En la casa de Rosa Navarrete cada día es un día más. El suelo de tierra, recién barrido, está húmedo, el arroz burbujea en la cocina, la telenovela de las 11:00 a.m. todavía no termina.
Junto al televisor está un mueble multiusos, a la izquierda una cuna, luego la cama, alguna silla, juguetes colgando. Todo parece intacto desde hace meses.
La casa de Navarrete, un edificio compartido que quedó en pie tras el terremoto de 1972, será demolida en cuestión de semanas, antes de que se derrumbe por sí sola. Ella lo sabe. Le espera una casa nueva, pero no hace maletas.
“Hasta que nos digan”, dice mirando por la ventana.
CONEXIÓN ORIENTAL
Del otro lado de esa ventana está la calle hacia el Mercado Oriental, donde Navarrete tiene un puesto de venta de chinelas de hule.
Llegar a su “tramo” le lleva cinco minutos a pie. Puede almorzar diario en su casa, no gasta en pasaje y ahí mismo hace todas las compras.
A partir de febrero Navarrete tendrá que viajar casi una hora desde Ciudad Sandino, almorzar comida fría cargada desde su casa o comprar un plato de 50 córdobas cada día, y pagar transporte para ganarse ese pan.
Siempre quiso dejar el viejo y temible edificio ubicado frente al Ministerio de Gobernación. Ahora que el momento está por llegar, afloran los sentimientos encontrados.
Por un lado está feliz, porque tendrá su propia casa junto a su mamá, hermanos e hijos, y por otro triste, porque la vida no será más fácil.
En la misma situación viven 106 familias que ocupan cuatro edificios abandonados tras el terremoto de 1972.
Se irán de ahí a más tardar a mediados de febrero, según los planes del Gobierno. Pero la vida sigue igual. Las madres matricularon a sus hijos en las escuelas más cercanas y la dueña de la venta sigue dando crédito.
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