Algunos encuestadores, consultores y analistas políticos, aseguran que el candidato presidencial de la Unidad Nicaragüense por la Esperanza (UNE), don Fabio Gadea Mantilla —quien se presenta como alternativa a los candidatos de las paralelas caudillistas y corruptas del FSLN y el PLC—, no sube en las encuestas porque su discurso contra la corrupción y acerca de la necesidad de realizar en Nicaragua una revolución de la honradez, no le interesa a la mayoría de los nicaragüenses.
Dicen esos analistas que la corrupción no es un problema para la mayor parte de los ciudadanos, que sus preocupaciones son otras y que don Fabio, para poder subir en las encuestas y posicionarse mejor de cara a las elecciones del próximo noviembre, tiene que dejar a un lado su discurso moralista contra la corrupción y referirse a los temas que verdaderamente le preocupan e interesan al pueblo.
En realidad, según lo que dicen las encuestas los problemas que más preocupan a los ciudadanos nicaragüenses son el desempleo (más del 33 por ciento) y la pobreza (un poco más del 30 por ciento), bastante menos la seguridad pública y sólo el 5 por ciento de los encuestados considera que la corrupción es un problema importante. Esto significa que la población de Nicaragua se encuentra ahora, bajo el régimen orteguista, en una situación igual o muy parecida a la que había en la época somocista. Así era sobre todo en los períodos de las farsas electorales, cuando los politiqueros se arrastraban ante los pies del caudillo para conseguir una diputación u otra prebenda, mientras los de abajo hacían cola para recibir cualquier dádiva de los polìticos y del Gobierno, y por eso miraban con indiferencia la desmedida corrupción imperante.
Sobre aquella penosa situación social el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal escribió en diversas ocasiones. Por ejemplo, en un editorial titulado Mendicidad política o mendicidad moral, que fue publicado en LA PRENSA del viernes 19 de noviembre de 1971, el doctor Chamorro Cardenal señaló que “mendicidad arriba y mendicidad abajo, es el cuadro de Nicaragua, pero una mendicidad que no tiene su base —y esto es muy importante— en las necesidades de quienes por falta de trabajo, de oportunidades o de salud, recurren a ponerse bajo el amparo de otros más pudientes, sino en la sobrecarga de ambiciones (de los de arriba) y en un sentido imitativo de lo fácil, arraigado a veces entre los dominados”.
Pero aquella mendicidad ética nunca desanimó al Mártir de las Libertades Públicas de Nicaragua y Director Mártir de LA PRENSA. En su emblemático editorial sobre la revolución de la honradez, el doctor Chamorro reconocía que: “desde luego es penoso admitir que nos encontramos en una etapa de subdesarrollo moral, corriendo pareja con el material, pero ante las evidencias diarias, no se puede ocultar la verdad, ni se puede soñar con hacer planes de perfección administrativa, sobre la arena movediza, la base falsa, de una ausencia de probidad, en muchos órdenes de nuestra vida”. Y por eso el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, proclamaba y nunca se cansó de proclamar que la única revolución que se necesitaba en Nicaragua era la revolución de la honradez, para sacar a la población del atraso y la pobreza, de la mendicidad material y espiritual.
Ahora tampoco hay que cansarse de denunciar la corrupción. Y si la convocatoria a realizar la revolución de la honradez no es simple retórica de campaña electoral, sino la expresión de una firme convicción de que mientras haya corrupción institucionalizada e impune no podrá haber desarrollo económico, ni progreso social, ni dignidad humana, entonces el candidato de la Unidad Nicaragüense por la Esperanza (UNE) y todas las personas que anhelan un cambio progresista, económico, social, político y moral en Nicaragua, no pueden ni deben dejar de denunciar la corrupción, ni de promover el saneamiento ético del ejercicio de los poderes públicos.
No importa que, según las encuestas, a la mayoría de los ciudadanos no le interese por ahora la corrupción, sólo tener empleo y salir de la pobreza. Hay que nadar contra esa corriente de indiferencia ética ciudadana y presentarle al pueblo programas viables para impulsar el desarrollo económico, abrir fuentes de trabajo y salir de la pobreza. Pero al mismo tiempo se debe insistir en que nada de eso será posible, si no se combate a fondo la corrupción, mientras continúen gobernando los caudillos autoritarios y corruptos y el Estado siga siendo su botín político.
La revolución de la honradez es indispensable y la lucha por realizarla no debe ser abandonada.
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