La energía renovable de origen solar da mejores resultados en el Pacífico y Centro del país, aunque hay algunas experiencias en la Costa Caribe.

Fuentes alternas. Y la luz se hizo…

Desde el 2004 las noches no son las mismas para unas tres mil personas que habitan en quince comunidades aledañas a los municipios de Bluefields y Laguna de Perlas, en la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS). Tres pequeños franceses que llegaron de vacaciones por esas tierras, unos veinte años atrás, crearon en el 2004 una asociación que cambió la vida de esos habitantes.

Fotos de LA PRENSA/ Archivo y Cortesías


Desde el 2004 las noches no son las mismas para unas tres mil personas que habitan en quince comunidades aledañas a los municipios de Bluefields y Laguna de Perlas, en la Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS). Tres pequeños franceses que llegaron de vacaciones por esas tierras, unos veinte años atrás, crearon en el 2004 una asociación que cambió la vida de esos habitantes.

Matías y Guillaume Craig llegaron a Nicaragua en 1989 con sólo 11 y 13 años de edad, respectivamente. En la Costa Caribe pasaron unas vacaciones con su madre, la lingüista Colette Grinevald, quien trabajaba en el rescate de la lengua rama. Y el próximo año volvieron con su amigo Lal Marandin, a quien encantaron con sus relatos de la tierra caribeña en Nicaragua.

En el 2003, cuando terminaron sus estudios universitarios, decidieron iniciar una tesis sobre la instalación de pequeños sistemas de energía renovable que hoy provee de energía a esas zonas rurales con turbinas de viento que son fabricadas e instaladas por la misma comunidad.

En junio del 2007, BlueEnergy también logró beneficiar a trescientas personas de la comunidad de Monkey Point, que nunca habían tenido un servicio de energía eléctrica permanente. Y con su sistema eólico-solar, BlueEnergy proporciona 5 Kwh al día, con los que abastece una escuela local, el radio de comunicación, las baterías para el centro de salud y la iluminación de cinco casas.

Pero cerca del 40 por ciento de la población nicaragüense todavía no tiene acceso a energía eléctrica. Eso significa que 537 mil 844 hogares pasan las noches a oscuras o dependen de velas o candiles, aquellos tarros de metal del que sobresalía una mecha embebida en keroseno, y que a 2.6 millones de nicaragüenses aún les resulta muy familiar, aunque otro porcentaje los considere piezas obsoletas.

Alfonso Barquero, gerente de mercadeo y desarrollo de Tecnosol, asegura que “la distribución de la energía eléctrica no es atractiva para las grandes empresas por los costos que significa llevar la luz a sitios donde la población es poca y dispersa, tienen un bajo consumo por vivienda y escasa capacidad de pago”.

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La meta de invertir la matriz energética de Nicaragua, mayormente térmica, pero que espera ser “más limpia” o renovable, no es un invento del Gobierno actual. La propuesta llevaba varios años antes del 2007 y responde en realidad a una tendencia mundial para favorecer el ahorro de la energía, prevenir la escasez o encarecimiento del petróleo y mitigar la contaminación y el calentamiento global.

Sin embargo, el empeño del gobierno de Daniel Ortega en favorecer megainversiones como los proyectos hidroeléctricos El Brito, en Rivas y Río San Juan, por ejemplo, comienza a generar desconfianza sobre el impacto ambiental y sus estudios responsables, además de los posibles intereses creados, como podría ser la posible participación de Albanisa en la compra de tierras aledañas al proyecto hidroeléctrico El Brito. Además de que Albanisa también produce 160 de los 598 Mw de energía térmica que produce el sector privado del país.

Durante tres semanas Domingo buscó la versión del Ministerio de Energía y Minas, pero ningún funcionario de esa institución respondió a nuestras diversas solicitudes.

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Para él, por eso, la instalación de energía solar en esas comunidades rurales aisladas es la solución. Pero bien sabe él y esa empresa que ésa no es tarea fácil.

  Los proyectos de energía renovable generalmente se concentran en comunidades rurales, como la generación eólica de BlueEnergy. Pero las empresas Tecnosol, Ecami o Sunisolar le pueden brindar información personalizada y vender los equipos para esa producción.

A Vladimir Delagneau le tomó ocho años recuperar la inversión de ocho mil dólares hecha en los primeros quince paneles solares que compró en 1995. La tienda principal con la que cuentan hoy en Bello Horizonte, igual que otras dieciséis sucursales en el resto de Nicaragua y una más reciente en San Salvador, son una muestra de que los tiempos han mejorado.

“Pero al principio nadie conocía de los paneles ni sus beneficios”, recuerda.

Y los primeros pasos no fueron fáciles. Ser pioneros los obligó a enfrentar varios obstáculos. Tuvieron que ganarse la confianza de las instituciones financieras, desarrollar la necesidad y la tecnología de clientes potenciales y desarrollar sucursales con poco personal capacitado. Los malos caminos de acceso en la zona rural también les juegan en contra aquí y en El Salvador. La semana antepasada perdieron una camioneta que se dirigía a una comunidad cuando resbaló en un terreno pantanoso y cayó a un río. “Pero esto no nos detiene, porque luego queremos llegar a Honduras, Guatemala y Panamá”, agrega Barquero.

Hoy la labor de Tecnosol ha sido premiada y del 2002 a la fecha, la empresa ha vendido e instalado más de 40 mil sistemas de paneles solares en el país, que han beneficiado a unas 240 mil personas. Y en la tarea que Delagneau inició solo ahora emplea a más de cien personas en diecisiete ciudades de Nicaragua.

El trabajo de esta empresa no sólo consiste en la distribución e instalación de paneles solares. También distribuyen artículos con esta tecnología, como lámparas, focos y cargadores de celulares. Además, distribuyen equipos para la producción de energía eólica e hidroeléctrica, sistemas de riesgo y cercas eléctricas.

Para Barquero, lo más significativo de la empresa en la que participa es cuando la energía eléctrica llega por primera vez a una comunidad, cuando —dice— en una casa aislada la gente prende por primera vez un bujía de bajo consumo que cambia totalmente su impresión de la noche, a la que tal vez somos ajenos en la ciudad.

Entre el 70 y el 80 por ciento de la energía eléctrica que se consume en Nicaragua es de origen térmico y menos del 20 ó 30 por ciento es de fuentes renovables. El Gobierno quiere invertir estas cifras para el 2015, de manera que el país alivie su factura petrolera, que actualmente suma 700 millones de dólares al año, mientras el precio promedio del barril de petróleo nuevamente ronda los 80 dólares, según cierra la bolsa de Nueva York.

Lal Marandin, socio de BlueEnergy y también secretario de la Asociación Nicaragüense para Energías Renovables y el Ambiente (Renovables), instalada entre mediados del 2009 y principios del 2010, considera que invertir la matriz energética de Nicaragua no sólo es posible, sino que también es superable.

Además del medio millón de hogares que no tienen luz en Nicaragua, otro 1.1 millón tampoco cuentan con energía eléctrica en Centroamérica . Pero con el alto potencial del que dispone Nicaragua para la producción de energía, Marandin cree que Nicaragua puede vender a la región.

El mayor potencial está en la generación hidroeléctrica y geotérmica.

Sin embargo, Marandin advierte que el marco jurídico del país aún no favorece el aporte de los generadores al sistema de distribución nacional. Renovables reúne a más de 25 proyectos de producción y promoción de energía renovable y explica que cuando uno de estos proyectos vende su excedente de producción a la distribuidora nacional y luego necesita comprarle alguna cantidad, por cualquier motivo, la distribuidora le duplica el costo.

“Nicaragua perfectamente puede producir más de 600 Mw de energía renovable, pero falta incentivar esto, que sea equitativo. Si eso se logra llegará el momento en que las personas que instalen energía limpia en sus propias casas y tenga excedente ya no recibirán una factura mensual, sino un cheque por su aporte al sistema energético nacional”.

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