Marlon Gutiérrez

Diseñoides antihigiénicos

Vivimos una era vulgar, el fenómeno creciente y acelerado del consumo (desgaste de las formas) es el causante del rebase contaminador en la comunicación pública, la guerra de todos contra todos es reflejada en la publicidad. Consecuencia de la presión de competencia y exigencia de los consumidores.

Lamentablemente existen demasiados productos que son copias, diseñados sin rigor y sin la asistencia de los profesionales adecuados. No se han tenido en cuenta los más elementales principios de uso: señalizaciones no esenciales, confusas, embalajes mal desarrollados, valores de marcas ilegibles, mal enfocados que no excitan vivamente y no producen afectos o inclinaciones. Todo esto afectando la rentabilidad de las empresas, a la imagen de las organizaciones, el bienestar sociocultural y la calidad de vida para los usuarios.

Estamos invadidos por el desgaste de búsqueda de una cualidad semántica-estética, asesinada por la banalización (pérdida de originalidad, por hacerse demasiado sencilla e incomprensible o falta de utilitarismo muchas veces). Lo lógico, estructural y traducible desarrollado a través de un referente informacional personal e íntimo con dosis de creatividad no se percibe en los señores que tienen en sus manos la producción de información publicitaria o comunicativa de masas.

Necesitamos diseños aplicados y utilitarios, válidos dentro de un sistema estructurado e implicado orgánica y funcionalmente para así conservar la integridad ambiental, sin alterar la constitución urbana. Es importante que los códigos de diseños comunicativos sean creativos, elaborados con reflexión y experiencia para así potenciarlos y darles un valor. Los publicitarios se llaman ostentosamente a sí mismos “creativos”, pero la creatividad parece estar más al servicio de generar usuarios esclavos que usuarios satisfechos (Pablo Cazau).

No me estoy refiriendo a la contaminación visual de la ciudad, creo que por las características del desarrollo publicitario urbanístico nicaragüense, aún no llegamos a ese extremo. Es obvio que de pronto vagamente si se da un exceso de comunicación visual en el entorno céntrico urbano (algo casi inevitable justamente por el consumismo). Samara Herrera, explica que la distorsión del paisaje natural de la ciudad produce una ansiedad que se traduce en estrés, por la proliferación de mensajes que no cumplen su cometido.

Hago referencia a la mala comunicación publicitaria o social gráfica —la que más incurre en la situación que pretendo plantear- que es producto de una anomia (justamente producida por el anarquismo en el desarrollo de buenos diseños) y que incurren en una mimesis de diseñadores realizadores, quienes lo único que logran es cansar o irritar al receptor, ya que no comunican o publicitan sino que más bien invaden y perturban.

Creo que en nuestro país aún no hay una sobreestimulación visual agresiva, invasiva y simultánea acrecentada, pero sí hay una ola de piezas diseñoides antihigiénicas, mal desarrolladas, que causan repulsión y no transmiten su mensaje, justamente por la carencia de diseño, perdiéndose entre ellos mismos como si estuvieran en una selva camuflados. Tristemente, estos diseñoides son realizados por manos locales, difícilmente vamos a ver un “enlatado” (publicidad global; de afuera, adaptación) mal realizado.

Facilidad de lectura y comprensión sin fatiga y errores; sin contraste de tipografía con los demás elementos del contexto, simplificación de información con legibilidad, control cromático y gráfico, adaptado al contexto urbano, arquitectónico y cultural, colocado en los soportes y lugares adecuados de acuerdo con su función aplicando los principios básicos de visibilidad, para automóviles y peatones ayudan al exceso de información visual (falsa muchas veces), al buen aspecto de la ciudad, la distracción automovilística-peatonal y problemas psicológicos.

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