Con fe y esperanza en María

El altar de la Purísima que el gobierno de Daniel Ortega ha colocado al pie del monumento de un hombre armado que amenaza al cielo con un fusil —símbolo de odio, violencia y muerte——, el cual se encuentra en la avenida Bolívar a escasos metros del edificio de la Cancillería, es una profanación de la imagen de la Virgen María y un ultraje a la creencia religiosa católica de la mayoría de los nicaragüenses.

En realidad, la profanación de los símbolos religiosos ha sido una política sistemática del Frente Sandinista y del régimen de Daniel Ortega, el cual, sin embargo, con fines de propaganda se hace llamar no sólo socialista y solidario, sino también cristiano.

Como lo ha recordado el Obispo de Estelí y vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, monseñor Abelardo Mata, durante la dictadura sandinista de los años ochenta del siglo pasado, se oficializó la consigna de que “entre sandinismo y religión no hay contradicción”. En aquella época se sostenía la extraña tesis de que marxismo y cristianismo eran lo mismo, se promovió la creación de una iglesia católica paralela y se llegó al extremo de ultrajar al Papa Juan Pablo II, durante la misa campal que Su Santidad ofició en una plaza de Managua, el 4 de marzo de 1983, cuando vino por primera vez a Nicaragua. Pero el pueblo nicaragüense permaneció fiel a su Iglesia, a sus pastores y a sus imágenes sagradas, entre ellas y sobre todo la de la Virgen María, la Purísima.

Ahora que el FSLN y Daniel Ortega volvieron a gobernar desde arriba, gracias al pacto con Arnoldo Alemán, el régimen orteguista de nuevo manipula la religión y profana la imagen de la Purísima, pretendiendo usarla como instrumento de propaganda política. Al parecer los orteguistas creen que esta vez sí podrán tener éxito en la manipulación religiosa y la profanación de la imagen de la Purísima, porque cuentan con el apoyo de algunos curas, inclusive alguno prominente, que se han sometido al poder político.

Pero también en los años ochenta hubo sacerdotes que apoyaron la utilización de las creencias y símbolos religiosos con fines revolucionarios. Y si en aquella época fracasó la manipulación religiosa, a pesar de que los curas que se sumaron entonces al sandinismo lo hicieron porque realmente creían que entre religión y revolución no había contradicción, con mucha mayor razón tendrán que fracasar ahora que la adhesión de algunos religiosos al proyecto orteguista evidentemente no es por convicción, sino por oportunismo y corrupción.

Es obvio que los orteguistas no aprenden las lecciones de la historia. No entienden que los fieles católicos, como respuesta a la manipulación oficialista de la religión y la profanación de la imagen de la Purísima con fines políticos más bien aumentan su fe y fortalecen su esperanza en que ahora, otra vez como en 1990, la Virgen María ayudará al pueblo nicaragüense a sacudirse de encima un régimen que no sólo atropella la Constitución, las leyes, la libertad y los derechos de las personas, sino que también irrespeta su Iglesia, su fe y sus imágenes religiosas.

Es oportuno recordar en estas circunstancias, las palabras proféticas que dijera Juan Pablo II en su homilía de Managua, el 4 de marzo de 1983, cuando fue abucheado por las turbas orteguistas: “La unidad de la Iglesia es puesta en cuestión cuando a los poderosos factores que la constituyen y mantienen, la misma fe, la Palabra revelada, los sacramentos, la obediencia a los Obispos y al Papa, el sentido de una vocación y responsabilidad común en la tarea de Cristo en el mundo se anteponen consideraciones terrenas, compromisos ideológicos inaceptables, opciones temporales, incluso concepciones de la Iglesia que suplantan la verdadera (…) Ningún cristiano, y menos aún cualquier persona con título de especial consagración en la Iglesia, puede hacerse responsable de romper esa unidad, actuando al margen o contra la voluntad de los obispos a quienes el Espíritu Santo ha puesto para guiar la Iglesia de Dios”. Y concluyó Juan Pablo II aquella histórica alocución, rogando “Que la intercesión de María, la Purísima, como vosotros la llamáis con tan hermoso nombre, que Ella, que es la Patrona de Nicaragua, os ayude a ser siempre constantes a esta vocación de unidad y fidelidad eclesial. Así sea”.

Y así fue. La fe y la esperanza en María, la Purísima, fue un factor espiritual que le ayudó poderosamente al pueblo nicaragüense no sólo a preservar su Iglesia, sino también a derrotar a la dictadura sandinista en 1990. Y no cabe duda que ahora le volverá a ayudar a liberarse de la nueva dictadura orteguista que se está imponiendo.

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