El bien de cada ser humano es intrínsecamente igual al bien de cualquier otro; la vida, la libertad, la felicidad de cada persona no es intrínsecamente superior o inferior a la de cualquier otra, debemos tratar a todos como si poseyeran igual pretensión a la vida, la libertad, la felicidad o intereses fundamentales, adoptar igual consideración al bienestar, a los intereses de cada persona vinculada por tales decisiones.
Nadie está mejor calificado que otro para dotar a alguien —formalmente o de hecho— de autoridad completa y final sobre los asuntos comunes. Reiteramos que toda persona adulta es capaz de enjuiciar no sólo lo que más conviene a su interés, sino de participar fundadamente en la toma de decisiones sobre los intereses de todos. La democracia rechaza que ningún humano pueda ser instrumento de la vida de otro, como que el “común” pueda ser gobernado por guardianes, vanguardias o tiranos más o menos benevolentes. Vivir en libertad siempre ha exigido enormes grados de responsabilidad moral, pues sin ella es imposible la autonomía personal y el control de la propia vida.
La historia está llena de tiranías que pretendieron envolverse en ropajes democráticos, tiranías en la concentración personal u oligárquica del poder del pueblo. La historia enseña que todo aquél que concentra el poder tenderá a convertirse en déspota valiéndose de corrupción, nepotismo, promoción de intereses de grupo, generación de fraccionalismos, captura de las rentas del Estado, invención de amenazas externas e internas, monopolio del poder coercitivo del Estado para eliminar la crítica, el amedrentamiento y la coerción
La democracia siempre ha luchado contra los tiranos, contra la monarquía absoluta, la restricción de derechos políticos y su negativa a aceptar derechos económicos y sociales, contra los totalitarismos de izquierda y derecha. Hoy es la lucha contra las nuevas amenazas que para la libertad representan la concentración del poder en actores fuera de control, despotismos que están emergiendo de procesos formalmente democráticos.
Libertad es un fin irrenunciable, un bien en sí, no sólo de valor instrumental. Benjamín Franklin alertó a cuidarnos de dos pasiones de los hombres: “el amor al poder y el amor al dinero”. George Mason puntualizó: “dada la naturaleza del hombre, podemos estar seguros que aquéllos que tienen el poder en sus manos siempre en cuanto puedan lo acrecentarán”.
Para Bolívar, no podía haber “gobierno perfecto”, lo consideraba inviable en nuestras naciones por “falta de ciudadanía virtuosa, principal y nefasta herencia del absolutismo colonial”. La grandeza intelectual y moral de Bolívar, que lo distingue de sus supuestos seguidores, comprendió los peligros que presentaban modelos constitucionales basados en la concentración, continuidad del poder. Nos advirtió de “la peligrosa continuación de autoridad de un mismo individuo, el pueblo se acostumbra a obedecerle, él a mandarlo, de donde se origina la usurpación, la tiranía. Ningún pueblo debe confiar su libertad a un solo hombre”.
Las cadenas de la tiranía sólo atan las manos y las bocas, pero la mente nos hace libres o esclavos. Una larga historia del pensamiento y acción despótica y tiránica argumenta que el mejor gobierno al servicio de la igualdad es el de los guardianes, tutores o vanguardias, gobiernos concentrados en una persona que evitará que su voluntad tenga que ser sancionada por ningún otro poder. No pudiendo funcionar sin jueces quiere al menos escogerlos y tenerlos siempre en sus manos. Entre él y los ciudadanos colocará un simulacro de justicia.
El tirano se otorga poder inmenso, tutelar. Se encarga de asegurar sus goces, vigilar su suerte. Absoluto, minucioso, regular, advertido y benigno, semejante al poder paterno, tratando de fijarlos irrevocablemente en la infancia quiere que los ciudadanos gocen, con tal que no piensen sino en gozar, en su felicidad. Pretende ser agente y árbitro; proveer su seguridad, dirigir su industria, arreglar sus sucesiones, dividir sus herencias y se lamenta de no poder evitarles el trabajo de pensar y la pena de vivir. Quita al ciudadano, poco a poco, el uso de sí mismo.
Después de haber tomado entre sus poderosas manos a cada individuo formado a su antojo, el tirano extiende sus brazos sobre la sociedad entera y cubre su superficie de leyes complicadas, minuciosas, uniformes, a través de las cuales los espíritus más creativos, las almas más vigorosas no pueden abrirse paso, adelantarse a la muchedumbre: no destruye voluntades, las ablanda, somete, dirige. Obliga raras veces a obrar, pero se opone incesantemente a que se obre; no destruye, pero impide crear; tiraniza, oprime, mortifica, embrutece, extingue, debilita y reduce la nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el déspota gobernante. [email protected]
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