Desde que en 1997 el padre jesuita Felipe Berríos reunió a voluntarios universitarios para realizar las primeras 350 construcciones en Curanilahue, al sur de Chile, el trabajo comenzó y no para. Actualmente hay 70,000 viviendas de emergencia construidas

¡Atención!

Por eso este joven moreno y bajito que me guía a través del barrio serpentea con pericia en las calles de tierra, llenas de corrientes de agua sucia que surcan el asentamiento lleno de casitas que parecen rompecabezas armados con una lámina de zinc, un trozo de madera, un plástico por aquí y un retazo de tela por allá. Su camiseta blanca, con el logotipo de una casa hecha de trazos libres sobre un mapa de Latinoamérica, parece darle algún tipo de permiso para desplazarse libremente.

Un Techo para mi País tiene actualmente más de mil voluntarios en Nicaragua y 422 viviendas construidas. Esta organización se abre paso a martillazos para unirse a la lucha latinoamericana contra la pobreza extrema y el problema de falta de vivienda. Conozca qué hacen los “techeros” en Nicaragua

Fotos de LA PRENSA/ Uriel Molina/ Tammy Mendoza/ Archivo/ Agencias

La esperanza de una mejor vida puede caber para algunos en 18 metros cuadrados de una casa de madera. Darling Medrano lo sabe y lo siente. Ella fue una de las beneficiadas con el primer proyecto de construcción de viviendas de emergencia desde que la organización Un Techo para mi País aterrizó en Nicaragua a finales del 2008. Hoy los voluntarios que han participado en las diferentes jornadas de construcciones de las 23 viviendas que hay en el barrio 30 de Mayo son parte de cada una de las familias.

Por eso este joven moreno y bajito que me guía a través del barrio serpentea con pericia en las calles de tierra, llenas de corrientes de agua sucia que surcan el asentamiento lleno de casitas que parecen rompecabezas armados con una lámina de zinc, un trozo de madera, un plástico por aquí y un retazo de tela por allá. Su camiseta blanca, con el logotipo de una casa hecha de trazos libres sobre un mapa de Latinoamérica, parece darle algún tipo de permiso para desplazarse libremente.

Para él no es una garantía total de seguridad, pero es una manera de identificarse con el grupo y de mostrar siempre su ideal. Para la gente de las comunidades en las que trabajan es un símbolo de que son parte de “los chavalos que construyen”, sus amigos. Para otros es el primer síntoma que evidencia la superficialidad de quienes pertenecen a este grupo es sinónimo de farandulismo o moda de “hijos de papi y mami”.

Lo cierto es que con casi dos años de presencia en Nicaragua esta organización de jóvenes voluntarios ha construido con sus propias manos, bajo sol, sombra o lluvia y con recursos de gestión propia y donaciones de la empresa privada 422 casas de emergencia en diferentes departamentos del país. Paneles prefabricados de madera de pino que se arman en los terrenos de las familias sobre 18 pilotes o bases de madera. Para las construcciones los voluntarios, en su mayoría universitarios y algunos estudiantes de secundaria, trabajan como cualquier obrero de una obra en construcción. La diferencia es que al final de la jornada su recompensa es la relación entablada con las familias, la interacción con esta realidad del país y la posibilidad de ser agentes de cambio inmediatos y con un propósito de desarrollo social permanente.

“¿Qué nota, loco? Entonces, ¿cómo vamos?”, le dice Orlando Rizo a los demás chavalos que encuentra en la calle. Al llegar a una casa esquinera casi en el centro del barrio, se detiene y saluda a Salvadora. Ella es la dirigente de su barrio. Una mujer blanca, de rostro serio, voz ronca y un tanto desaliñada, pues hoy no saldrá de casa. No hay venta de rifas, sólo tiene que despachar en la venta de su casa donde hay un poco de casi todo.

“Aquí vino el techo con la chilena”, cuenta Salvadora Vanegas, cuando se le pregunta de cómo llegó la organización a su barrio. “Javiera Serani se llama la muchacha, ella vino y me habló del proyecto de las casas… yo tenía mi casa medio levantada. Pero mi hija, que se llama Darling, acababa de pasarse porque ya no podía alquilar y estaba recién parida de su tercer hijo. Éramos ocho en una casita. Yo me puse organizar a la gente y días después vinieron a censar al barrio”.

Javiera Serani,

de Chile, y Luis Bonilla, de El Salvador, fueron los dos “implementadores” que llegaron a Nicaragua. En septiembre de 2008 la organización internacional Un Techo para mi País les encomendó la tarea de darle un techo a Nicaragua. En diciembre de ese año se ejecutaron las primeras construcciones con los primeros voluntarios y el resto es un trabajo con el que quieren hacer historia.

La Cámara Nicaragüense de la Construcción (CNC) estima que en Nicaragua hay un déficit habitacional que podría superar las 500 mil viviendas. Esto se traduce en 500 mil familias viviendo hacinadas con otras familias en una misma casa según el censo de 2005.

“Yo me sentí tranquila la primera noche que dormí en mi casa —cuenta Darling Medrano— estaba con mi bebé recién nacido y en pleno invierno me cambié de casa… ya no nos inundamos, los chavalos se enferman menos, yo me siento segura de que esto es mío. Esto fue algo grande para mi familia… no he podido hacerle mejoras, pero los planes es hacer las divisiones, anexar, ponerla bonita”.

Orlando Rizo, el joven que no para de fumar mientras espera afuera de la casa conversando con los vecinos, es parte de los más de 2,000 voluntarios que trabajan en las construcciones en los asentamientos. Él, junto a 40 jóvenes viajaron a Santiago de Chile para participar en el quinto Encuentro Latinoamericano (ELA) de Un Techo para mi País como parte de la delegación de Nicaragua.

La experiencia, además de enriquecedora, fue intensa e impactante. El ELA concentró a más de dos mil voluntarios de 19 países latinoamericanos a los que la organización ha llegado desde su fundación en 1997 en Chile. Todos los participantes eran del equipo más experimentado o participativo de su sede por lo que los testimonios de la realidad, los retos, logros y el trabajo en cada uno de los países fue información de primera mano.

“Acá cada país tiene la oportunidad de conocer las realidades de los demás, de aprender de otros aciertos y de compartir las experiencias para enriquecer el trabajo de todos”, dice Claudio Castro Salas, director social de Un Techo para mí País Latinoamérica. “Sabíamos que habría una gran expectativa con respecto al caso de Chile donde se desarrollan las tres etapas del proyecto: viviendas de emergencia, habilitación social, vivienda permanente y comunidades sustentables. Pero creo que al final se reafirmó que hay que trabajar desde adentro, tomando en cuenta las ventajas y desventajas que presenta cada país dentro de sus particularidades. Cada país va a su tiempo y de acuerdo a sus condiciones”.

La complicada posición geográfica y de infraestructura en las favelas de Brasil, uno de los países con mayor desarrollo económico en Latinoamérica y el que presenta mayor índice de desigualdad de distribución de las riquezas. El problema de la violencia y el narcotráfico que acecha las poblaciones y provoca las migraciones internas y la formación de nuevos asentamientos en Colombia. Falta de políticas de vivienda y legalización de las tierras como factor común en los barrios de Centroamérica. La necesidad de un voluntario más activo y permanente como en México. La búsqueda de nuevas formas de conseguir ingresos para ejecutar las demás etapas los proyectos en los asentamientos de países como Argentina.

La situación de emergencia y extrema pobreza de Haití se desnudó frente a miles de jóvenes, el país en que la organización hizo su intervención de emergencia luego del terremoto del 12 de enero que azotó la vulnerabilidad de esta sociedad.

“Nosotros tenemos muchas esperanzas en el techo y vamos a trabajar con todas nuestras fuerzas, pero necesitamos ayuda por eso invitamos otros voluntarios a las construcciones de Haití”, dice Dominique Fritza.

“Hay tantos problemas que muy pocos se interesan en apoyar a una organización, el voluntariado es escaso, los jóvenes buscan cómo ganar dinero, pero aquí estamos para trabajar duro”. Ella es una voluntaria haitiana llena de carisma que aprovechaba cualquier oportunidad para reclutar voluntarios que lleguen a la isla para trabajar en las construcciones masivas a principios de enero 2011.

Una plaza perimetrada con vallas metálicas que resguardaban las miles de casas de campaña que se instalaron en el parque O’Higgins. Baños portátiles como la única comodidad cercana a un hogar y una dieta raquítica, pero exacta para proveer la cantidad de calorías necesarias para la energía del día. Mucho café, mucho chocolate, muchas empanadas chilenas. Verdaderas ganas de estar ahí y participar en un encuentro austero para mantener los valores de la institución y perfectamente organizado para cumplir su propósito: unir una vez las voces jóvenes de Latinoamérica por una causa común, la erradicación de la extrema pobreza.

No importó qué tan incómodo era dormir en el suelo, estar entre ocho personas apiñadas en una carpa o soportar temperaturas de cero grados durante la madrugada. Los techeros parecen estar hechos para todo. Llegaron al ELA a exponer, a proponer y a aprender.

Chile, el país anfitrión los recibió en medio de la tramposa primavera, una época de intenso sol que tostó las pieles de muchos, cuarteó sus labios con el viento helado y que por las noches los hizo estremecer del frío, pero nada les impidió compartir el trabajo que se hace en sus países.

El nivel de desarrollo del proyecto en Chile es el más avanzado. Ahí se trabaja en las tres etapas de desarrollo social y es el único país de la organización que ya tiene varios proyectos de viviendas definitivas ejecutadas en nueve de sus 15 regiones. El hermano mayor de este proyecto parece ser el máximo ejemplo para los demás países pero las reflexiones finales apuntan a no tener la vista fija en el caso de Chile, pues el nivel de desarrollo socioeconómico del país, las políticas de vivienda y los años de trabajo distan de las realidades de mucho países que acogen a la organización.

Según Ana Lucía Álvarez directora social de Un Techo para mí País Nicaragua el camino ha estado lleno de obstáculos que poco a poco han ido removiendo.

“En Nicaragua existen muchas organizaciones de proyectos sociales con muchos más años que nosotros, la diferencia es que nosotros además de proponer y gestionar los proyectos los ejecutamos, actuamos, tratamos de que el joven se involucre con eso hemos logrado marcar un poco la diferencia y que las autoridades locales estén dispuestas a trabajar con nosotros, eso sumamente importante”, expone Ana Lucía. “Pero todavía hay mucho que hacer con respecto a las políticas de viviendas, legalización de las tierras, gestión de recursos en un país donde la empresa privada no está tan desarrollada como en otros, y por supuesto el aspecto del empoderamiento de la comunidad es vital, ellos deben unirse, proponer y trabajar con nosotros para poder ejecutar cada fase de los proyectos”.

Para los voluntarios el reto es adecuar los proyectos a sus países, desarrollar sus propias iniciativas y valerse de los pocos o muchos recursos que estén a su alcance para cumplir sus propios objetivos de desarrollo social y erradicación de la pobreza extrema. La fórmula, según el mismo Claudio Castro, nadie la sabe por eso todos tienen que descubrir la propia.

Nicaragua es el segundo país más pobre de Latinoamérica. El 70% de la población se encuentra sumergida en estado de pobreza dentro de los que hay un 48 %en extrema pobreza.

“La particularidad de Nicaragua es que es uno de los países más pobres de Latinoamérica lo que provoca la sensación de permanente urgencia”, dice Castro. “Hay mayor exigencia en el trabajo de los voluntarios porque las necesidades son más y más profundas”.

Claudio Castro se declara profundamente impresionado con el grado de vinculación que tiene los jóvenes de Nicaragua con su realidad, para él tienen un conocimiento basto de su historia, su política y sus necesidades, algo que destacar de los demás voluntarios.

“Ellos han tenido un crecimiento súper importante nosotros hemos visto que son el grupo de menor edad con respecto a los demás países pero están avanzando bastante. El proyecto está teniendo acogida en el país, esperamos que no se detenga. Las familias han tenido un papel importante y deben seguir exigiendo y trabajando por sí mismos, esto no es un proyecto asistencialista, es un proyecto de desarrollo conjunto y permanente, por lo que se necesita también además de la ayuda de la empresa privada , el apoyo de las autoridades locales o del Gobierno central. Las viviendas de emergencia son sólo una manera de visibilizar el problema, de empezar a actuar ya, los vínculos del voluntario y las familias podrán influir en las políticas públicas del país”. b

Un techo para Latinoamérica b

¿Funcionan? b

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