenazante mensaje de Tomás Borge —repetido a diario por Radio Corporación y Radio 15 de Septiembre para que la gente no lo olvide ni lo menosprecie—, de que el partido FSLN está dispuesto a hacer todo lo que sea necesario, y que pagará el precio que sea pero no está dispuesto a entregar otra vez el poder? ¿Y acaso no es eso lo que está haciendo el sanguinario Gadafi en Libia: masacrando al pueblo a fin de mantenerse en el poder?

Los demócratas no pueden usar los mismos procedimientos ni el mismo lenguaje de los políticos autoritarios y totalitarios. Si lo que se pretende es establecer un sistema político democrático y pluralista basado en el Estado de Derecho, en la tolerancia a las ideas de los demás, en el reconocimiento a la libertad de opción ideológica y organización política, en el respeto a la propiedad privada, en la vigencia plena de los derechos humanos de todos los nicaragüenses, entonces las formas de lucha deben ser democráticas, tolerantes y respetuosas. Pues no se trata de vencer, sino de convencer, no de imponer sino de persuadir, se trata de ganar la conciencia de las personas para una causa justa, no de envenenarla con la intolerancia, el odio, el culto a la violencia y la práctica de la fuerza bruta.

Los jóvenes opositores que han estado usando métodos de fuerza para expresar sus ideas y manifestar propósitos, y sus animadores políticos si es que los tienen, deberían renunciar a esos procedimientos de fuerza que deslegitiman la lucha democrática y dan pie para justificar la violencia oficialista.

COMENTARIOS

  1. Luis Molina
    Hace 16 años

    Estoy de acuerdo con la conclusion del editorial. Ahora, si en la proxima campana presidencial, el Gobierno en campana electoral empieza a sacar sus bases de intimidadores a la poblacion opositora. No se lo que pasaria en Nicaragua, pero lo unico que se, es de que cambiaria algo.

  2. roberto
    Hace 16 años

    si bien la idea detras de esta manifestaciones de repudio en contra de agunos de los polticos que has sido senalados como co-responsables de las acciones del gobierno del Sr. Ortega, en su afan de perpetuarse en el poder, son justas, las mismas no deben de llegar a los extremos que han sido plenamente divulgado por las noticias, porque entonces y como lo expresa el articulista, nuestra posicion es exactamente muy semejante a la utilizada por los grupos que hoy criticamos y combatimos.

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