A propósito de las informaciones publicadas en LA PRENSA esta semana, relacionadas con negocios del antiguo comandante revolucionario sandinista y actual funcionario público con el cargo de Embajador, Tomás Borge, reportajes que han sido preparados escrupulosamente por el periodista investigador Octavio Enríquez, resulta oportuno rescatar la noticia sobre la realización en París -en septiembre recién pasado-, del Encuentro Internacional sobre Jean Baudrillard (1929-2007), eminente filósofo y sociólogo francés considerado como uno de los más grandes pensadores del siglo 20.
En ese coloquio parisino del pensamiento global, que reunió a destacados intelectuales de diversos países, el teórico cultural francés Paul Virilio aseguró que el comunismo no ha desaparecido, sino que ha sido privatizado. En realidad, Virilio se funda en la tesis del historiador rumano Marius Oprea, presidente del Instituto para la Investigación de los Crímenes del Comunismo en Rumania, quien ha explicado cómo de las estructuras del viejo comunismo surgieron las acaudaladas y poderosas oligarquías que sustituyeron al poder comunista después que cayó el Muro de Berlín.
Marius Oprea ha dicho que en su país, Rumania, “la transición hacia la democracia fue similar a la de otros antiguos países comunistas, como la República Checa o Polonia, ya que como ellos pasamos por un proceso de privatización del comunismo”. A esto hay que agregar que lo mismo ocurrió en aquellos países donde las revoluciones no alcanzaron a implantar el comunismo, como Nicaragua, pero los gobernantes revolucionarios y sus camarillas —ya sea que hubieran perdido el poder político o que lo conservaran—, se convirtieron en nuevos ricos opulentos y oligarcas poderosos, que tal vez por ser nuevos ricos, por falta de experiencia como millonarios o complejo de inferioridad social, resultaron más codiciosos y rapaces que los antiguos ricos y oligarcas a los cuales sustituyeron.
Sin duda de que en la lucha revolucionaria por la toma del poder participaron y murieron muchas personas a quienes realmente animaba la buena intención de construir una nueva sociedad, libre, fraterna, justa e igualitaria. Ellos lucharon por un objetivo tan sublime en sus ideales, que para conseguirlo no vacilaron en recurrir a la violencia en sus distintas formas ni en dar la vida por su causa revolucionaria.
Pero siempre ha ocurrido que después de tomar el poder, los revolucionarios dejan de ser revolucionarios. De luchadores por el poder pasan a ser defensores del poder. Dejan de ser críticos de los abusos para convertirse en abusadores. De combatientes contra la opresión pasan a ser opresores y enemigos de la libertad y la vida de las demás personas. Si se mantienen en el poder, como en China, Corea del Norte o Cuba, disfrutan de todas la propiedades del Estado y ajenas como si fuesen propias. Y si tienen que dejar el poder político, como en Rusia, los antiguos países comunistas de Europa del Este y Nicaragua en 1990, los antiguos dirigentes comunistas y revolucionarios realizan grandes piñatas con los bienes del Estado y las propiedades ajenas, que pasan a ser patrimonio de sus partidos, sus personas y sus familias.
A ese fenómeno histórico, que es tan escandaloso por la desmesurada corrupción y carencia de escrúpulos de sus ejecutores, junto con la conservación de influyentes y hasta determinantes cuotas de poder político en manos de los antiguos comunistas y revolucionarios, es que el rumano Marius Oprea llama “la privatización del comunismo” y nosotros agregamos “revolución privatizada”, lo cual viene a ser lo mismo.
Para tratar de justificarse, los ex dirigentes revolucionarios dicen que después de haberse sacrificado por la patria, no pueden bajar del poder montados en bicicleta. O alegan que no sólo los grandes ricos tradicionales tienen derecho a ser grandes propietarios y poseer cuantiosas riquezas, sino que también ellos, que proceden del pueblo, pueden tenerlas y disfrutarlas.
Mientras tanto, muy abajo en la escala social, alguna gente extremadamente empobrecida por la revolución y sus secuelas, sin embargo aplaude a los líderes “revolucionarios” que se dicen solidarios y socialistas, agradecida porque les reparten unas latas de zinc o algunos juguetes chinos para sus niños; o porque construyen casas muy modestas para el pueblo que los adjudicatarios tienen que pagar con el sudor de su frente, pero los líderes “solidarios y socialistas” viven en fastuosas mansiones y hacen grandes negocios bajo el amparo del Estado que dejó de ser botín neoliberal para convertirse en un gran negocio “revolucionario”.
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