El barrio Hugo Chávez no está en ninguno de los 35 recorridos de buses del Transporte Urbano Colectivo (TUC) de la capital de Nicaragua, Managua.
Frente a su entrada, en el arco que se ve desde la Carretera Norte, se detienen algunos buses de las rutas que circulan por esa vía de la capital, pero ninguno se adentra en ese galillo de unos tres kilómetros de largo, que fue adoquinado el año pasado con fondos del Gobierno de Venezuela y que conecta a las casi 600 casas que componen este barrio.
No entra ningún bus, pero sí transitan las caponeras, esas bicicletas convertidas en taxis con carpas plásticas y asientos delanteros, también mototaxis y unos cuantos microbuses que dan un servicio de transporte a los pobladores del Hugo Chávez, que hasta hace poco sólo tenían la opción de caminar más de dos kilómetros.
Leydi Rojas, de 25 años, obrera de la Zona Franca, va subida en la caponera de David Siles, quien le cobra cinco córdobas por llevarla hasta la entrada.
“Si no existiera me tocaría caminar. Es muy pesado”, dice Rojas, quien lleva de la mano a su hijo que apenas camina.
Cuando llegue a la entrada, Rojas cruzará la calle y esperará un bus que la traslade a las Américas, donde tiene que hacer un mandado.
David Siles estaciona su bicicleta a un lado de la calle, donde hay otras caponeras como la suya esperando clientes. Cada una de estas caponeras tiene capacidad para dos personas que representan 10 córdobas.
La mayoría de estas caponeras del Hugo Chávez se mueven con pequeños motores. Siles dice que adaptarle el motor le costó alrededor de 3,000 córdobas y todavía los está pagando, pues el vehículo es suyo.
Pese a que no entran buses, Siles dice que a las caponeras les toca competir con las mototaxis, en las que caben más personas y que cobran lo mismo. “Me siento más segura en ellas”, dice Rojas refiriéndose a la estabilidad de las mototaxis e indica que ha sabido de un par de caponeras que se han dado vuelta.
Sin embargo, tienen más facilidad de circulación que los microbuses, que resultan vehículos anchos para una calle tan angosta, reconoce la empleada de la maquila.
EN OTROS BARRIOS
Las caponeras y las mototaxis se han multiplicado en otros puntos de la ciudad. En la entrada de la empresa cervecera, en la zona donde fue la Pepsi, en La Subasta, en la Pista Suburbana, en mercados como el Mayoreo y el Iván Montenegro, se han convertido en otra alternativa de transporte para muchos pobladores.
Cada vez que viene del norte, Jairo Silva entra al barrio Gertrudis Arias en una mototaxi, de las 14 que funcionan en la entrada del Mayoreo.
El Gertrudis Arias está prácticamente enfrente del mercado, pero el camino es estrecho, terroso y solitario. Es muy difícil que por ahí circule un carro. Eso lo sabe bien Danilo Morales, de 17 años y conductor de una mototaxi que, precisamente, va del Mayoreo al Gertrudis Arias.
Con tres pasajeros Morales sale del mercado, pero puede cargar hasta seis personas en su vehículo.
Otros recorridos van hasta el barrio Praderas del Doral, la urbanización que está contigua al mercado.
La vuelta no dura más de 20 minutos. Las mototaxis, como las rutas del TUC, circulan por las calles principales, aunque algunas hacen excepciones y recogen o dejan a la gente en la puerta de sus casas.
Morales, quien está a punto de ser papá, dice que ellos, los choferes, ganan el 30 por ciento de lo que producen en el día. A veces pueden ser 200 córdobas por jornada.
El horario es más amplio que el de los buses: de 5:00 a.m. a 9:00 p.m. “Esperamos a los estudiantes y a gente que viene de trabajar”, dice Morales.
Aunque en menor escala, las caponeras y las mototaxis también están expuestas a los choques y accidentes. Por eso, en sectores como Praderas del Doral, cerca del Mercado de Mayoreo, los dueños de estos vehículos prescindieron de los ayudantes porque eran víctimas frecuentes de choques con taxis y otros vehículos.
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