¡ “Poder Popular”! es el grito, que acompañado del puño en alto, han emitido las gargantas de millares de izquierdistas de todos los continentes. Los comunistas del siglo XX bautizaron los países bajo su control “Repúblicas Populares” queriendo expresar que en ellos mandaba el pueblo. El orteguismo, fiel a esa misma tradición, acuñó en Nicaragua la frase de “Poder Ciudadano”.
En sí mismo, el ideal de que el pueblo ejerza el poder es una aspiración noble; es la esencia de la democracia, que parte de reconocer que todos los seres humanos poseen una gran e igual dignidad, y que por tanto gozan de los mismos derechos. Desde esta óptica, los gobernantes no son los amos del pueblo sino sus servidores. La esencia de la tiranía, por el contrario, es concentrar el poder en una sola persona o grupo minoritario, desconociendo al ser humano como ser libre y pensante, y tratándolo en consecuencia como un objeto o minusválido que le debe de estar subordinado
Un problema es que muchas veces las proclamas de poder popular enmascararan sistemas que lo niegan. En las “repúblicas populares” comunistas la población no tenía forma de objetar el control férreo del partido único. Como aún ocurre en Cuba, en la que oficialmente gobierna el pueblo, pero en la que ningún ciudadano puede criticar la voluntad de los Castros sin exponerse a 20 ó 30 años de prisión. ¿Cómo distinguir las democracias retóricas de las verdaderas?
Un criterio diferenciador es que en una democracia auténtica las preferencias populares pesan. Si los gobernantes las ignoran pagan las consecuencias. Las recientes elecciones de medio período de los Estados Unidos pueden servir de ilustración.
Hace dos años Obama y su partido demócrata llegaron al poder con una avalancha de votos que les permitió la mayoría legislativa absoluta. Envalentonados por su músculo electoral, impulsaron una agenda muy “liberal” en el sentido norteamericano de estatista y redistribucionista, que contrariaba los sentimientos de un sector de la población, cercano al cincuenta por ciento. Esto, más las frustraciones de electores a quienes se les había prometido demasiado, la alta tasa de desempleo y otros factores, produjeron el vuelco adverso en los votos que todos conocemos.
Merecido o no, el resultado de estas elecciones obligará a Obama, junto con sus congresistas y senadores, a moderar su agenda y negociar con los republicanos. Si no lo hacen tendrán que empacar valijas dentro de dos años. En Estados Unidos, muchos de sus ciudadanos siguen con atención el récord o historial de votaciones de sus representantes, tanto a nivel local como nacional, y los premia o castiga en la medida que se hayan acercado o distanciado de sus intereses o convicciones. Es el “poder del pueblo”, del que hablaba Lincoln, en acción. Presidentes, congresistas, senadores, gobernadores, y alcaldes, tienen que escuchar lo que el pueblo quiere. Posiblemente más que en cualquier parte del mundo.
¡Qué contraste el de estos sistemas, donde gobernantes y representantes deben ganarse y conservar a pulso la simpatía del pueblo, y aquéllos en que pueden prescindir de ella! Qué enseñanza, también para nuestra democracia. En ella el pueblo no suele interesarse en conocer la forma en que votan sus representantes, porque en realidad no lo son, y porque la forma en que lo hagan es irrelevante. Nuestros aspirantes a diputados no tienen que gastar energías en cortejar el favor del pueblo, sino el favor del caudillo.
Por esto es tan importante democratizar los partidos y hacer cambios profundos en la forma de elegir nuestros representantes. La mayoría deberían elegirse localmente, como se eligen los alcaldes. Sus períodos deberían ser más cortos, aunque susceptibles de reelección. Su historial de votación debería ser ampliamente difundido. Junto con esto habría que emprender el esfuerzo de largo plazo por cambiar nuestra cultura política autoritaria y clientelista, e impulsar reformas que tengan como norte llegar a un verdadero Poder Popular: Una sociedad donde se respeten las preferencias y aspiraciones del hombre y mujer de la calle. Una sociedad donde su voto sea sagrado. Una sociedad donde el Gobierno no sea el amo, sino el humilde servidor de todos.
En una democracia auténtica las preferencias populares pesan. Si los gobernantes las ignoran pagan las consecuencias. Las recientes elecciones de medio período de los Estados Unidos pueden servir de ilustración.
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