TOMADO DE LA PRENSA.COM
Por Ana Teresa Benjamín
Keith Martin no reconocía las palabras. Venían del teléfono celular de su ex esposa, Cheryl Hughes, pero las expresiones le “sonaban” extrañas.
Era abril o mayo de 2010; Martin no puede precisarlo. Hughes, supuestamente, le escribía desde la casa que tenía en isla Mono, a una hora de distancia en motor fuera de borda desde Isla Colón.
Martin y Hughes se habían separado desde noviembre de 2009 y Hughes, varias veces, le había comentado a sus conocidos y amigos que quería irse de Bocas del Toro.
“Las palabras no eran suyas”, insiste ahora Martin, desde la terraza del hotel Palma Royale.
Es martes 27 de julio y el cielo sobre la isla está gris, pero los turistas no se desaniman. Van y vienen, como las olas, arrastrando chancletas y cabellos enmarañados.
De vez en cuando se atraviesa una mujer ngäbe con su pobreza. En una tienda de artesanías, dos mujeres bocatoreñas esperan la próxima venta del día.
Martin es estadounidense y pide un traductor para hacerse entender. “Hablo muy poquito español”, dice así, con acento.
Contesta las preguntas sin quebrar la voz, pero sus ojos son de vidrio. De vidrio y metal, porque a veces responde con rabia. “Quería encontrarla, pero no de esa manera”, recalca. “Él debería estar muerto…”.
LOCO COMO CUALQUIERA
En el restaurante La Barracuda lo recuerdan bien. William Wild Bill Cortez “parqueaba” el bote allí mismo, entraba haciendo alboroto y saludaba a todos: al bartender, a los meseros, a los de la cocina. Algunas veces le daba por repartir abrazos.
Podían ser, quién sabe, las 9:00 de la mañana, y Bill pedía vodka. Le servían dos tragos cortos de Smirnoff y comenzaba a hablar. A William Dathan Holbert -el verdadero nombre de William Cortez- le encantaba hablar de sus viajes, sus negocios, sus “hazañas”.
“Decía que tenía un negocio de venta de [motos] Harley Davidson en Chiriquí; que había comprado casas”, cuenta una extranjera radicada en la isla. “Él no daba idea de ser un loco maniático… Aquí hay mucha gente más loca que él”, agrega.
Bill tenía entonces un terreno de 32 hectáreas en Aguacate, una comunidad próxima a isla Mono. Desde 2007 vivía allí con Jane Seana Cortez (Laura Michelle Reese), y varias veces organizó fiestas.
Las de Bill, ciertamente, eran verdaderas francachelas. Cientos de personas llegaban a la Hacienda Cortez de Aguacate a beber, a comer y a bailar. Algunos de los invitados, cuando veían que la juerga superaba a Dioniso, tomaban su lancha de vuelta a isla Colón.
Con las fiestas y esa personalidad simpática, divertida y hasta generosa que muchos le conocieron, Bill se ganaba la confianza de los extranjeros dueños de tierras, inmuebles y negocios.
Lo mismo había hecho en Volcán, en la provincia de Chiriquí. Allá lo conoció Timothy*, quien lo recuerda, precisamente, por la gran fiesta que hizo en un restaurante del pueblo.
Pero Timothy también recuerda que, aunque Bill podía ser muy buena gente en un momento dado, al siguiente era capaz de lanzarte un puño.
Más que esa personalidad ambivalente, lo que más llamó la atención de Timothy fue la capacidad de mentir que tenía Bill. Lo notaba, dice, cuando contaba cosas que eran fácilmente comprobables.
ESTO ES EL PARAÍSO
Hay varios caminos para llegar a isla Colón.
Se puede llegar por avión, porque la isla tiene su propio aeropuerto.
Se puede llegar en lancha, desde Changuinola. Es una media hora de viaje. También está el ferry, que cada día sale puntual a las 8:00 de la mañana desde Almirante.
Dicen los que han vivido años allí que antes, desde la calle principal, se podía ver el mar. Hoy la orilla está colmada de restaurantes, tiendas de ropa y piqueras de taxis acuáticos.
Da lo mismo que sea martes, jueves o domingo, porque la diversión no acaba y la procesión de surfistas y mochileros parece inacabable.
Bocas del Toro, bendecida con mares y costas de postal, se ha llenado de hoteles, hostales y casas de madera de lindos colores, que comparten vecindad con los ranchos de paja de los indígenas y las antiguas residencias de los negros bocatoreños.
Es común, dice una autoridad de la isla, que hoy se vea a un extranjero viviendo en la zona y, meses después, ya nadie sepa de él. “Como autoridad no tenemos el control de limitarles la libertad a los extranjeros”, agregó la autoridad, quien pidió reserva de su nombre.
Es por eso que cuando Bo Icelar dejó de ser visto, muchos pensaron que había vendido su casa y su terreno de Big Creek para buscar nuevos proyectos.
ENCARGO A MEDIO PALO
Walter Kawano llegó a Bocas del Toro en 2004, y ese mismo año conoció a Bo Icelar. “Él todavía no vivía en Bocas; iba y venía de Estados Unidos porque estaba construyendo su casa en Big Creek”.
Big Creek es una comunidad playera de isla Colón, a unos siete minutos en auto del centro del pueblo. Allí Icelar construyó una casa de dos plantas, con cinco arcos en la terraza de arriba.
La parte de abajo de la vivienda no estaba terminada y Icelar vivía en el nivel superior. Su cuarto estaba en el extremo derecho de la casa y, en la terraza, todavía cuelgan una hamaca y varias plantas.
Kawano, como agente inmobiliario, calcula que esta vivienda podría costar hoy unos 450 mil dólares.
A finales de 2006, Icelar se mudó definitivamente a Bocas y, dos años después, él y Kawano eran amigos.
Pero ya desde 2007, Icelar había manifestado su interés de vender el lote contiguo a la vivienda, que también había comprado. Para 2008 ya quería irse de Bocas y decía a todos que buscaba comprador para su casa.
Entre 2008 y 2009, Icelar se mudó a David, en la provincia de Chiriquí, para atenderse un problema que tenía en un pie.
Un tiempo antes, levantando pesas, un disco le había caído en la extremidad y ahora necesitaba ser operado. “Vivía en David con el alquiler de su casa en Big Creek”, explica Kawano.
En junio de 2009, Icelar regresa a isla Colón. Bill había tenido contactos con él y le había dicho que tenía interés en comprarle la casa.
Con una oferta en la mano, Icelar le pidió a los inquilinos que le desocuparan la propiedad para poder concretar la venta, pero el negocio le salió chueco.
Al parecer, Bill le ofreció menos de 200 mil dólares y Icelar decidió no vender. Sin venta y sin inquilinos, empezó a vivir otra vez en Big Creek.
Dice Santos*, un trabajador de una casa contigua, que Icelar era un hombre tranquilo que se dedicó durante esos meses a hacerle arreglos a la vivienda.
Un viernes, Icelar le pidió que le pintara la propiedad de a poco, y para ello tenía completa libertad porque siempre dejaba una copia de la llave en la casa del vecino.
Al día siguiente, el sábado, Santos tomó la llave, caminó hacia la casa de Icelar y lo llamó: “¡Dominicano! ¡Dominicano!”.
Dice Santos que lo llamaba así porque Icelar le había contado sus intenciones de marcharse hacia República Dominicana.
Al no obtener respuesta, quiso meter la llave en la cerradura pero se dio cuenta de que la puerta estaba abierta. Entró, subió al cuarto de Icelar y vio su ropa: “A lo mejor se fue al pueblo a comprar vainas”, pensó.
Fue entonces a la bodega a buscar los rodillos y la pintura y notó que allí estaba la bicicleta del dueño. Vio raro aquello porque Icelar, como no usaba carro, siempre iba pedaleando al pueblo.
Cuando bajaba para empezar a pintar el porche, notó que un pick up iba entrando a la propiedad.
– ¿Tu eres Santos?-, le preguntó un hombre alto, gordo, con rulos fulos en la cabeza.
“Sí, soy Santos. ¿Dónde está Bo?”.
“Se fue para Panamá”, le contestó el hombre.
Dice Santos que la respuesta le causó extrañeza, porque Icelar le había pedido que pintara la casa y no le había comentado que se iba.
“Yo terminé mi vaina y en la tarde lo llamé al celular. Nadie me contestó”, agrega.
A los días, Santos supo que el nuevo “dueño” de la casa se llamaba William Cortez. Corría, según recuerda, el mes de diciembre de 2009, y Bill se quedaría allí hasta marzo de 2010.
ALGO MALO PASÓ
La última vez que Kawano vio a Icelar fue el 16 de noviembre de 2009. El 27 de noviembre, conversó con él.
En ese momento lo llaman desde la capital para decirle que su hermano estaba grave, y Kawano viaja hasta la ciudad para acompañarlo en sus últimos momentos.
Dice Kawano que la Navidad y el Año Nuevo los pasó en la capital, y que no fue hasta la tercera semana de enero cuando regresa a Bocas.
Icelar le había contado a Kawano que quería dejar Bocas para mudarse a Clayton, para probar suerte en Ecuador o en República Dominicana.
Cuando Kawano regresó a la isla trató de contactarlo. “Yo lo llamaba al celular, le enviaba chats, correos electrónicos… Yo pensé que se había ido a República Dominicana o a Ecuador, y quería confirmarlo”, explica.
Pero en la última semana de abril, una amiga estadounidense de Icelar lo llama para comentarle que le había llegado el último estado de cuenta de las tarjetas de crédito del amigo en común -una copia le llegaba a ella – y ahí salían atrasos de varios meses.
“Ella me dijo que creía que había pasado algo malo”, explica Kawano.
El 13 de mayo de 2010, Kawano fue a la oficina de la Dirección de Investigación Judicial (DIJ) de la isla, ubicada frente al aeropuerto, y puso el reporte de persona desaparecida.
HUGHES ESTÁ PERDIDA
Keith Martin recuerda que la última vez que habló con Cheryl Hughes fue el 27 de marzo de 2010.
Siete semanas después, a mediados de mayo, Martin sintió que ocurría algo raro. No sólo eran los mensajes que no parecían de Cheryl, sino los vanos intentos que hacía una amiga de ella para ubicarla por teléfono en su casa de isla Mono.
El 11 de junio de 2010, en la DIJ de la isla tuvieron que llenar otro reporte de desaparecido, esta vez el de Cheryl Hughes.
Hughes tenía su casa en isla Mono -vecina de Hacienda Cortez, “propiedad” de Bill- y también tenía el hostal Casa del Sapo, en isla Carenero.
En la casa de Icelar, en Big Creek, hay un auto rojo Mazda con plaza 753343 que está allí desde marzo de 2010.
Adentro hay un disco -se lee Metallica Death Magnetic-, una esponja marca Scotch Brite, tres latas y dos botellas de cerveza vacías, una tarjeta de celular y un papel promocional que dice: “Previously known as Casa del Sapo. Now Casa Cortez. Under new ownership. Vacation Rentals”.
Con el reporte de desaparecida de Hughesy la denuncia directa contra Bill Cortez -porque él ya se anunciaba como dueño de las propiedades de Hughes-, las autoridades de la isla llegan hasta la Hacienda Cortez, en Aguacate, el 19 de julio de 2010.
UN HALLAZGO INCIDENTAL
Ese lunes 19 de julio, personal de la DIJ y de la Personería de isla Colón llegan a la casa de Cortez en Aguacate para efectuar una “diligencia de allanamiento”.
Andaban buscando cualquier indicio que diera con el paradero de Hughes y encontraron su pasaporte -sin sello de salida-, tarjetas de crédito y libretas de cuentas bancarias.
El pasaporte sin sello de salida era especialmente importante porque Bill había dicho a todos en la isla que a Hughes le había dado “un ataque de estrés, se volvió loca y se fue”.
De vuelta a isla Colón llamaron a Martin y le pidieron que los acompañara el día siguiente -martes 20 de julio- a una nueva diligencia. Las autoridades también llamaron al médico forense de Bocas del Toro, Wilfredo Pittí Morales, para que los acompañara, porque era probable que se encontrara un cadáver. Pittí Morales, sin embargo, no pudo viajar desde Changuinola hasta la isla ese martes.
Ya en la Hacienda Cortez, los agentes empezaron a hacerle preguntas a los trabajadores de Bill. Uno de ellos les dijo que, hacía un tiempo, el jefe los había mandado a cavar un hueco “para tirar una basura”. Los agentes les pidieron entonces que les mostraran el lugar donde había cavado la última vez.
El sitio estaba ubicado en la parte posterior de la casa, a una distancia de 350 metros. Ya había crecido césped y no se veía nada irregular.
Al remover la primera capa de tierra empezó a aparecer basura. Papeles, latas, de todo. Excavaron más o menos un metro y se terminó la basura. Decidieron seguir y, debajo de una capa de tierra, apareció un cuerpo.
Pittí Morales, el médico forense, dice que el cuerpo encontrado estaba ya bastante descompuesto y no tenía rasgo alguno. Conservaba, eso sí, los restos de una blusa sin mangas y un pantalón corto.
Los agentes que estaban allí excavando fueron a avisarle a Martin que había aparecido un cuerpo y a él se le desarticuló el gesto.
“Si tiene implantes, probablemente es ella”, señaló Martin. Efectivamente, el cuerpo tenía implantes mamarios.
“De todas formas, para asegurarnos… Ella se hizo un trabajo dental… Déjeme ver los dientes”, agregó Martin.
Así que los agentes lo llevaron hacia la fosa -ya el cuerpo había sido sacado y colocado a un lado- y un experto en criminalística le mostró los dientes.
Fue entonces que Martin dijo que era Cheryl.
EL HALLAZGO DE ICELAR
Cuando en mayo de 2010 la DIJ recibió el reporte de desaparecido de Bo Icelar, las investigaciones llegaron hasta el nombre de William Wild Bill Cortez.
Dice una autoridad que pidió reserva de su nombre que trataron de contactarlo, pero no lo encontraron.
Cuando se recibe el reporte de Hughes, las investigaciones terminan otra vez en Cortez y entonces se disparan las alarmas.
“No era sospechoso [que no estuvieran] porque ambos se querían ir”, dice la fuente. “Pero qué casualidad que todas las propiedades de las que Cortez se decía dueño fueron de otras personas, todas desaparecidas misteriosamente”, agrega.
Al encontrarse el cuerpo de Hughes, se decidió preguntar por el otro “hueco para la basura” que había pedido Bill. Empezaron a cavar otra vez y lo mismo: bajo basura y tierra aparecieron otros restos, pero esta vez eran huesos.
Dice Pittí Morales que fue necesario realizar una segunda excavación porque al cuerpo que se supone es de Bo Icelar le faltaban las manos y dedos.
Tras esa segunda excavación, en uno de los dedos se encontró un anillo grande de oro, con la figura de un indio.
Además, como en el caso de Hughes, las piezas dentales revelaban que se le habían hecho trabajos “muy buenos”, tal como consta en la historia clínica odontológica de Icelar.
William Wild Bill Cortez o William Dathan Holbert fue capturado en el río San Juan, entre Costa Rica y Nicaragua, mientras intentaba huir con su supuesta cómplice, Jane Seana Cortez o Laura Michelle Reese.
El jueves en la tarde fue extraditado hacia Panamá y, al bajarse del avión en el aeropuerto de Albrook, acomodó sus rulos, miró a las cámaras y sonrió. Los nombres han sido cambiados por seguridad.
Bill reconoce muertes de Hughes, Icelar y los Brown
Wild Bill terminó su indagatoria la noche del pasado viernes confesando cinco asesinatos: los de Mike Brown, su esposa y su hijo adolescente, y los de Cheryl Hughes y Bo Icelar.
A todos los baleó para robarles sus propiedades en Bocas del Toro.
De forma tranquila, acompañado de un intérprete y un abogado de oficio, dijo que mató a la familia Brown hace tres años, con tiros a la cabeza. Luego los enterró. También aceptó haber matado a Hughes y Icelar de la misma forma.
Lo que sí no admite William Holbert es haber ultimado a indígenas que laboraron con él. Hay cinco que están desaparecidos y sus familias y las autoridades sospechan que Holbert tiene que ver con eso.
Según el fiscal auxiliar, Ángel Calderón, un equipo de antropólogos y forenses del Instituto de Medicina Legal se prepara para viajar la próxima semana al lugar en que el asesino dijo haber enterrado a los Brown.
“Igual que cuando se buscó el cuerpo de Héctor Gallego y se encontró el de Heliodoro Portugal en Tocumen”, aseguró el fiscal.
No precisó dónde se harán las excavaciones, para evitar que algún curioso por decir lo menos se les adelante.
También informó que Wild Bill es requerido por Estados Unidos por un caso de estafa. Este tema deberá ser resuelto por la Corte Suprema y la Cancillería.
Holber continuará detenido en la celda transitoria de la Dirección de Investigación Policial (DIJ) junto a su mujer, y su indagatoria continuará el lunes.
Laura Michelle Reese, que enfrenta los mismos cargos de homicidio que Holbert, ha resultado menos elocuente.
No ha querido contar nada y se ha acogido al artículo 25 de la Constitución, que señala que nadie está obligado a declarar contra sí mismo. Adicional, solicitó la asistencia de la Embajada de Estados Unidos.
Una fuente forense aseguró que Wild Bill debe ser visto como un asesino en serie y no como uno múltiple. La diferencia está en que el asesino en serie planifica el homicidio con un fin; son motivadas por el control y entran en el equivalente de psicópatas. El asesino múltiple, no.