Son 39 casas, dos cuadras, andar y desandar pasos. A ratos sentarse en la acera. A ratos encender la radio y escuchar el noticiero amarillista de una emisora. Esa es la rutina, día de por medio, de Francisco Martínez, un celador de 66 años, que hace casi diez cuida dos calles, con sus casas en ambos lados, de Jardines de Veracruz.
No es el primer trabajo como vigilante de Martínez. Antes trabajó para una empresa de seguridad, pero le resulta mejor por su propia cuenta. Él compra su uniforme y es dueño de la pistola Makarov que carga con permiso de portación de la Policía. Martínez hace rondas. Va de un extremo a otro de la calle. Reconoce que muchas veces, mientras él está en un lado, el ladrón va por el otro. Con esa táctica es que se han metido a robar en varias casas del vecindario que cuida. O le han arrebatado el celular al enamorado despistado de una muchacha del vecindario, por ejemplo. Por eso, los vecinos se han reunido en las últimas semanas para ver qué hacen. Las alternativas son pagar un poco más y con el excedente contratar a otro vigilante, o cambiar al vigilante, pero la mayoría se inclina por lo primero, dice Cristina Meza, una de las vecinas que asiste a las reuniones vecinales para este tema de la seguridad, que es por lo único en realidad que se reúnen los moradores.
“Aquí no es tan pesado como he oído que es en las Américas y Villa Libertad, aquí nunca he visto un asalto”, dice Meza, que permanece en su casa, custodiada por dos perras, una dóberman y una labrador.
En los Jardines de Veracruz ha pasado como en muchos otros barrios capitalinos.
Primero fue el metal. La gente comenzó a proteger sus casas con verjas en las ventanas, las puertas y en los corredores y porches. Algunas se transformaron en verdaderas fortalezas. Luego comenzó la fiebre por los perros. Pero nada ha sido suficiente; a los perros los suelen envenenar, dice Alberto Castillo, de la Asociación de Empresas de Vigilancia.
La ratería de la capital afecta más los distritos IV, que comprende barrios como el Jorge Dimitrov; V, que abarca sectores como el Reparto Schick, y VI, que se extiende por Waspam, las Américas y los Laureles. El número de asaltos comenzó a ir en ascenso, y ya tocó organizarse, o simplemente pagar por tener un mínimo de vigilancia. Algunos pagan 100 córdobas, otros 300 córdobas al mes, dice Martínez, un hombre que apenas aprobó el primer grado y cuyo lema de trabajo es “no conozco el miedo”.
(Este reportaje fue apoyado por fondos del programa Vida en Democracia)
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