Cuestión de estrategias

La izquierda democrática que se opone al orteguismo, reconoce también que las elecciones primarias constituyen un mecanismo genuinamente democrático para fortalecer la participación de los ciudadanos. Sin embargo, considera que primero hay que lograr la renovación y el saneamiento del Consejo Supremo Electoral (CSE), el cual debe ser integrado con personas honestas y confiables para que puedan haber elecciones libres y limpias.

¿Para qué adelantarse a escoger candidatos en votaciones primarias —se pregunta ese sector de la oposición—, si en las elecciones nacionales los votos serán contados por las mismas personas deshonestas que perpetraron el gran fraude electoral en las municipales del 2008? Pensar en candidatos y hacer votaciones para escogerlos sin haber logrado antes la limpieza del Consejo Supremo Electoral, es como poner la carreta delante de los bueyes, aseguran quienes han decidido no participar en las primarias en el caso de que al fin éstas se pudieran realizar.

Sin embargo, quienes ya están trabajando en la preparación de las primarias consideran que esperar hasta que cambie el Consejo Supremo Electoral, los obligaría después a organizar a la carrera las votaciones para escoger a los candidatos de la oposición, o éstos tendrían que ser designados nuevamente de conformidad con el procedimiento tradicional del dedazo o en las convenciones previamente arregladas por las cúpulas de los partidos.

Lo positivo en esta discrepancia es que todos los sectores de oposición, tanto de derecha como de centro y de izquierda, al menos verbalmente están de acuerdo en las primarias para elegir previamente a los candidatos democráticos. La discrepancia es sobre el momento en que se deben realizar las primarias y el orden de las prioridades políticas, considerando que lo que está de por medio no es una ordinaria competencia electoral de partidos y candidatos, sino el desafío trascendental de recuperar la democracia o perderla por mucho tiempo.

Pero si todos están de acuerdo en que las primarias son necesarias y su diferencia es sólo en cuanto al momento y la oportunidad de realizarlas, entonces lo que deberían hacer los dirigentes de los diversos partidos y movimientos políticos opositores es buscar cómo ponerse de acuerdo en una estrategia común, definir el objetivo fundamental y las etapas de la lucha democrática, y actuar en consecuencia.

La batalla por la renovación democrática del Consejo Supremo Electoral se puede librar al mismo tiempo que se avanza en la preparación y la realización de las elecciones primarias, las cuales deben aprovecharse para fortalecer la organización política y desarrollar la movilización popular opositora. ¿Por qué no convertir la discrepancia sobre las primarias, en un factor para el acercamiento de las posiciones políticas y procurar la unidad nacional democrática que es indispensable para derrotar al adversario común, cual es Daniel Ortega y su empecinamiento en la reelección con el fin de perpetuarse en el poder?

Para la oposición debería estar claro que el tema electoral no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar el verdadero objetivo que es, primero, impedir que Ortega continúe en el poder después del 2011, y luego recuperar la institucionalidad democrática y reconstruir el Estado de Derecho que ha sido severamente quebrantado por el régimen orteguista.

Lo cierto es que ni siquiera hay seguridad de que las elecciones del próximo año serán libres y limpias. El orteguismo no permitirá elecciones libres porque sabe que las perdería ante una oposición unificada, como ocurrió en febrero de 1990. Daniel Ortega sólo se arriesgaría a permitir la celebración de elecciones libres con observación nacional e internacional independiente, si la oposición se mantiene fragmentada y va a los comicios de noviembre del 2011 dividida en al menos tres pedazos, aparte de los minúsculos partidos satélites.

De manera que tanto las primarias como la demanda de un nuevo Poder Electoral, decente y confiable, son partes de la misma estrategia de lucha democrática contra el orteguismo, la cual de acuerdo con las circunstancias podría ser electoral —y ojalá que así fuese—, o adquirir diversas y novedosas modalidades de resistencia pacífica activa.

Es evidente que en la estrategia de Daniel Ortega para mantenerse en el poder, lo más importante no es el respaldo mayoritario de la población, aunque quiera conseguirlo con sus políticas asistencialistas. Para Ortega lo fundamental es mantener dividida a la oposición. Tan simple y sencillo como eso.

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