Crueldad extrema en Irán

El domingo recién pasado se publicó en Diario Hoy una fotografía que muestra la imagen de Sakineh Mohammadi Ashtianí, mujer iraní, de 43 años, que fue acusada de adulterio y sentenciada a morir por lapidación, cuyo caso se tornó emblemático y ha motivado una movilización mundial de solidaridad.

Consideramos necesario destacar este hecho, primero porque la lucha por salvar la vida de esta mujer iraní merece ser apoyada por toda la gente que defiende el valor sagrado de la vida humana. Pero además, para llamar la atención de que en Nicaragua lamentablemente la campaña mundial de solidaridad con Sakineh Mohammadi Ashtianí no ha tenido repercusión, mientras el régimen de Daniel Ortega con frecuencia emite declaraciones de respaldo a las políticas aventureras y represivas de la dictadura de Irán.

La falta de solidaridad, en un caso tan significativo como el de esta mujer iraní condenada a morir apedreada, es inconcebible en un pueblo como el nicaragüense, el cual ha recibido mucha solidaridad en su lucha contra los regímenes despóticos, de derecha y de izquierda, y se ha distinguido por ser solidario con las víctimas de la opresión y la injusticia en cualquier parte del mundo. Además, en Nicaragua hay un movimiento de mujeres muy beligerante, que debería interesarse en el caso de esta mujer iraní que ha sido condenada a morir lapidada por la acusación de algo que en el mundo civilizado puede ser motivo de censura moral, pero no tipificado como un delito, mucho menos condenado con la pena de muerte y peor aún mediante el extremadamente cruel procedimiento de la lapidación.

La lapidación ya había sido abolida en Irán, pero fue restablecida por la revolución islámica de 1979. Posteriormente, la protesta interna y la presión internacional obligaron al régimen iraní a declarar una moratoria de su aplicación, pero fue restablecida por el gobierno extremista de Mahmoud Ahmadineyad, después que tomó el poder en el 2005.

En Irán la pena de muerte por lapidación no se aplica únicamente a las mujeres, pero la mayoría de las personas condenadas a sufrir este mortal castigo pertenece al sexo femenino, pues la misoginia (o sea el odio o aversión a las mujeres) es una característica del régimen fundamentalista, teocrático y machista de los ayatolas iraníes.

Las personas condenadas a morir por lapidación son enterradas hasta el cuello, si son mujeres, o hasta la cintura, en el caso de que sean hombres. Si la o el condenado a lapidación logra salir del enterramiento por su propio esfuerzo y sobrevive luego a las pedradas de sus verdugos, entonces la pena queda conmutada. De acuerdo con la ley, en la lapidación no se debe utilizar piedras tan pequeñas que no le causen daño a la persona apedreada, pero tampoco tan grandes como para que maten a la víctima demasiado rápido. Pero por supuesto que nadie logra sobrevivir a tan bárbaro castigo que ya hace más de dos mil años fue repudiado por Jesucristo, según consta en el Evangelio de San Juan.

Para que una mujer sea condenada a lapidación basta con que cuatro hombres la acusen o declaren contra ella; en tanto que para condenar a un varón se requiere la acusación o el testimonio de tres hombres y dos mujeres. Y en particular se aplica este bárbaro castigo a “delitos” relacionados con el matrimonio y la familia, como por ejemplo la infidelidad conyugal en el lo que se refiere a la mujer.

El propósito declarado que se persigue con la aplicación de esta brutal pena es aumentar el dolor y el sufrimiento de la persona condenada. Tal es el caso de Sakineh Mohammadi Ashtianí, quien ya fue salvajemente castigada con 99 latigazos, pero eso no le bastó a los sádicos verdugos del régimen iraní de Mahmoud Ahmadineyad.

Aún hay tiempo para salvar a esta desdichada mujer. Con ese noble fin está en marcha un amplio movimiento mundial de solidaridad, en el que participan organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, y personalidades como el escritor Salman Rushdie, la ex secuestrada colombiana por las FARC, Ingrid Betancourt, el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardozo y el Alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg.

Las organizaciones cívicas y humanitarias de Nicaragua y los nicaragüenses, que defienden la vida y aman la libertad, deben apoyar la campaña por la salvación de Sakineh, la mujer iraní que en este momento representa o simboliza la vida de toda la humanidad.

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