“ De Túnez a Egipto: aires de libertad”, proclama un titular de Le Monde Diplomatique en días recientes, aludiendo a la vertiginosa onda expansiva en el Magreb que nos ha cautivado por su decidido y firme reclamo de democracia. Si de libertad el hombre se ha ocupado desde tiempo inmemorial, de democracia sólo lo ha hecho de un tiempo a la fecha, siendo aporte pionero de los griegos helénicos a Occidente.
Democracia es hoy palabra de moda. La nombran políticos con propuestas legislativas y diplomáticos en temas de Estado. La utilizan también periodistas e intelectuales, y hasta el anónimo internauta que opina en la red. Ubicua democracia en boca de muchos, de augusto sentido y elegante dicción, es solemne y erudita. Mas no es simple vocablo, ni abstracto concepto, ni prerrogativa exclusiva de los entendidos, tiene dimensiones humanas que los nicaragüenses conocemos muy bien.
Hace dos décadas Nicaragua dio al mundo un monumental ejemplo de democracia, tan dramático como el de los protestantes magrebíes que mantienen el pulso en plazas de la “umma” árabe. Contra todo pronóstico, casi la totalidad de electores nicas cualificados acudió a las urnas para cambiar los destinos del país. Con la candidatura de doña Violeta Barrios de Chamorro reclamaron para sí el verdadero poder popular, que tan ilusionados habían confiado en otro momento a la revolución, la cual aunque bien nacida perdió su rumbo, atomizando el núcleo familiar de la nación y forzando despiadadamente el éxodo de decenas de miles de sus hijos.
Esa ejemplar y valiente gesta cívica de los nicaragüenses en 1990 fue emulada por los iraníes en 2009. Tras conocerse resultados de los comicios del 12 de junio, que otorgaban victoria a Ahmadineyad, y no al candidato reformador y favorito de las encuestas, Mir-Hossein Mousavi, el pueblo iraní protagonizó la mayor movilización popular desde la revolución islámica de 1979, exigiendo un recuento. El posterior discurso televisado del controvertido presidente, en que ninguneó las protestas populares, sólo atizó las brasas. Bajo lemas de “Sí, se puede” y “Otro Irán es posible”, las multitudes protestaron la ausencia de observadores extranjeros y demandaron justicia, mereciendo la solidaridad de buena parte de la comunidad internacional virtual y geopolítica.
Predispuestos a luchar hasta el final para lograr libertad y democracia, los iraníes utilizaron al máximo las nuevas tecnologías para arropar a Mousavi tras proclamar que no claudicaría y que apelaría al Consejo de Guardianes. Catorce millones de boletas electorales sobrantes y en paradero desconocido apuntaban al fraude. Al día siguiente el Ayatollah Alí Khamenei, líder supremo de Irán, se pronunció a favor de Ahmadinejad, avalando los resultados y atribuyéndoselos a la Divina Providencia. El Consejo de Guardianes, integrado por seis clérigos y seis juristas, accedió emprender el recuento. Confiando en las instituciones, los iraníes cesaron sus protestas. Dos semanas después verían esa confianza traicionada, cuando tras un recuento parcial, el Consejo revalidó la victoria de Ahmadinejad, y éste inició nuevo mandato el 5 de agosto.
Muchos analistas explican que las protestas en Irán no prosperaron no sólo por la represión del régimen sino por factores demográficos y tímido rechazo de la comunidad internacional. De esas duras lecciones tomaron nota los tunecinos, argelinos, yemeníes, jordanos y egipcios que hoy lideran vientos de cambio.
Los nicaragüenses que tememos presente la experiencia de 1990 podremos volver a exigir en noviembre que sean gobernantes e instituciones quienes sirvan al pueblo y no lo contrario.
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