El ruido de las fanfarrias y la cursilería de los discursos, el carnaval en que se han convertido las Fiestas Patrias, ocultan el verdadero significado de los hechos que marcaron nuestra independencia. No hemos tenido historia ni destino. Destino como designio, descubrimiento de nosotros mismos, creación y voluntad de realización de un propósito.
América venía siendo soñada por Europa desde la Atlántida de Platón y las leyendas medievales del Brasil y la Antilla; en Catay, Cipango y Ofir. Nace revestida con las utopías de Bacon, Moro y Campanella y es, antes que una realidad, “la invención de los poetas, la charada de los geógrafos, la habladuría de los aventureros, la codicia de las empresas y, en suma, un inexplicable apetito y un impulso por trascender los límites”, al decir de Alfonso Reyes. Inexplicable apetito, ilimitado impulso, afán desmedido de absoluto que ha marcado nuestro trágico devenir.
De Sófocles a Shakespeare, la clave de la tragedia no es la contradicción irresoluble entre dos principios o leyes, sino aquello que los griegos llamaron “hybris”: soberbia, desmesura, abuso de poder, insolencia, ebriedad temeraria, ceguera que empuja a los personajes a un final funesto. Falta de control sobre los propios impulsos; incapacidad para reconocer el derecho y la razón ajenos; sentimiento violento, inspirado por pasiones exageradas; enfermedad, en suma, por su irracional extremismo.
Porque nada es más inclinado a la desmesura y el abuso que el poder político, la tradición occidental, nacida en Grecia, inventó la democracia y defendió la libertad como un exorcismo. Democracia opuesta a la tiranía, desviación que encarna la iniquidad, la desproporción, el desajuste. Libertad que es también cultura, que diferencia a los pueblos civilizados de los bárbaros. Democracia como un sistema de límites y equilibrios, espacio donde no hay lugar para las pasiones desbordadas.
La propensión al extremo se hace presente desde los primeros capítulos de nuestra historia, con la cabeza de Hernández de Córdoba pudriéndose en la plaza de León por orden de Pedrarias; con los puñales que, frente a su madre, atravesaron el pecho del obispo Valdivieso; con la alucinada rebelión de los Contreras. Crímenes inaugurales, a los que después se añade la guerra de Argüello y De la Cerda, con que estrenamos nuestra independencia y donde competían orejas y narices enemigas ensartadas en espadas. Crímenes que signarán nuestra frente y nos perseguirán, como a un Caín olvidado del Creador.
Nuestro fracaso no ha estado en las expresiones culturales sino en las formas políticas, en los modos de organización económica y social. Tal vez, porque la cultura y la inteligencia son por naturaleza unificadoras; tal vez, porque no hemos desarrollado la vertiente creadora e integradora de la política y hemos privilegiado su dimensión destructiva; tal vez, porque bajo esa visión errónea, los inescrupulosos e ignorantes han desplazado en ella a los cultos e imaginativos.
Nuestra incapacidad ha radicado en no construir un Estado, obra de imaginación absoluta, y menos un Estado de Derecho, sistema de límites al poder. No hemos tenido Estado porque hemos carecido de estadistas, lo que nos ha impedido construir para durar y nos ha hecho naufragar en las vicisitudes. Sin destino, de violencia en violencia, de ruptura en ruptura, de guerra en guerra, seguimos dando vueltas en el vientre del tiempo, negándonos a tener historia, negándonos a avanzar, a descubrir un destino, poseerlo y cumplirlo.
Con nuestra independencia, más orfandad que lucha por un proyecto autónomo, se inaugura la disputa, que llega hasta nuestros días, entre libertad y esclavitud, tiranía y república, democracia y despotismo, atraso y progreso, oscurantismo y razón. Alberdi plantea el problema como el dilema de Europa o América; Bilbao, en términos de Monarquía feudal (dogma católico) o república liberal (dogma racionalista); Sarmiento, en términos de civilización o barbarie; José María Luis Mora, como una guerra entre las fuerzas del progreso y las del retroceso. Ellos representan el primer intento por comprender la persistencia de un pasado que se resiste a morir, un pasado que parece eterno y que siempre regresa. Palabras que se repiten hoy, trocadas por otras similares: caudillismo o modernidad, Estado botín o Estado de Derecho, sociedad cerrada o sociedad abierta, reelección y continuismo o alternancia en el poder, dictadura o democracia.
¿Cómo salir del tiempo mítico y cíclico, del oscuro círculo vicioso que nos tiene atrapados? No pretendo tener la solución del problema, pero es posible señalar algunas ideas que podrían ayudar a sacarnos del estancamiento. La primera, sepultar a los muertos; reconocer nuestro pasado a fin de superarlo y afirmar, de esta manera, nuestro derecho al futuro. La segunda, forjarnos un carácter, única manera de hacernos merecedores de un mejor destino, de sacar como el zapatero el mejor provecho del cuero que nos dieron. Recuperar nuestro sentido de la vergüenza y la justicia y cambiar nuestras actitudes y hábitos; emprender la reforma de la sociedad, para que las reformas sociales, hasta hoy fracasadas, puedan ser sostenibles. Culturizar, por último, la política y hacer de ella función integradora; lo que supone encontrar no tanto formas nuevas de hacer política como la forma de hacer buenas políticas.
El autor es jurista y catedrático universitario.
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