La república de Tahrir

Cayó por fin el dictador egipcio Hosni Mubarak. Ha triunfado el pueblo que se movilizó masivamente sobre todo en la plaza de Tahrir, palabra que en árabe significa liberación, cual es el principal espacio público de la capital de Egipto, El Cairo (“la victoriosa”, “la invencible”) y la plaza más grande de todo el continente africano.   

En la plaza de Tahrir se concentraron desde hace más de dos semanas centenares de miles de personas de diversas edades y condiciones, una abigarrada representación de la pluralidad social de Egipto, hasta poner fin a la dictadura de 30 años de Hosni Mubarak y abrir el camino a una sociedad auténticamente republicana, basada en la libertad y la democracia. De allí que los envidiables egipcios nombraran a su movimiento espontáneo, libre y victorioso, como “la república de Tahrir”.   

Durante 18 días que el pueblo de Egipto estuvo plantado en la gran Plaza de la Liberación y manifestándose en las calles de El Cairo, Alejandría, Suez y otras ciudades del país, alrededor de 300 personas fueron asesinadas y más de 5 mil heridas por las criminales fuerzas represivas, hasta que el dictador fue obligado a dejar el poder.   

Aguantó menos Mubarak que el dictador de Túnez, Ben Alí, quien cayó después de un mes de revueltas populares que dejaron 234 muertos y 510 heridos. Sin duda que a la caída de Mubarak ayudó mucho la fuerte presión democrática internacional y fue determinante la actitud del Ejército de Egipto, que en el comienzo de la sublevación popular pacífica adoptó una actitud neutral y luego declaró su comprensión de la justa demanda del pueblo. Y no lo reprimió, como sí lo hicieron la policía, la seguridad del Estado y las turbas oficialistas.   

Todavía el jueves por la noche, Mubarak aseguró que no iba a renunciar. Ante eso, los escenarios más probables que quedaban eran, según los observadores, uno, que los mandos militares se decidieran a forzar la caída de Mubarak, o que una parte del Ejército encabezada por oficiales jóvenes y de media generación que fueron educados en los países democráticos de Occidente, depusieran al dictador. Dos, que Mubarak por fin  reflexionara y  dejara voluntariamente el poder. Y tres, que el desborde de las manifestaciones populares  por el empecinamiento de Mubarak de no entregar el poder, provocara una situación que desembocara en un baño de sangre y en la derrota de la república de Tahrir, igual que ocurrió en 1989 en la plaza de Tiananmen de Pekín, la capital del imperio comunista chino.   

Afortunadamente, Mubarak fue obligado  a renunciar al poder, y aunque ahora queda por resolver complejos problemas para allanar el camino hacia la libertad y la democracia  auténtica en Egipto, la caída del dictador es un glorioso y merecido triunfo del pueblo egipcio, de la república de Tahrir.   

La obstinación de Hosni Mubarak en aferrarse al poder, a pesar de la abrumadora repulsa popular y de que estaba arriesgando la seguridad no sólo de Egipto sino de toda la explosiva región del Oriente Medio, hacía recordar el empecinamiento también por mantenerse en el poder, del dictador Anastasio Somoza Debayle en 1978 y 1979. Es que, como hemos dicho en otra ocasión, Egipto y Nicaragua son países muy diferentes en muchos aspectos, pero al mismo tiempo bastante parecidos, porque al fin y al cabo  los dictadores son iguales en todas partes del mundo (llámense Mubarak, Somoza u Ortega) y los valores y principios de la libertad, la justicia, la democracia y los derechos humanos, son comunes a todos los pueblos, sea el egipcio o el nicaragüense.   

Toda la sangre, el sufrimiento humano, la destrucción material, el retroceso económico del país y el surgimiento o imposición de una nueva dictadura, la cual en muchos aspectos fue peor que la anterior y cuyas consecuencias estamos sufriendo hasta ahora, se habrían evitado si el general Somoza Debayle se hubiera ido voluntariamente del poder y del país, ya fuera por renuncia al cargo o como resultado de un plebiscito  vinculante, que él rechazó cuando todo el pueblo y la comunidad internacional se lo exigían. Y así se perdió una gran oportunidad de abrir el camino a la democracia, en vez de caer en el  totalitarismo como ocurrió por su irracional empeño de seguir en el poder.   

Los dictadores son así, salvo raras excepciones. Por lo general se resisten a abandonar el poder hasta que arrastran al país a una vorágine de violencia y de sangre humana, que los ahoga  a ellos  pero causa grandes dolores y daños a la gente que sólo  quiere vivir en libertad y gobernarse en democracia.

COMENTARIOS

  1. Edgardo Jimenez Lopez
    Hace 16 años

    Oala el Sr. Ortega leyer la PRENSA, y entendiera que los dictadores no son indispensables en un Pais, Que solo sirven para atrazar y desbaratar una nacion, que pasan por encima de la ley por que para ellos su palabra y deseo, es ley…

  2. corporito
    Hace 16 años

    La historia nos enriquece cada dia aun mas. Los israelitas encabezados por Moises se liberaron del Faraon. Los egipcios ahora se levantaron y consiguieron su ansiada libertad de otro tipo de Faraon Hosni Mubarak.

  3. marcos morales
    Hace 16 años

    Edgardo; ojala el pueblo de Nic. siga ese ejemplo y que se olvide que paises extranjeros van a llegar a resolver problemas, hoy en dia el pueblo de Nic. es un Pueblo dormido y domesticado que se ha quedado de brazos cruzados antes eminentes catastrofe politica en que esta sumergida el pais tanto por politicos corruptos a como te repito por un pueblo inepto tambien

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