Por María Haydeé Brenes.- Es viernes, desde las siete de la mañana estoy en un lugar al que conocen como La Esperanza, uno de los tres sitios dentro del mercado Oriental donde alimentan a personas en la indigencia. Para los más jóvenes el nombre Esperanza se lo dieron porque sus paredes llenas de alambre recuerdan la cárcel de mujeres que lleva ese nombre, para otros, más ancianos, como don Carlos, de 88 años, se llama así porque es donde cada día tiene la esperanza de comer, de lavar la ropa, ir al baño y compartir con otros, mientras escucha a un predicador hablar sobre la Palabra de Dios.
Antes de ingresar por el estrecho corredor, César Gutiérrez se encarga de bolsear a quienes llegan. Es parte del reglamento, pues no deben ingresar al lugar pega, drogas y armas cortopunzantes, sin embargo, los más ancianos no entregan sus bastones elaborados de zunchos gruesos y filosos, un arma blanca solapada, quizás no los revisa mucho porque asume, como yo, que los bastones son sus defensas.
En este lugar a diario se cocinan 40 libras de arroz que la señora Nelly Marenco comenzó a elaborar a las seis de la mañana. “La dieta varía cada día, un día frijoles, otro día pollo, otro hígado”, me comenta doña Nelly, quien tiene en el reglamento una línea que prohíbe entrar a la cocina, cuya verja se mantiene con candado y, por si alguien no acata la advertencia, tres perros patrullan adentro.
Hoy es día de arroz con frijoles cocidos y queso, que serán distribuidos entre las 230 personas que como promedio se alimentan aquí todos los días, gracias a la ayuda de una congregación de norteamericanos de ascendencia coreana, que se encarga de mantener esta misión.
“Hay gente que está aquí desde las cinco de la mañana, cuando comienzan a abrir los tramos donde ellos pasan la noche, se vienen para acá, pero aquí se abre hasta las siete de la mañana. Hubo un tiempo que se les dejaba dormir aquí, pero un día no amanecieron ni los peroles, así que duermen en la calle”, comenta César Gutiérrez, quien llegó hace dos años a trabajar como celador a la misión.
Los dos peroles de arroz están casi listos, los frijoles suaves y el queso se ha comenzado a partir, pero la comida no se les da hasta que llega el predicador a dar el mensaje. Es así que nos sentamos en una banca, a la entrada donde se van sumando uno a uno para conversar.
Todos ellos se conocen y después de preguntar a qué me dedico y qué hago allí, se sienten en confianza y comienzan a contar sus historias. En el grupo hay mujeres y hasta niños de pecho, dos deportados de Estados Unidos, cuyas familias en el extranjero no saben que viven en la indigencia, otros están en las calles desde pequeños y dicen que en sus casas les temen cuando los ven llegar, mientras otros terminaron aquí porque les gusta “el bacanal”.
“Soy alcohólico anónimo, éstas son las llaves de mi grupo, en diciembre voy a cumplir un año de no beber guaro y dos de haber estado en coma por siete puñaladas que me dieron”, relata Francisco Javier Mejía, pero otros no lo dejan terminar de hablar, pues le dicen que los alcohólicos anónimos los ofendieron y que sí un día quieren dejar el guaro o las “ñoñas” (crack), entonces buscarán una iglesia evangélica.
“Pues yo estoy en la calle porque me le ‘gané’ un DVD a mi mujer y hace cuatro meses que estoy en la calle”, afirma un hombre rubio, de camisa roja, en cuya mano derecha tiene tatuada la marca Nike. El término “ganar” lo he escuchado en varias ocasiones esta mañana y es sinónimo de robar.
Al rubio le tiemblan las manos, pide un peso y como nadie se lo da entra al patio, que está todo adoquinado y hay un árbol de ceibo. Junto al árbol hay un lavadero, donde 20 hombres de todas las edades lavan ropa, mientras otros están acostados en las bancas ubicadas bajo unas láminas de zinc, que sirven como lugar de reunión.
“Vendí mi comida en cinco pesos, ahora me tengo que quedar para que me la den y dársela al gordo, todavía me faltan cinco pesos para un cuarto de guaro”, dice el rubio, mientras camina en dirección a la salida. Regresa y se sienta, nos mira a todos, la mayoría se ríe entretenida con Martha, una chavala inhalante que dice que se casará con don Omar (el reggatonero puertorriqueño) porque César, el celador, no le hace caso.
—Prestame el cuchillo, dice al fin el rubio a un chavalo, el único lúcido del grupo que me cuenta cómo su hermano, un ladrón reconocido y temido del Reparto Schick, se compuso desde que es evangélico.
—¿Para qué lo querés? Mirate cómo andás, le responde.
—Para hacer ensalada, pues, dice el rubio con ironía y a continuación aclara, —para ir a “ganar” hombre.
—Es que el cuchillo me lo tiene el celador, le responde el chirizo.
La conversación se detiene, el predicador llegó y todos nos dirigimos bajo las hojas de zinc, la prédica ha empezado y mientras el rubio espera la comida para completar el trato, otros se arrepienten de lo ganado ayer, para ir a ganar hoy, aún cuando el predicador les recuerda que para estar bien con Dios hay que ir por el camino recto. A las dos de la tarde no deberá quedar nadie dentro.
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