Acerca de la soberanía y la diplomacia

El conflicto entre Costa Rica y Nicaragua en derredor de la antigua y recurrente disputa por el río San Juan no se ha resuelto todavía —ni se puede saber cuándo se resolverá de manera definitiva—, sin embargo dentro de Nicaragua el debate público sobre este candente tema ha dejado muy bien esclarecidas algunas cuestiones fundamentales.

En primer lugar, ha quedado muy claro que al cerrar filas en la defensa de la soberanía plena de Nicaragua sobre el río San Juan —y del derecho a dragarlo para recuperar su caudal y ponerlo al servicio del país, por supuesto que sin perjudicar al vecino—, los nicaragüenses no le están dando un cheque en blanco a Daniel Ortega para que haga lo que quiera. Tampoco significa que están aceptando las tropelías de Ortega contra la institucionalidad democrática, la Constitución y el Estado de Derecho, ni que se dejan engañar por sus manipulaciones patrioteras en beneficio de sus intereses políticos particulares.

En realidad, al mismo tiempo que los nicaragüenses de todos los partidos, ideologías, religiones y clase sociales defienden la soberanía territorial de Nicaragua sobre el río San Juan, como es su deber primordial, también condenan los atropellos políticos de Daniel Ortega y su violación al derecho de los nicaragüenses a elecciones libres y limpias, que representan la esencia de la soberanía popular y el fundamento a su vez de la soberanía territorial.

Efectivamente, dice la Constitución de Nicaragua en su artículo primero, que: “La independencia, la soberanía y la autodeterminación nacional son derechos irrenunciables del pueblo y fundamentos de la nación nicaragüense. Toda injerencia extranjera en los asuntos internos de Nicaragua o cualquier intento de menoscabar esos derechos, atenta contra la vida del pueblo. Es deber de todos los nicaragüenses preservar y defender estos derechos”.

Pero a continuación, en su artículo segundo, la Constitución consigna que: “La soberanía nacional reside en el pueblo y la ejerce a través de instrumentos democráticos, decidiendo y participando libremente en la construcción y perfeccionamiento del sistema económico, político y social de la nación. El poder político lo ejerce el pueblo por medio de sus representantes libremente elegidos por sufragio universal, igual, directo y secreto, sin que ninguna otra persona o reunión de personas pueda arrogarse ese poder o representación…”

Esto significa que la soberanía territorial es inseparable de la soberanía popular, democrática. Que así como es inaceptable cualquier intento externo de violar la soberanía territorial de Nicaragua, también hay que rechazar el atropello interno a la soberanía popular, es decir, la violación de la Constitución para imponer la reelección presidencial, el fraude electoral, la amenaza totalitaria de no volver a entregar el poder a ningún partido o alianza que pudiera ganar otra vez las elecciones.

Es importante mencionar también la torpeza diplomática con la que el régimen de Daniel Ortega ha manejado el conflicto con Costa Rica en el escenario político internacional de la OEA. No se puede calificar de otro modo la acusación que ha hecho Ortega a los gobiernos que apoyaron la recomendación de la OEA de retirar las fuerzas militares y de seguridad de la zona de conflicto —mientras se llega a un acuerdo pacífico—, de que están al servicio del narcotráfico internacional o quieren favorecer sus actividades. Y lo mismo hay que decir de la amenaza de retirar a Nicaragua de la OEA, porque no acepta los puntos de vista del gobierno orteguista.

Se conoce muy bien que la falta de responsabilidad y habilidad diplomática, puede echar a perder cualquier causa en discusión, por muy justa que esta sea. La diplomacia es una ciencia para manejar correctamente las relaciones internacionales a base del conocimiento pleno y profundo de los intereses propios y ajenos. Pero también es un arte para proceder con inteligencia, habilidad, cortesía, respeto y con cautela en las situaciones más complicadas. Practicar la diplomacia como ciencia y como arte es indispensable para el éxito del objetivo que se defiende. Al contrario, la torpeza diplomática puede arruinar la causa más justa. Esperamos que no sea éste el caso de la disputa sobre el río San Juan entre Nicaragua y Costa Rica, cuya única solución viable es la diplomática, preferiblemente la negociación y el acuerdo bilateral.

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