Por Jorge Huete
En noviembre de 2010 vamos a celebrar los 350 años de la Sociedad Real de Londres, una de las organizaciones científicas más prestigiosas del mundo. Fundada en 1660, esta academia se ubica en la vanguardia del conocimiento.
Reuniendo a millares de científicos eminentes —con cerca de un centenar de Premios Nobel— esta academia se ha dedicado a promover el desarrollo científico y el papel de la ciencia en la solución de los problemas de la sociedad contemporánea.
La dedicación de sus célebres fundadores al descubrimiento de las leyes universales, mediante la observación y la experimentación, ha conllevado a considerar ese período como el origen mismo de la ciencia moderna, transformando radicalmente las formas de buscar el conocimiento y haciéndolo avanzar con evidencias empíricas en lugar de atenerse al criterio de un mando dogmático y supersticioso.
Entre los miembros de esta academia resaltan los nombres de Isaac Newton, Francis Bacon, Robert Hooke y Charles Darwin, entre los clásicos. Y también de actualidad como el físico Stephen Hawking, Dorothy Hodgkin, Elsie Widdowson, Alec Jeffreys y Richard Roberts, este último muy apreciado en Nicaragua.
Para ilustrar sus descubrimientos repasemos brevemente algunas de sus obras. Los trabajos de Elsie Widdowson, una de las primeras científicas doctoras, han sido quizás los estudios de nutrición más importantes del siglo XX. Determinando el valor nutricional de los alimentos, descubrió importantes fundamentos del metabolismo que conllevaron en los noventa a la implementación de políticas alimentarias inéditas.
Dorothy Hodgkin, que este año cumpliría 100 años de vida, fue una de las primeras mujeres en recibir un Premio Nobel, otorgado por sus trabajos de bioquímica estructural de moléculas como la vitamina B12 y la penicilina. Pero uno de sus trabajos mejor valorados quizás sea la descripción de la estructura de la insulina, la hormona que regula los niveles de glucosa en la sangre, cuyo conocimiento ha conllevado al tratamiento de la diabetes, hoy día una de las enfermedades de mayor impacto en la salud pública.
Alec Jeffreys —excéntrico y brillante— describió en 1984 un mecanismo para la detección de diferencias genéticas entre dos personas que después vendría a llamarse la huella genética porque el ADN de cada individuo es único. Esta técnica ampliamente difundida en la medicina permite, además, solucionar disputas de paternidad o resolver crímenes y violaciones.
Así podríamos continuar un listado de descubrimientos acertando su impacto práctico. Aún para un país como Nicaragua, de escasa tradición científica, no es superfluo meditar sobre esta efeméride si reparamos en su contribución a la sociedad.
Aunque se sabe que el crecimiento económico depende en buena medida de los avances científicos y técnicos, generalmente se ignora que el cultivo de las ciencias tiene una contribución aún más valiosa, su dimensión humanizadora.
Por ello entristece cuando se cuestiona la importancia de la educación científica como lo percibí en la reciente ceremonia del Premio a las Humanidades, en donde algunos maestros reivindicaban el énfasis en las humanidades en detrimento de las disciplinas científicas o técnicas.
En donde hay retroceso, la priorización de las humanidades en oposición a las ciencias surge de manera casi espontánea, encontrando mayor justificación cuando proliferan los antivalores como sucede en el actual contexto nicaragüense.
Por otra parte, hay cuestionamientos éticos sobre el impacto social de la ciencia o sobre la práctica científica. Vivimos tiempos de incertidumbre moral. Los conflictos morales vinculados con la ciencia razonablemente atraen la atención pública. Tampoco ayudan las faltas éticas como los experimentos inhumanos realizados décadas atrás por norteamericanos en Guatemala publicitados hace apenas pocas semanas.
Aunque este tema ameritaría reflexión aparte, mencionemos al menos que la comunidad científica trata de asegurar prácticas y normas éticas, y nuestra convicción de que, como en ningún otro ámbito, el quehacer científico siempre debe ser ético. Atendiendo el tema, la Red Mundial de Academias de Ciencias, que incluye a la Sociedad Real y la Academia Nicaragüense, se adhiere a un “código de ética” que obliga a todo científico a la ética en la investigación.
Castigar a la ciencia contraponiéndola con las humanidades y la ética es una reacción desmedida y equivocada. Necesitamos formar jóvenes con sólidas competencias éticas, pero también con conocimientos científicos. Con ello se impediría la decadencia moral y se prepararía al país a no depender de la caridad extranjera y a valerse por sí mimo, haciéndolo más digno.
La celebración de este aniversario de la Sociedad Real, el festejo de 350 años de ciencia, debería invitarnos a reflexionar sobre el papel de la educación, la ética y la institucionalidad científica.
El autor es doctor en biología molecular.
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