Ataque a obispos es un bumerán

Los virulentos ataques que el presidente de facto del Consejo Supremo Electoral (CSE) lanzó el lunes de esta semana contra algunos obispos, contra la Iglesia católica de Nicaragua e inclusive contra la Santa Sede del Vaticano, se han revertido y estrellado contra él mismo, igual que un bumerán regresa a quien lo arroja.

El bumerán es un arma e instrumento de caza arrojadizo, propio de los aborígenes de Australia pero según algunos investigadores ya era usado en el antiguo Egipto faraónico, lo mismo que por algunas tribus indias norteamericanas que poblaban, en tiempos prehispánicos, los territorios que ahora forman los estados de California y Arizona.

En el ámbito de las relaciones humanas, se suele decir que cualquier ataque infundado, malintencionado y perverso que se lanza contra una persona o institución, es como un bumerán, pues el ataque se estrella contra la inocencia y la fortaleza moral del agredido y se vuelve contra quien lo arrojó, le golpea el rostro y lo desnuda moralmente ante la comunidad, o agrava su ya reconocida mala o dudosa reputación.

Eso, precisamente, es lo que le ha ocurrido al presidente de facto del CSE, quien el lunes de esta semana atacó injuriosamente a varios obispos porque han criticado los fraudes electorales que se vienen realizando desde las elecciones municipales de 2004; porque han expresado que es necesario elegir nuevas autoridades electorales —independientes, honestas y confiables—, para que puedan haber elecciones libres, limpias y supervisadas por observadores electorales nacionales y extranjeros; porque han pedido que se respete la Constitución, que si ésta prohíbe la reelección presidencial Daniel Ortega no debe reelegirse.

Por ejemplo, monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, ni siquiera ha dicho que la reelección es mala en sí misma. Lo que ha expresado es que si la Constitución prohíbe la reelección presidencial sucesiva y para quien ya ejerció la presidencia dos veces, hay que respetar esa norma constitucional, no se debe violar en ninguna forma para que alguien se pueda reelegir de manera inconstitucional, ya sea Daniel Ortega o cualquier otro.

Pero en vez de responder de manera civilizada a los señalamientos de los obispos, el presidente de facto del CSE, actuando también como portavoz oficioso de Daniel Ortega, atacó a los prelados con acusaciones absurdas e injuriosas, como la de que el Obispo emérito de Granada, Monseñor Bernardo Hombach, protegió a un sacerdote alemán acusado de pederastia. Pero monseñor Hombach ha demostrado que él no podía proteger al acusado, porque el superior y en todo caso el protector del cura pederasta era monseñor Miguel Obando, o sea el benefactor familiar, político y espiritual del presidente de facto del CSE.

Acusó también, el presidente de facto del CSE, al Secretario de la Conferencia Episcopal de Nicaragua y Obispo de Chontales y Río San Juan, monseñor Sócrates Sándigo, de haber gestionado el divorcio de un familiar. Pero resulta que eso es imposible porque la Iglesia católica no reconoce el divorcio y por lo tanto ninguno de sus representantes podría gestionarlo.

Se dice que el presidente de facto del Consejo Supremo Electoral, ensoberbecido por la desmesura del poder político y económico que ha acumulado bajo la protección política de Daniel Ortega, perdió los estribos, se le nubló el entendimiento ante los señalamientos de los obispos y por eso los atacó con bajezas. Pero nosotros creemos que en realidad actuó fríamente y con premeditación. Seguramente el presidente de facto del CSE creía que como la Iglesia católica ha sido denunciada en diversas partes del mundo por los delitos sexuales cometidos por algunos religiosos, al atacar por ese lado a los obispos de Nicaragua encontraría apoyo político y social. Y que rompería la unidad de hecho que hay en la sociedad nicaragüense en el rechazo generalizado al autoritarismo y la reelección de Daniel Ortega, en la que participan sectores que son muy críticos de la Iglesia por el escándalo internacional de la pederastia.

Pero el presidente de facto del Consejo Supremo Electoral, no ha engañado a nadie. La autoridad moral y el prestigio personal e institucional de los obispos y de la Iglesia, no puede ser ni siquiera empañado por quienes lo que menos tienen es precisamente eso: autoridad moral y prestigio personal. Y por lo tanto, lo que ha hecho el presidente de facto del CSE ha sido fortalecer la unión del pueblo con su Iglesia y generar una gran solidaridad con los obispos agredidos. Una solidaridad en la que a nosotros nos honra participar.

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