El dictador de Bielorrusia, Alexander Lukashenko se hizo reelegir presidente de ese país por segunda vez, con más del 80 por ciento de los votos, a base de un gran fraude y contando para eso con un organismo electoral estatal como el de Nicaragua.
El mismo día de su nueva reelección, el domingo 19 de diciembre corriente, Lukashenko ordenó a la policía reprimir sin piedad las protestas que los partidos de oposición trataron de hacer en el centro de la ciudad de Minsk, capital del país. Decenas de opositores fueron heridos, golpeados y encarcelados y ahora son acusados por delitos penados con 15 años de cárcel, incluso con la pena de muerte que en Bielorrusia todavía existe y se ejecuta legalmente.
Comentando esta fraudulenta nueva reelección de “el último dictador de Europa” —como calificó a Lukashenko la señora Madeleine Albright, cuando era Secretaria de Estado de Estados Unidos del gobierno del presidente demócrata Bill Clinton—, el periódico polaco Gazeta Wyborcza escribió que el dictador bielorruso ha mostrado al mundo que no le importa nada ni nadie, pues “sabía que no iba a ser castigado. La política de la Unión Europea de la zanahoria y el látigo —postergar sanciones y proporcionar incentivos en forma de asistencia financiera— ha fracasado en toda la línea. El látigo se ha roto y Lukashenko se ha comido la zanahoria”, asegura la Gazeta Wyborcza.
Se refiere el prestigioso periódico polaco a que la Unión Europea prometió a Lukashenko una cooperación de tres mil millones de euros (unos 3,900 millones de dólares), a cambio de que realizara elecciones libres y abriera el país a la gobernabilidad democrática. De allí que, según el periódico El País, de España, que también ha comentado editorialmente el asunto: “Si el juicio de la OSCE (o sea la Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea, la cual observó las elecciones del domingo pasado en Bielorrusia y comprobó el gran fraude) sobre la farsa electoral del domingo y su violencia es un elemento crucial a la hora de adoptar una decisión, la UE debe mantener cerrada la puerta a Lukashenko”.
Pero la Unión Europea, igual que Estados Unidos y casi todas las potencias democráticas del mundo libre, generalmente son timoratas con dictadores descarados o “institucionales”, como Lukashenko en Bielorrusia, los hermanos Castro en Cuba, Hugo Chávez en Venezuela o Daniel Ortega en Nicaragua. Hablan mucho de valores democráticos universales y de vocación compartida por la libertad, y ejercen algunas presiones limitadas, pero terminan aceptando las arbitrariedades, los fraudes y la continuidad en el poder de los dictadores de viejo y nuevo tipo.
Volviendo al caso específico de Bielorrusia y el fraude electoral perpetrado por Alexander Lukashenko para volver a reelegirse y permanecer indefinidamente en el poder, que detenta desde 1994, hay que señalar que el dictador bielorruso es muy amigo y camarada de Hugo Chávez en Venezuela y de Fidel y Raúl Castro en Cuba. Y lo debe ser también de Daniel Ortega, ya que están unidos por lazos ideológicos, vocación dictatorial y afición a los fraudes electorales para perpetuarse en el poder.
Lukashenko pertenece a la vieja guardia comunista de la desaparecida Unión Soviética. Era vicepresidente del Soviet Supremo de Bielorrusia cuando colapsó el comunismo y se desintegró la URSS, y se opuso ferozmente a las transformaciones democráticas que se realizaron en casi todas las antiguas repúblicas soviéticas. De manera que cuando tomó el poder, en 1994, Lukashenko fortaleció los viejos aparatos represivos y particularmente la KGB, la tenebrosa y criminal policía política comunista.
En Bielorrusia, cuya extensión territorial es de un poco menos de 300 mil kilómetros cuadrados y tiene unos 10 millones y medio de habitantes, rige un sistema estatista, básicamente comunista. El Parlamento se limita a aprobar las leyes que dicta Lukashenko. No hay libertad de prensa y los partidos de oposición carecen de espacios para desenvolverse.
Lukashenko no sólo le rinde culto a Lenin, cuyas estatuas están por todas partes del país. También es admirador de Hitler, de quien dijo en noviembre de 1995 que su gobierno no había sido malo para Alemania y que una forma igual de régimen autoritario sería apropiada para Bielorrusia. Ahora Lukashenko está emulando a Hitler, sin duda, y de esa calaña son los mejores amigos, aliados y camaradas de los Chávez, los Castro y los Ortega.
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