Julio Icaza Gallard

Ilegitimidad y violencia del orteguismo

Los grandes liderazgos no son fruto exclu- sivo de las élites políticas; son una creación colectiva, producto de un estado de ánimo, una disposición de las masas de enfrentar un estado de cosas, consecuencia de un sentimiento colectivo de fe y esperanza.

Cuando el escepticismo, la apatía y desconfianza prevalecen, entonces se imponen los líderes mediocres y corruptos. El caudillismo, la ausencia de estadistas, no son la causa de nuestros males sino el síntoma, la consecuencia de una enfermedad más grave, que afecta no sólo a la esfera política sino a toda la sociedad. Cuando exigimos fuertes y nuevos liderazgos, deberíamos mirar primero hacia nosotros mismos.

No debe temblarnos la mano a la hora de señalar las causas del mal y prescribir el remedio para salvar al cuerpo social. Hay que hacer el diagnóstico con frialdad. Examinemos la enfermedad en su entorno y dintorno, por dentro y por fuera, para utilizar los términos con que, en 1925, José Ortega y Gasset analizaba el fascismo. El fascismo —decía con gran lucidez el filósofo español— se caracteriza por la ilegitimidad y la violencia.

Muchas veces me he preguntado qué persigue Daniel Ortega con destruir la legitimidad democrática, con qué otro tipo de legitimidad busca sustituirla, sin encontrar respuesta. La llamada “democracia directa”, más que un nuevo fundamento ¿no es una forma de adulterar la misma democracia?

Tampoco recurre al viejo principio de la revolución como fuente de derecho, porque sencillamente no hay revolución y porque lo que menos le importa es el derecho. El orteguismo no cree en ningún principio de legitimidad; su último y gran fundamento es lo opuesto, es decir, la ilegitimidad, de donde deriva su intrínseca violencia, lo único en lo que verdaderamente cree. La justificación de sus actos no descansa en las infamias jurídicas de sus obedientes magistrados en la Corte Suprema de Justicia, sino en la amenaza de sus turbas, en la utilización del aparato del Estado para perseguir y castigar, en su capacidad de chantaje, en el poderío económico para doblegar conciencias. El desprecio a la Constitución y las leyes, a las instituciones y principios del Estado de Derecho, el fraude, responden a esta característica esencial del fascismo: ilegitimidad y violencia. Un desprecio que no le impide reconocer la utilidad que puede derivarse de la manipulación de las leyes para reforzar su poder, cubrir apariencias y llenar expedientes ante la comunidad internacional.

Y la ilegitimidad es el reino del presente, de la fruición del poder. El vacío de principios tiene su otra cara en la ausencia de discurso y de propósitos a los que se subordine el poder. Se recurre a esoterismos y sofismas, al manipuleo de creencias religiosas y viejas utopías, a la sustitución de la idea por la imagen. Ausencia de ideas que es igualmente ausencia de ideales, de proyectos; el horizonte del futuro se oculta tras la multitud de rótulos gigantes. ¿Y el socialismo del siglo XXI? ¿Y qué se hizo Heinz Dieterich Steffan, creador de esa vaga ideología, hoy convertido en profeta del derrumbe de Chávez? ¿Piensan ustedes que Daniel Ortega es tan ingenuo para creer semejante tontería? Su único proyecto, en todo caso, es reelegirse y perpetuarse.

Examinemos ahora el entorno, es decir, lo que ha posibilitado el avance de la dolencia. Como advirtiera también Ortega y Gasset, “el fascismo y sus similares administran certeramente una fuerza negativa, una fuerza que no es suya, la debilidad de los demás”. El fascismo se instala en los regímenes anémicos; no pretende sustituir un sistema por otro; crece y se desarrolla en el escepticismo de liberales y demócratas; llena un vacío, el dejado por los políticos venales e irresponsables, derivado de las concesiones corruptas negociadas en los pactos, de la cobardía de quienes no han sabido poner límites al chantaje y defender la democracia.

Debemos reconocer que la debilidad no ha sido solamente de los liderazgos; nos afecta a todos, sumidos en la desilusión que embarga a las generaciones del último medio siglo, doblemente exhaustas tras el sucesivo fracaso de una Revolución traicionada y una democracia prostituida. No sólo no creemos en nada ni en nadie: no queremos creer. Porque la naturaleza violenta del fascismo no sólo infunde miedo; sumada al cinismo de quienes le hacen el juego, desmoraliza, genera impotencia y pesimismo. Y en medio de la incredulidad y el desaliento lo único que crece es el espíritu de servidumbre, coto de caza preferido de la picaresca política, los farsantes y embusteros que tanto daño han hecho a Nicaragua y a los que debemos cerrar el paso para siempre.

Necesitamos recuperar primero la fe y la esperanza, nuestro derecho –y nuestro deber— a decidir por nosotros mismos. Antes de rescatar la confianza en otros debemos recobrar la confianza en nosotros, reaprender la diferencia entre el bien y el mal, levantar la moral y mantenerla en alto, rechazar la mediocridad y optar por la excelencia. Este cambio de actitud colectiva es el necesario punto de partida de una nueva forma de hacer política, del camino que nos llevará a la unidad y al encuentro del liderazgo que nos merecemos.

Ortega, como el fascismo, es un resultado, no un comienzo; una enfermedad oportunista y transitoria; no propone nada: no es una solución ni un proyecto. Pero su precariedad no significa que deba, necesariamente, ser breve en el tiempo. De nosotros depende cuánto tiempo dure y cuánto daño haga.

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