Hace varios meses, tuve la oportunidad de compartir un evento con el escritor Sergio Ramírez Mercado, en el que le señalé lo injusto que me parecía que Mario Vargas Llosa nunca hubiese sido galardonado con el premio Nobel de Literatura, a pesar de su vasta obra literaria y la calidad indiscutible de su prosa. Le mencioné al doctor Ramírez la triste posibilidad de que la Academia sueca estuviese sesgada por la ideología de derecha de Vargas Llosa y que algunos de sus integrantes mantuviesen posturas radicales para negarle el merecido premio al escritor peruano. El doctor Ramírez aceptó tal posibilidad y me recordó el caso del argentino Jorge Luis Borges, quien por más de treinta años fue nominado al premio infructuosamente. Pensé que en ese caso, la Academia se pudo haber asustado por la medalla que Pinochet le otorgó a Borges en una visita a Chile, pero ¿qué error había cometido Vargas Llosa? ¿Pelearse públicamente con Chávez?
Todas estas divagaciones tuvieron su respuesta el 6 de octubre pasado, con el anuncio por parte de la Academia sueca de que el Premio Nobel de Literatura 2010 había sido finalmente conferido a Mario Vargas Llosa, el arequipeño educado en el Colegio Salesiano de Piura, autor de fascinantes novelas, ensayos y guiones teatrales, ex candidato a la Presidencia peruana y residente en Europa por más de una década.
Al igual que yo, estoy seguro que el doctor Ramírez y la inmensa mayoría de escritores o aficionados a la escritura de habla hispana están contentos con esta noticia. Después de todo, desde 1990, con Octavio Paz, ningún autor hispanoamericano había recibido el Nobel de Literatura. Las razones de la Academia fueron tradicionalmente sucintas: “Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota”, refiriéndose a su novela El Sueño del Celta , que será publicada en las próximas semanas. Pero quienes conocemos la obra del gran escritor peruano y nos hemos deleitado con sus narraciones espléndidas, sabemos que estas razones le quedan cortas, muy cortas.
¿Qué aficionado a la lectura puede ignorar la intensidad de la tragedia de Pichula Cuéllar en Los Cachorros (1967), la ironía perfecta en el nombre del perro villano, Judas, o el estilo total de narración en el que el lector nunca llega a saber quién es el narrador? ¿Qué aficionado a la historia política puede dejar de apreciar el magistral retrato de la dictadura del general Odría que Vargas Llosa logra en Conversación en la Catedral (1969)? ¿Cómo no reír a carcajadas con la misión secreta del capitán Pantoja en los cuarteles de Iquito y el hundimiento de sus principios en Pantaleón y las Visitadoras (1973)? ¿Cómo no escalofriarse con las revelaciones intempestivas, los cuadros de horror de la lealtad ciega, la aniquilación completa y las descripciones de perplejidad que el autor transmite en La Guerra del Fin del Mundo (1981), por ejemplo, cuando el Barón se percata que las gentes de las barcas no están pescando, sino arrojando flores al mar? ¿Qué nicaragüense adulto puede desasociarse de los macabros eventos políticos narrados sin reparo en La Fiesta del Chivo (2000) y dejar de apreciar la presencia ominosa y siniestra con que Vargas Llosa consigue presentar al Presidente Balaguer en la novela?
El 10 de diciembre próximo, el Rey de Suecia entregará el Premio Nobel junto a un cheque en coronas suecas equivalente a 1.1 millones de euros. Será un día de triunfo para Latinoamérica. Pero no sólo un triunfo literario, sino también ideológico. Se confirmará entonces lo que muchos han sostenido tácitamente por muchos años: que así como el progresismo social no es patrimonio exclusivo de la izquierda, tampoco lo son la creatividad, el intelecto y las ganas de soñar. Mario Vargas Llosa, un pensador de derecha, así lo ha demostrado. Enhorabuena por la Academia. [email protected]
Tanto en Argentina, Nicaragua, Ecuador como Venezuela, la asfixia económica suele tener desvergonzadas intenciones extorsivas. Los propios gobiernos están al acecho de los medios privados que desbaratan o crean nuevos con recursos públicos.
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