H an pasado treinta años desde aquel funesto día de la muerte violenta, en ciudad Antigua Guatemala, de mi hermano Denis Martínez Cabezas. Una muerte que no solamente produjo un terremoto afectivo al interno de la familia sino que convulsionó el entero país, dado la dignidad del alto cargo que detentaba: Secretario General de la Universidad Autónoma de León, que hasta la década del sesenta monopolizó la educación superior. Treinta años durante los cuales no sólo cesó su vida vegetativa y de relación por manos asesinas si no que, inexplicablemente, las autoridades universitarias de entonces y de ahora decretaron su segunda muerte: olvido total a su fructífera y luminosa obra.
Por la fuerza de la verdad es harto difícil que la historia de la enseñanza no recoja el abultado legado de Denis que consagró su existencia a la promoción y fortalecimiento de la Universidad más antigua de Nicaragua resistiendo los halagos y tentaciones, que en su espacio social, por aquella época, el libre ejercicio de la profesión de abogacía ofrecía, mas el Profesor, especialista en Derecho Laboral de la Universidad de Roma sabía que los seres humanos somos un fenómeno biológico, pero intrínsecamente atraídos por una realidad más alta por la cual, algunas veces, incluso se arriesga la vida.
Dotado de una personalidad que destilaba energía y vitalidad, personificó siempre la acción, la temeridad, la disciplina. Capaz de crear y controlar sus acontecimientos, logró articular el sentido propio de su existencia. No pudo escapar a la cultura de la intolerancia y de la muerte poblada por bestias codiciosas y rapaces. No visualizó su holocausto porque no alcanzó a descifrar los símbolos y señales de la necrofilia pero se sobrepuso a la profecía de Saramago (“Un día tendrán lástima de nosotros la gente del futuro por saber tan poco y tan mal”) y se volcó a la edificación del culto de su altar: la UNAN de León y con vocación de monje tibetano coronó su esfuerzo máximo con la apertura del Recinto Universitario de Managua.
El hombre se hace a sí mismo a lo largo de su vida y la humanidad a lo largo de su historia. Denis Martínez Cabezas en su diario quehacer, manejó por encargo un delicado equilibrio. Sus funciones por mandato lo llevaron a establecer vínculos con los gobiernos de turno, obligados por ley, a cubrir el presupuesto de la conquistada autonomía, pero también debió resguardar la seguridad integral del conglomerado universitario, continuamente amenazado por las autoridades centrales como por los movimientos que se oponían a la dinastía de los Somoza. Todo esto generó un clima de hostilidad que no tardó en hacerlo blanco de críticas tanto por las élites como por los grupos que utilizaban el paraguas del “Alma Máter” como protección y que a partir de 1979 mostraron el rostro de los halcones defensores de la pureza ideológica.
Con su muerte fui bautizado en el dolor del cual nadie se libera y aunque no fui educado para ocultar mis sentimientos, su recuerdo despierta en mí vivencias y añoranzas, que ninguna fuerza puede arrebatarme.
A la tristeza y soledad que su ausencia nos condenó se agregó el misterio de su muerte, y aunque su muerte cubrió los titulares, no fue el único compatriota sacrificado en tierra centroamericana y más allá en aquella triste época donde el rugir de los tanques y ametralladoras de la guerra reciente nos había inyectado un cierto estoicismo y resignación, pero lágrimas no alcanzaron para llorar tanto estrago que no sólo arrancó la vida a los colaboracionistas del somocismo sino también a connotados personajes de la izquierda nicaragüense, que en momentos diferentes abrazaron las proclamas revolucionarias. Los culpables de esta barbarie andan por allí y esperan todavía su castigo.
En aquel agosto del siglo pasado en el curso de su evolución todos fuimos testigos de las utopías con las cuales nos alimentábamos, quizás anestesiados por la siempre fallida promesa de una tierra prometida y, si no aprodó, por lo menos que nos quede el consuelo de narrar esta historia, aún con el costo afectivo que implica, animados por la curiosidad que podría despertar en los jóvenes de hoy este campeón de la constancia y la perseverancia que hizo de la consigna “A la Libertad por la Universidad” su arsenal de guerra en un campo de batalla donde el monstruo de la ignorancia dispone de cien cabezas y encarcela las conciencias.
Tras las elecciones del martes en EE.UU., el tiempo y las promesas incumplidas desvanecieron la esperanza y ahora se pretenden cambios reales en la dirección del gobierno.
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