Algunos rivales y enemigos gratuitos del candidato presidencial de la unidad democrática nacional, don Fabio Gadea Mantilla, tratan de descalificarlo porque dicen que su discurso es limitado y superficial. Concretamente, lo acusan de que sólo habla de revolución de la honestidad y honradez administrativa, en vez de plantear soluciones a los grandes problemas nacionales, como por ejemplo medidas para reducir y erradicar la pobreza.
Es muy significativo que quienes denigran de esa manera a don Fabio, son precisamente políticos que han estado vinculados directa o indirectamente al festín de la corrupción gubernamental. Se trata de personas que entraron al servicio público en visible situación de pobreza, pero al poco tiempo, como por arte de magia cambiaron notoriamente sus condiciones materiales de vida. Son políticos que —al contrario de lo que propone don Fabio en su discurso contra la corrupción y en pro de la honestidad gubernamental—, hablan de grandes programas para volver a gobernar, para volver a crecer, para volver a saquear el Estado, para volver a enriquecerse o para incrementar sus fortunas al amparo del poder.
Por eso es alentador que en medio del gran desierto ético en el que se practica actualmente la política en Nicaragua, haya personas como don Fabio Gadea Mantilla, quien no promete lo que va a cumplir sino que se compromete en un punto específico que es fundamental para el país, cual es el de hacer un gobierno honesto y transparente. En realidad, esto es clave para que el pueblo nicaragüense pueda comenzar a salir del abismo de atraso y pobreza al que lo han arrojado los corruptos políticos de derecha e izquierda.
Ya hemos señalado la coincidencia de la propuesta de don Fabio Gadea Mantilla , de promover una revolución de la honestidad gubernamental, con el histórico planteamiento que hacía —en la época somocista— el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, acerca de que la única revolución que se necesita en el país es la revolución de la honradez. “Nicaragua necesita sobre todas las cosas, una limpieza total de los vicios administrativos, una purificación de sus costumbres oficiales, y sólo entonces podrá ya con el terreno limpio de maleza, germinar una nueva vida, a la cual tienen derecho las futuras generaciones”, escribió el doctor Chamorro Cardenal en un memorable editorial de LA PRENSA titulado “La primera de todas las Revoluciones”, publicado el viernes 26 de agosto de 1966.
En realidad, está comprobado que la corrupción gubernamental es una de las condiciones principales de la pobreza y el atraso. Lamentablemente, en Nicaragua no hay cifras sobre cuántas obras sociales se hubieran podido construir con el dinero que costó la piñata sandinista, con la fortuna que se perdió en las huacas del gobierno de Arnoldo Alemán, y con todos los demás actos de corrupción que se han cometido y se siguen cometiendo al amparo del poder. Pero a nivel internacional se conoce que la corrupción le cuesta a las naciones atrasadas y pobres —como Nicaragua— una enorme cantidad de dinero que va de los 20 mil millones a los 40 mil millones de dólares anuales. Este dato fue mencionado por una alta funcionaria del Banco Mundial, la señora Okonjo-Iweala, ex ministra de Finanzas de Nigeria, durante una conferencia internacional sobre la corrupción que se realizó a principios de noviembre de 2009 en Doha, capital de Qatar, en el Golfo Pérsico. La señora Okonjo-Iweala denunció además que los mercados emergentes y los centros financieros mundiales, han sido convertidos en refugios de los activos robados a sus pueblos por los políticos y gobernantes corruptos de los países pobres.
Es interesante y sería útil saber cuántos hospitales, centros de salud, escuelas, carreteras y puentes se habrían podido construir con el dinero público que se han robado en las últimas décadas los políticos y gobernantes corruptos de Nicaragua; cuánto financiamiento agrícola hubiera habido; cuántos puestos de trabajo se habrían creado; cuántas medicinas y alimentos se hubieran distribuido entre la gente pobre; y cuántos nicaragüenses pudieron haber salido de la pobreza extrema y relativa, con la inversión apropiada de los cuantiosos recursos que han sido robados al pueblo por medio de la corrupción gubernamental.
Sin embargo, no hay necesidad de conocer las cifras exactas de esa enorme pérdida nacional que causa la corrupción, para comprender que en realidad es imperativamente necesario hacer en Nicaragua una revolución de la honestidad, como lo quería antes el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y como lo propone ahora don Fabio Gadea Mantilla.
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