Centenares de personas asistieron a la misa de cuerpo presente de monseñor Federico Argüello (q.e.p.d.) en la Catedral de Managua.LA PRENSA/H.ESQUIVEL

“Nos supo transmitir el amor a la Iglesia”

Palabras cariñosas, lágrimas y hasta un canto alegre hubo en la misa fúnebre de monseñor Federico Argüello, celebrada ayer en la Catedral de Managua alrededor del mediodía, en memoria de quien fue el fundador en Nicaragua del Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

Palabras cariñosas, lágrimas y hasta un canto alegre hubo en la misa fúnebre de monseñor Federico Argüello, celebrada ayer en la Catedral de Managua alrededor del mediodía, en memoria de quien fue el fundador en Nicaragua del Movimiento de Cursillos de Cristiandad.

El Arzobispo de Managua, monseñor Leopoldo Brenes, quien ofició la misa, dijo que Argüello “es un punto de referencia en nuestras vidas”.

Monseñor Argüello falleció el lunes a los 96 años. Era jesuita y fue el impulsor en el país del Movimiento de Cursillos, una comunidad católica dedicada a la reflexión y la oración, con presencia en diferentes partes del país.

“Fue nuestro profesor de historia. Fue el profesor que nos supo transmitir el amor a la Iglesia”, recordó Brenes, quien aprovechó la homilía para reflexionar sobre el legado que deja Argüello.

“Él fue esa semilla que esparcida en diversos campos supo dar sus frutos”, afirmó el Arzobispo, quien compartió con el cura jesuita distintas etapas de su vida.

“Qué me iba a imaginar que aquel niño que estaba sentado frente a mí llegaría a ser sacerdote y arzobispo”, rememoró Brenes, refiriéndose a Argüello.

OPTIMISTA HASTA EL FIN

Mientras que Roberto Rondón, sobrino de monseñor Argüello, lo evocó como un hombre optimista hasta el último momento.

Rondón, quien habló desde el púlpito, dijo que la última vez que lo vio, en su lecho de muerte, le dijo que no se le acercara mucho porque podía pasarle la tos que tenía.

Mientras Rondón hablaba había lágrimas en algunos hombres y mujeres que conocieron a monseñor Argüello. En la misa había gente de todas partes, religiosos de distintas órdenes, y miembros de los Cursillos de Cristiandad de diversos sitios del país.

Al final de la eucaristía todos los presentes pasaron frente al féretro del sacerdote, al mismo tiempo otros entonaban una canción, la que más le gustaba al párroco.

“De colores se visten los campos en la primavera… y por eso los grandes amores de muchos colores me gustan a mí”, solía entonar el cura, que también fue capellán del movimiento Olama y Mollejones.

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