El domingo 27 de junio pasado, durante la conmemoración en Matiguás, departamento de Matagalpa, del 20 aniversario del desarme voluntario de la Resistencia Nicaragüense, jóvenes desconocidos repartieron la proclama de un supuesto grupo de alzados en armas contra el régimen de Daniel Ortega, liderados por el “comandante Yahob”, quien, según se supo después, es un antiguo comando de la Contra cuyo nombre real es José Gabriel Garmendia.
Mucho antes de que eso ocurriera, en los primeros días de abril del año pasado el Arzobispo de Managua y presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, monseñor Leopoldo Brenes Solórzano, informó que los obispos Jorge Solórzano, entonces de Matagalpa, Abelardo Mata, de Estelí, y Enrique Herrera, de Jinotega, le habían confirmado tener conocimiento de que en algunas zonas rurales de esos departamentos se estaban formando grupos armados contra. Según se dijo entonces, las razones de que algunas personas se estuvieran armando para luchar contra el Gobierno, eran el gran fraude que se perpetró en las elecciones municipales de noviembre del 2008 y las claras señales de que Daniel Ortega estaba gestando una nueva dictadura.
En aquella ocasión, el entonces vocero del Ejército, general Adolfo Zepeda, negó la existencia de grupos armados por razones políticas. Posteriormente, a raíz de la proclama en Matiguás de “Yahob”, quien dice comandar una fuerza rebelde armada de 140 hombres, el nuevo vocero del Ejército, coronel Juan Ramón Morales, declaró: “Nosotros queremos decir que la guerra terminó hace años, que lo que necesita el país es paz, una convivencia pacífica, pues es la única forma de sacar adelante el país. Además el Ejército desconoce de grupos armados en el país, y lo único que conocemos son grupos delincuenciales que se dedican al secuestro, asalto, abigeato ”
A partir de entonces ha sido el propio comandante en jefe del Ejército, general Julio César Avilés, quien se ha encargado de detractar a los supuestos alzados en armas contra el régimen de Daniel Ortega, y personalmente a José Gabriel Garmendia o “comandante Yahob”, a quien acusa de ser un criminal común que invoca razones políticas para justificar sus fechorías. Sin embargo el jefe del Ejército no ha aportado pruebas de la supuesta delincuencia común del ex contra Garmendia. Debería mostrarlas, no es suficiente con su palabra.
En realidad, los gobernantes y los mandos militares de todas partes del mundo siempre han descalificado a los rebeldes armados, acusándolos de criminales comunes. La misma organización guerrillera a la que perteneció el general Avilés en su juventud, fue calificada como criminal por el gobierno somocista, además de que muchas acciones del FSLN eran de hecho delitos comunes, como por ejemplo los asaltos a bancos, que sin duda tenían conexión y fines políticos pero de todas maneras eran delitos comunes.
Ahora, el Arzobispo de Managua, al contrario de lo que dijo a principios de abril del año pasado sobre las informaciones que tenían varios obispos acerca de la formación de grupos armados por motivos políticos, ha dicho según El Nuevo Diario que no tiene “conocimientos sobre personas armadas que quieran afectar a nuestro país, todos esperamos que persistan el respeto, la democracia, el amor y la paz; que desaparezca el odio entre nosotros, y que nos empecinemos en combatir la pobreza y el hambre en Nicaragua y en todo el mundo”.
En esto último tiene razón monseñor Brenes: la gran mayoría de los nicaragüenses —aunque no todos, obviamente— amamos la libertad, luchamos por la democracia y queremos la paz. Pero no basta con que el pueblo quiera la paz. Para que reine la paz en el país es indispensable que los gobernantes respeten la Constitución, que no atenten contra los derechos de los ciudadanos, que no se coloquen por encima de la ley, que gobiernen honradamente y que procuren la justicia social y el bien común.
Por otra parte, está bien que el jefe del Ejército advierta a quienes hablan de alzarse en armas contra el Gobierno, que los reprimirá con toda la fuerza de su poder armado. Pero también debe decirle a su jefe supremo —que es Daniel Ortega—, que no atropelle la Constitución, que no insista en su reelección, que abandone el proyecto de restablecer la dictadura, que respete el derecho de los nicaragüenses a cambiar los gobernantes en elecciones libres y limpias.
La paz es el respeto al derecho ajeno, advirtió Benito Juárez. Pero la paz se basa incondicionalmente en el respeto de los gobernantes a los derechos del pueblo y a la libertad de todos los ciudadanos.
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