Túnez está muy lejos de Nicaragua. Tanto, que los últimos acontecimientos ocurridos en ese país árabe, cuyo episodio más relevante ha sido la caída de la dictadura de 23 años de Zine El Abidine Ben Alí, parecieran no tener mayor importancia para los nicaragüenses. Pero sí la tienen.
En realidad, la lucha contra las dictaduras de cualquier grado y tipo de izquierda o de derecha, religiosas o laicas, nacionalistas o internacionalistas, militares o civiles, involucra a todos los pueblos y fuerzas democráticas del mundo, porque la libertad, la democracia, los derechos humanos, la libertad de expresión y de prensa, el pluralismo político y las elecciones libres y transparentes para formar los gobiernos, son valores universales.
De manera que en Nicaragua las fuerzas democráticas deben estar muy contentas y sentirse estimuladas por la caída de la dictadura de Túnez. Sólo esperamos que no sea sustituida con otra dictadura igual o peor que la que fue derrocada por el pueblo, como ha ocurrido algunas veces, por ejemplo, en Irán, en 1979, cuando la dictadura del Sha fue derrocada por la población pero en su lugar se instauró la oprobiosa tiranía de los ayatolas; y también en 1979 en Nicaragua, donde la derrocada dictadura derechista de los Somoza fue sustituida con la dictadura izquierdista de los comandantes sandinistas.
Ojalá, pues, que el fin de la dictadura de Ben Alí signifique el principio de una nueva era en Túnez, pero también en todos los países de África del Norte y del mundo árabe en general; un cambio que abra el camino a la construcción de una sociedad fundada en la libertad, la democracia, el pluralismo y los derechos humanos. Como parece ser el propósito de las máximas autoridades provisionales de Túnez, que se han comprometido a convocar a elecciones libres, pluralistas, limpias y supervisadas, lo más pronto posible, a fin de que los ciudadanos ejerzan su derecho a elegir a quienes los van a gobernar y representar.
Nadie se esperaba lo que ha ocurrido en Túnez. Hasta comienzos de diciembre del año recién pasado parecía muy firme el régimen de Ben Alí y su mujer, Leyla Trabelsi, “la regenta” como la llamaba el pueblo por la desmedida influencia que ejercía en el gobierno y la cual se preparaba para suceder a su marido en la Presidencia de Túnez, cuando concluyera su cuarto período en el año 2014. Ben Alí fue “elegido” presidente cuatro veces, con votaciones increíbles de hasta el noventa por ciento de los votos, para lo cual contaba con un órgano electoral —como el de aquí— que contaba los votos como él quería. Ben Alí reformó la Constitución a su gusto, para reelegirse, y sus “oponentes” eran partidos decorativos a los que asignaba sólo los votos suficientes para que tuvieran una mínima cuota de representación parlamentaria.
Sin embargo Ben Alí vendía internacionalmente la imagen de un gobierno democrático y económicamente eficaz. Los gobernantes europeos lo trataban como si fuera una persona decente. Inclusive fue con Túnez que la Unión Europea estableció el primer Acuerdo Económico con un país de esa región de África del Norte, a pesar de que la Cláusula Democrática dice que los acuerdos económicos solo se deben establecer con países donde se respeten los derechos humanos, la libertad y la democracia. La alcahuetería de Occidente con el dictador de Túnez llegó a tal extremo, que los organismos financieros internacionales calificaron a este país como un modelo a seguir por las naciones en vías de desarrollo.
Resulta interesante saber que el año pasado el crecimiento económico de Túnez fue de 3.7 por ciento, un poquito más que el de Nicaragua, el cual fue de 3.5 por ciento según las cifras del gobierno de Daniel Ortega corroboradas por los organismos financieros internacionales y la empresa privada. Pero la bonanza de Túnez era una farsa, igual que su falsa democracia. Lo que había era una burbuja de corrupción y de pronto estalló la sublevación popular que, a pesar de que no había un liderazgo visible porque la oposición no estaba organizada en el país por la feroz represión policial, no paró hasta botar a la dictadura, cuando Ben Alí perdió el apoyo del Ejército al negarse éste a disparar contra la población.
Y así, una vez más se ha demostrado que cuando la gente se decide a luchar y las fuerzas armadas se alinean con el pueblo, cualquier dictadura puede caer, y cae, por muy fuerte que sea o que parezca y por muy alcahuete que la comunidad de gobiernos y organismos internacionales sean con ciertos dictadores.
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