Tinta invisible

Por Max L. Lacayo Tinta invisible Una tarde o una noche me acerqué contemplativo a la pantalla de mi ordenador. ¿Qué pensaba? No recuerdo. Sólo sé que consentía mis caprichos más mundanos. Tal vez triviales, quizás sensuales. ¿Qué hay detrás de ese cristal? Las preguntas me asaltaban, yo deseaba comprender cuán real es lo virtual. […]

Por Max L. Lacayo

Tinta invisible

Una tarde o una noche

me acerqué contemplativo

a la pantalla de mi ordenador.

¿Qué pensaba? No recuerdo.

Sólo sé que consentía

mis caprichos más mundanos.

Tal vez triviales, quizás sensuales.

¿Qué hay detrás de ese cristal?

Las preguntas me asaltaban,

yo deseaba comprender

cuán real es lo virtual.

Y quería darme cuenta de

que pasiones dominan,

a humanos, en medios tales

como esas redes sociales.

¿Es esa comunidad irreal?

Ahí encontré un campo abierto,

caras de amigos, parientes

y otro tanto que en sus plazas

deseaban compartir

recuerdos y memorias,

artes y destrezas,

cuentos y querellas.

Muchachas lindas y no tan bellas,

desplegaban con holgura

ciertos dotes y cualidades,

dando una buena impresión.

Hay quienes anunciaban

objetos para vender…

las relaciones son reales

yo empecé a comprender.

Mas sin tocarse una mano

encontré humanidad.

Mucha gente era coqueta,

enseñando lo mejor

de su carácter, de su alma,

de su estampa y su dicción.

Muchos, siempre preocupados

de verse en buena luz,

encendían sus candelas

para ver y demostrar.

De pronto encontré a una amiga

a quien afable visité.

Luego vi a otra y a otra…

siempre con buena intención.

Yo buscaba lo más noble,

entre las caras de antaño.

Y entre las nuevas encontraba

a gente afable y gustosa.

Oh, los apretones de manos,

esporádicos besos y no menos abrazos.

¿Por qué se siente tan real?

Yo me empecé a preguntar.

Las respuestas venían solas,

correspondientes, veloces.

Y a mí mismo me decía

esto es mercado de ideales.

Mas como todo, llegó el momento

de asentarme, establecerme

con un grupo de personas

de mutuo simpatizar.

Una cara muy bonita y un nombre

que recuerdo del tiempo de mis años mozos

apareció cual sorpresa.

Altivo, seguro y amable, me presenté

Diana juró haberme reconocido.

Y pronto intercambiamos

memorias de familiares,

recuerdos de juventud y

algunas aspiraciones.

Hablamos de aquel exilio del año 79.

¡Qué ella salió por atajos!

Yo le conté mis desvelos.

¡Qué cómo extrañaba su tierra

En aquel gélido destierro!

compungida lo decía.

Diana también hablaba

de como sus percepciones,

alertaban su sentido

de nacionalidad.

Y cuenta de sentimientos

al regresar a su tierra;

afecto, dolor, tristeza,

piedad, ternura y compasión.

Nuestra amistad tomó rumbos

literarios, muy hermosos.

Y un poema ella me envió

de su propia inspiración.

¡Oh qué cantar más sincero,

Llano, puro, inocente!

Yo así le comenté.

Con seductora inocencia

ella me preguntó que

si tal vez lo encontraba

un poco elemental,

por encontrarlo inocente.

Con seriedad y reserva, le afirmé:

creativo poema, vívido relato

de una experiencia en la cual

la existencia y la memoria

hilvanan un fino intercambio

de constantes emociones.

Y en esa tierna inocencia

encuentro tanta virtud.

Así concluí el comentario,

celebrando, de Diana,

su interés y atracción

por los valores de este arte.

La Prensa Literaria

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