Muchas personas de Nicaragua, democráticas por supuesto, observan con admiración y envidia las grandes manifestaciones populares en los países árabes y musulmanes, que ya derribaron las dictaduras de Túnez y Egipto, han obligado a otras a prometer reformas importantes y tienen a todas en la peor crisis de su historia. ¿Por qué ocurre eso en Túnez, Egipto y hasta en Libia e Irán, pero en Nicaragua no? se preguntan muchos.
Por otro lado, la conmoción social en los países árabes y musulmanes es vista con recelo por destacados analistas internacionales, porque consideran que no es un movimiento libertario y democrático de acuerdo con los valores occidentales, y temen que conduzca a nuevas e inclusive peores dictaduras.
Prominentes pensadores europeos como los filósofos políticos franceses Bernard Henry-Lévy y André Glucksmann, cuyo compromiso con la libertad y la democracia es incuestionable, han alertado sobre la posibilidad de que los procesos políticos en el mundo árabe y musulmán deriven al fundamentalismo de Estado. “Alegrémonos de las revoluciones árabes, expresó Glucksmann, pero no las elogiemos porque las acechan riesgos y peligros”.
Otros analistas son aún más pesimistas y consideran que la libertad y la democracia, tal como se entienden y practican en Occidente, no son posibles en los pueblos árabes y musulmanes porque estos supuestamente tienen valores culturales opuestos a los occidentales. Aseguran que en esos pueblos la dictadura y el integrismo religioso y político están profundamente arraigados, son parte de su forma de ser. Sostienen que sólo hay un modelo democrático, cual es el que se creó y se ha propagado en Occidente, y que cualquier alternativa viene a ser en realidad una copia imperfecta y peligrosa de la única y auténtica democracia occidental.
Pero eso es menospreciar a los pueblos musulmanes. Como hemos dicho en otra ocasión sobre este mismo asunto, la libertad, la democracia y los derechos humanos son valores universales. No son exclusivos de ningún pueblo o región de la Tierra. Son valores de todos los países, del mismo modo que los contravalores de la dictadura, el caudillismo, el populismo, el autoritarismo y el totalitarismo, han surgido y hacen daño en cualquier parte del mundo, inclusive en países europeos que ahora son auténticamente democráticos, como por ejemplo Alemania.
En Nicaragua el general Anastasio Somoza García justificó alguna vez su dictadura pretenciosamente paternalista, con el argumento de que el pueblo no estaba preparado para la democracia. La democracia hay que darla a los nicaragüenses poco a poco, muy lentamente, para que no se indigeste, decía el viejo dictador Somoza. Significativamente, pero no por casualidad, el fugaz vicepresidente de Egipto, Omar Suleimán, quien fuera nombrado por el derrocado Hosni Mubarak en los últimos días de su dictadura para tratar de engañar a la población egipcia con una apariencia de cambio, dijo que su país no estaba preparado para la democracia y que para evitar el caos, aquel régimen tenía que continuar como hasta entonces, sólo con algunos cambios formales.
Pero la verdad es que los pueblos árabes y musulmanes necesitan y sí pueden vivir en libertad y democracia, igual que los de Nicaragua, Cuba, Venezuela y de cualquier otra parte del mundo. Es cierto que la revolución democrática que actualmente está en curso en los países árabes y musulmanes puede ser desvirtuada y desviada al establecimiento de otras dictaduras, así como en Nicaragua fueron traicionadas y desviadas la revolución democrática armada (en 1979) y la revolución cívica y electoral de 1990. Sin embargo eso no significa que la democracia no sea posible, necesaria y viable tanto en los países musulmanes como en Nicaragua.
Por último, se dice que las grandes manifestaciones populares en los países árabes y musulmanes han sido y son posibles gracias a las redes sociales electrónicas como Facebook y Twitter, mediante las cuales se han autoconvocado y movilizado millones de personas. Pero las redes sociales son sólo un mecanismo de comunicación, que es muy importante sin duda pero que no puede tener eficacia si los ciudadanos no han cobrado masivamente conciencia de libertad ni tomado la decisión de luchar hasta las últimas consecuencias contra los regímenes opresivos. ¿Acaso habían redes sociales como Facebook y Twitter cuando ocurrieron las grandes revoluciones norteamericana, francesa, rusa, mexicana, y las de Nicaragua en 1979 y 1990?
