El comandante del Frente Sandinista, Bayardo Arce, declaró el viernes anterior que “el Gobierno está abierto a un diálogo con la oposición, pero el problema es ‘¿con cuál oposición?… Lo que uno ve en la oposición es popularmente lo que la gente llama un pleito de gatos, todos atacándose entre ellos. Mejor espero el fin de la novela y si la pareja termina casándose’”, aseguró el también asesor económico de Daniel Ortega, según se publicó en LA PRENSA del sábado 31 de julio recién pasado.
Aparentemente los partidos opositores —o mejor dicho sus líderes o dirigentes— tienen muy bien ganado y merecido ese desprecio del Gobierno y del partido oficialista FSLN, expresado con arrogancia por el asesor económico de Daniel Ortega. Al respecto se pueden citar tres casos que motivan —aunque de ninguna manera justifican— el desprecio gubernamental a la oposición: los pleitos de los liberales a favor de la supuesta unidad que evidentemente no la quieren en realidad; las disputas en la preparación de las pretendidas elecciones primarias para nominar a los candidatos de la oposición en las próximas elecciones nacionales; y el deplorable espectáculo de un partido en el que un grupo de personas reforma los Estatutos y, “por esta vez”, sustituye a la convención nacional para nombrar un montón de cargos y hasta su candidato presidencial.
Pero no es sólo por las miserias políticas de la oposición que Ortega y sus colaboradores la tratan con desprecio. En el fondo se trata de una posición ideológica totalitaria, según la cual el “buen” partido político es el que se rige por un pensamiento único, se organiza de manera monolítica, sus miembros se someten a una disciplina de hierro, y las decisiones, orientaciones y órdenes de la cúpula y del caudillo se ejecutan sin discusiones, sin cuestionamientos y sin protestas de ninguna clase.
Por supuesto que los partidos políticos demócratas no pueden actuar de esa manera, sino al contrario, pues por eso precisamente es que son democráticos. En los partidos totalitarios o autoritarios, como el que gobierna actualmente en Nicaragua bajo el liderazgo caudillista de Daniel Ortega, no caben la discrepancia y la disidencia. Todo aquél que osa disentir de la línea oficial y discrepar de la voluntad del caudillo, es expulsado cuando menos, si no es que le puede ocurrir algo peor. Las páginas de la historia de los regímenes y de los partidos totalitarios y autoritarios, ya sean de derecha o de izquierda, están llenas de casos individuales y colectivos de purgas, expulsiones, castigos infamantes que en muchos casos llegan hasta la pérdida de la libertad y de la vida de militantes de todos los niveles que se atrevieron a pensar de manera diferente al criterio oficial, y, peor aún, que osaron expresar públicamente sus pensamientos discrepantes del partido, del aparato dirigente y del caudillo.
En realidad, lo malo no es que dentro de y entre los partidos democráticos haya diferencias de opiniones, discrepancias y disputas políticas, ya sea por las posiciones de dirección partidista o por los cargos públicos que son las que más motivan las discusiones, contradicciones y pleitos internos. Lo malo es que las contradicciones no sean manejadas adecuadamente. Lo negativo es que la competencia por los cargos se ponga por encima del debate sobre los programas y de los intereses de la población. Lo degradante es que conviertan las disputas políticas en tráfico de votos y traiciones a la democracia.
En todo caso, el peor de todos los partidos políticos democráticos es mucho mejor que cualquier partido totalitario, de izquierda o de derecha. Los partidos son un mal inevitable en todos los sistemas políticos. Sin embargo los partidos democráticos son mucho menos dañinos para las personas y la sociedad, que los partidos totalitarios. Para comprobarlo basta comparar lo que ocurre en cualquier país democrático basado en el sistema político multipartidista, con lo que pasa en Cuba donde impera el régimen totalitario de partido único.
Ahora bien, los partidos democráticos de oposición, o para mejor decirlo sus dirigentes, deberían tomar las expresiones arrogantes y las chifletas despreciativas de los representantes del Gobierno como un reto para mejorar su conducta política, moderar sus pasiones y manejar racionalmente sus disputas. Y sobre todo a fin de presentar ante la ciudadanía una alternativa política confiable para superar el régimen autocrático de Daniel Ortega. Hasta por dignidad política y amor propio deberían tratar de hacerlo.
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