La justicia y el pudor

La semana pasada, los “magistrados liberales” de la Corte Suprema de Justicia, salvo el doctor Sergio Cuarezma Terán, se reintegraron a sus labores judiciales ordinarias después de negarse durante varias semanas a reconocer las disposiciones arbitrarias, dictatoriales, ilegales y anticonstitucionales que ha impuesto Daniel Ortega, con la “colaboración necesaria” de los magistrados orteguistas, a fin de allanar el camino para volver a reelegirse a pesar de que el artículo 147 de la Constitución Política de la República se lo prohíbe expresamente.

La resistencia de los magistrados liberales a las arbitrariedades e imposiciones dictatoriales del orteguismo, motivó la simpatía de muchos nicaragüenses, que los alentaron a defender la legalidad, la Constitución, el Estado de Derecho y la independencia del Poder Judicial hasta las últimas consecuencias, inclusive hasta la renuncia a las magistraturas, si así fuese necesario, para sentar un ejemplo de dignidad y decoro personal, así como de firmeza en la defensa de los principios y valores de la libertad y la democracia.

Pero también no pocos nicaragüenses dudaron de los magistrados liberales, unos de su sinceridad y otros de su fortaleza para resistir y rechazar las arbitrariedades orteguistas hasta donde fuese necesario, sin someterse a los chantajes, halagos o cualquier clase de presiones del régimen autoritario. Al final fueron los desconfiados los que tuvieron la razón, pues los magistrados liberales terminaron sometiéndose penosamente a las condiciones políticas y a todo lo actuado arbitrariamente por los magistrados orteguistas, lo cual sólo se puede interpretar como una aparatosa claudicación.

Esta situación de los magistrados liberales que se someten a las condiciones indignas del orteguismo, nos hace recordar el diálogo Protágoras , de Platón, acerca de la justicia y el pudor, cuyas enseñanzas son de permanente actualidad. Es que en los principios establecidos por los antiguos filósofos y legisladores griegos, y así como por sus correspondientes romanos, se funda todo el sistema de valores políticos, jurídicos y morales de la cultura occidental, a la que todavía pertenece Nicaragua a pesar del régimen de Daniel Ortega.

La idea de Platón, expresada en su diálogo Protágoras es que la justicia va o debe ir acompañada siempre y de manera inseparable, por el pudor, o sea por la honestidad, la modestia y el recato; sobre todo de quienes la imparten en nombre de la sociedad, que son los magistrados y jueces. A través del relato de un mito, que es como solían los antiguos sabios impartir sus enseñanzas válidas para todas las épocas de la historia humana, Platón dice que cuando ocurrió la creación de todas las especies, incluyendo la humana, para que los hombres no se exterminaran entre ellos mismos como consecuencia de sus egoísmos inevitables y sus interminables disputas, “Zeus envió a Hermes (su mensajero) para que llevase a los hombres el pudor y la justicia, a fin de que rigiesen las ciudades (o sea la sociedad) la armonía y los lazos comunes de amistad”. Le explicó Zeus a Hermes cómo debía distribuir entre los hombres aquellas supremas virtudes y le ordenó que estableciera en su nombre la siguiente ley: “Que todo aquél que sea incapaz de participar del pudor y de la justicia sea eliminado, como una peste, de la ciudad”, es decir, de la sociedad.

Así de importante eran para los padres fundadores de la civilización occidental y grandes maestros de la humanidad en general, la justicia y el pudor, sin los cuales no puede vivir normalmente la sociedad y mucho menos prosperar. Pudor entre todas las personas, pero ante todo en aquellas que por la necesidad de la organización política de la sociedad tienen la responsabilidad de administrar la justicia.

Justicia y pudor significa en los tiempos modernos independencia del Poder Judicial y que el poder político y partidista no quiera y no pueda condicionar, manipular ni desvirtuar la organización judicial ni el comportamiento de los magistrados y jueces. Pero esto no es lo que ocurre en Nicaragua, bajo el régimen de Daniel Ortega, en el cual no hay pudor y por lo tanto tampoco existe la justicia.

El sólo hecho de hablar de que unos magistrados son liberales y otros sandinistas u orteguistas, y que obedecen a sus partidos políticos —lo cual es consecuencia del pacto antidemocrático y corrupto de Arnoldo Alemán con Daniel Ortega—, es ya una enorme impudicia. Y en esta situación no puede resultar sorprendente el penoso espectáculo de los magistrados liberales que se han sometido a las infames condiciones de sus colegas orteguistas.

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