¿Nos rige la voluntad o somos gobernados por alguna otra potestad? ¿En qué consiste la libertad y con qué propósito somos libres? ¿Libres de qué? ¿Nos guiamos por una “voluntad colectiva” o no más intentamos parodiar una reyerta entre “libertad natural” y “libertad moral?
Esto me lleva a reflexionar que si bien es cierto que el ideal de libertad es gozar de “voluntad propia”, también estoy consciente que todo lo que se nos permite “hacer o decir”, no queda al margen de la norma jurídica y de las costumbres sociales que a su vez tienen carácter relativo según los cánones de la respectiva sociedad en que convivamos, bien porque el humanismo tradicional supone que somos seres libres y responsables, no sólo creadores de la propia vida, sino de la sociedad y de la cultura.
Conste que este humanismo es también muy característico para un concepto religioso del hombre. ¿Dónde quedaría la construcción ideológica de la moderna sociedad, el orden jurídico y político, si conviniéramos suprimir los términos “libertad” y “responsabilidad”? “¿Por qué, pues, libertad? Porque nada se interpone ya entre Mí y el Estado, sino que Yo estoy vinculado inmediatamente con él, porque soy ciudadano y no ya súbdito de Otro”. Max Stirner.
Nos encontramos en una situación que va más allá de las barreras ideológicas, geopolíticas y económicas; nos encontramos ante inmensos retos vinculados a una característica exclusiva de los seres humanos, que yace en nuestro complejo e intrínseco ser y deber ser, el poder de elegir. Hay claramente toda una coyuntura existencial que genera un sisma en nuestro sistema de identidad social, porque al final de cuentas tal parece que el libre albedrío es efímero, no tiene rasgos absolutos, es una quimera emocional que se supone da estabilidad a la paz y la convivencia social.
Schopenhauer decía: “Un hombre puede hacer lo que desee pero no puede desear lo que quiera”, entonces ¿qué es la voluntad o albedrío y en dónde se sitúa en nuestra escala de valores? ¿En dónde cabe la conciencia? Veamos algunos casos típicos: nos “modelan” el lenguaje, modas en el vestir, regímenes alimenticios, hasta el lugar donde ir de vacaciones; en el concierto de las relaciones internacionales todo lo que atente contra el fuero de los “tratados, convenios y normas que establecen las naciones suscriptoras” es meritorio de “sanción”, hay que sindicalizarse o ser parte de un determinado gremio o de lo contrario te espera el aislamiento o la muerte organizacional, si para marchar en “aras” de la eficacia, funcionalidad y productividad hay que “cumplir”, ¡hazlo! según los estatutos y reglamentos del buen management, sólo nos queda !obedecer, acatar someterse al mandato colectivo!
Para el determinismo radical todo se encuentra predeterminado y por consiguiente la “libertad” de elegir se encuentra condicionada por factores intrínsecos y extrínsecos que imperan más allá de nuestra voluntad, “Todo está determinado, tanto el principio como el fin, por fuerzas sobre las cuales no tenemos ningún control. Está determinado para los insectos así como para las estrellas. Seres humanos, vegetales, o polvo cósmico, todos bailamos al son de una tonada misteriosa entonada en la distancia por un intérprete invisible”. Albert Einstein.
El Ser Supremo no es un titiritero. Válida es la propuesta de Marvin Minsky que cita: “Ninguno de nosotros piensa que lo que hacemos depende de procesos que no conocemos; preferimos atribuir nuestras elecciones a la voluntad, volición o autocontrol Quizá sería más honesto decir: mi decisión estuvo determinada por fuerzas internas que no comprendo”.
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