El reloj de arena

Deambulaba por la playa cuando vio un objeto que resplandecía entre las rocas, las olas lo arrastraban hacia dentro del mar y lo traía de nuevo en un vaivén cada vez más fuerte, que amenazaba llevárselo de manera definitiva. Tal vez eso fue lo que motivó a Pedro, pescador de mucha experiencia, tomar el objeto antes que las olas se lo llevaran.

Deambulaba por la playa cuando vio un objeto que resplandecía entre las rocas, las olas lo arrastraban hacia dentro del mar y lo traía de nuevo en un vaivén cada vez más fuerte, que amenazaba llevárselo de manera definitiva. Tal vez eso fue lo que motivó a Pedro, pescador de mucha experiencia, tomar el objeto antes que las olas se lo llevaran.

Su rostro curtido por el fuego solar de tantos en el oficio, palideció al comienzo, luego arqueó sus tupidas cejas y balbuceó: -¡Que cosa tan rara, jamás había visto algo así!— Tenía la forma de dos botellas de vidrio grueso juntas boca a boca, sostenidas en sus extremos opuestos por plataformas de madera que a su vez se conectaban con dos delgadas columnas de madera torneada con incrustaciones en bajo relieve y extrañas escrituras. Sus toscas manos temblaron leves al guardar aquel artefacto en la misma bolsa donde también tenía tres docenas de cangrejos capturados durante su vespertina faena diaria, aprovechando que éstos tomaban el sol sobre las rocas playeras.

A medida que Pedro avanzaba a su casa ubicada a unos doscientos metros de la playa costera notó que anochecía rápidamente, pensó que se acercaba una tormenta aunque observó que el cielo estaba un poco despejado, pero el tiempo en el mar es impredecible por tanto no podía confiarse de las apariencias. Apresuró el paso, cuando entró a su hogar, su mujer ya encendía el fogón para iniciar sus quehaceres matutinos; se extrañó al ver a su marido quien había salido a pescar cangrejos desde al día anterior, éste pasó directamente al dormitorio que consistía en una vieja tijera de lona un una esquina, ahí mismo en la cocina-sala-comedor.

Antes de acostarse Pedro colocó la bolsa sobre una mesa de tres patas que se encontraba arrimada a la columna central de la casa y que a su vez servía como la cuarta pata de la mesita. Pronunció algunas palabras incoherentes y se durmió.

Cuando despertó el pescador se encontraba rodeado de amigos y parientes quienes lo observaban con curiosidad. Matilde, su mujer, se abalanzó para abrazarlo con fuerza mientras le decía frases rápidas de manera que Pedro no entendía nada. Pedro miró su entorno, pudo percatarse que algunas cosas habían cambiado de sitio, incluso notó que existían paredes en su cuarto que lo separaban del resto habitacional. Miró también una repisa y sobre ésta, el aparato que encontrara el día anterior. “¿El día anterior? -se preguntó- ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Sentí que apenas he dormido unas dos horas”, añadió en voz alta. Pantaleón, su mejor amigo, señaló un calendario en la pared, decía palabras rápidas pero por sus ademanes y movimientos de labios Pedro pudo interpretar que habían pasado dos años.

Su asombro fue mayor cuando observó a su mujer Matilde, amamantar a un niño que dejaba de llorar al momento de adherirse del pezón de su mama.

Comenzó a entender poco a poco lo que estaba pasando, se levantó de la cama y se dirigió hasta el reloj de arena, lo tomó con delicadeza mientras observaba cómo la arena de una de las botellas pasaba lenta pero constante hacia la botella inferior. Lo colocó de forma horizontal y de manera casi inmediata logró escuchar claramente a su mujer:

—¿Vas a comer Pedro?

—Sí mujer, me tragaría a un buey entero.

La casa había quedado sola, el matrimonio guardó silencio por un largo rato hasta que Pedro masculló aún con el pedazo de tortilla en la boca:

—Tengo una duda que me está matando Matilde.

—Ajá, ¿qué pasó?

—¿De quién es ese niño?

—Pues tuyo Pedro, de quién más va a ser; me dejaste panzona en los días antes que te durmieras, sólo Dios sabe todas las peripecias que he tenido que pasar para poder criar a este chigüín, si no fuese por la ayuda de mi papa, mi mama y los amigos, quién sabe cómo hubiera soportado tantas cosas. Fue triste verte dormido tanto tiempo, gastando dinero en médicos y curanderos que no daban respuesta; roncabas algunas veces que parecía que despertabas pero nada… siempre dormido hasta hoy… no entiendo, todo ha pasado tan rápido, como si los minutos son horas y las horas años.

Pedro terminó de comer, se acercó de nuevo al reloj, estuvo observándolo por unos instantes, lo colocó verticalmente y lo sacudió con fuerza de abajo hacia arriba y viceversa. La arena pasaba veloz de una botella a otra, luego salió corriendo hacia la playa con la intención de dejarlo donde lo encontró. Corría mientras escuchaba lejanamente sonidos raros de la garganta de su esposa. Al correr sacudía siempre al reloj sin darse cuenta que las cosas sucedían rápidamente, como en una película.

Estaba aturdido al no reconocer los caminos que aparecían y desaparecían de forma brusca junto a los charcos, piedras o árboles. A lo lejos divisó la costa, corrió más rápido como podían hacerlo sus pequeñas piernas que se adelgazaban acortándose también.

Cuando sus pies descalzos alcanzaron la tibia arena sintió el reloj pesado, agrandado, lo colocó entre sus piernitas y con sus pequeñas manos daba vueltas y vueltas a su juguete de vidrio y madera.

La Prensa Literaria

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