El diecinueve de julio es una efeméride que por su significación nacional tiene caracteres propios en el contexto de la historia, porque representa la culminación de la dictadura militar somocista, y el surgimiento de un nuevo sistema en el cual el pueblo de Nicaragua fijó todas sus esperanzas.
El país se volvió artífice de ese “cambio”; lo hizo suyo por el aporte humano que dio a la lucha insurreccional, pero al paso del tiempo esas mismas esperanzas que el pueblo sembrara se fueron marchitando, y vinieron después los desengaños, y las frustraciones. El “cambio” que se esperaba nunca llegó. Pudo más la insensatez de los nueve comandantes, antes que la necesidad de consolidar la democracia. El pueblo que quiso construir su destino quedó con su proyecto; se logró sacudir de una esclavitud, y cayó en otra peor; los propósitos por una Nicaragua redimida rodaron por las calles con una Revolución que no pudo avanzar sobre el futuro porque se quedó retenida en el pasado, y la medicina resultó peor que la enfermedad.
El pueblo que levantó barricadas en las ciudades, y en los barrios para deponer al dictador de la West-Point, ese mismo pueblo levantará en su conciencia “otras barricadas” para derrotar con los votos a Daniel Ortega, el otro dictador de los nuevos tiempos en las justas eleccionarias del próximo 6 de noviembre del 2011. Esta República que nació para ser libre, no padece de “amnesia” para olvidar los atropellos vividos en la oscura década de los años ochenta donde el terror impuesto por la siniestra Seguridad del Estado afloraba por todos lados. ¿Acaso el pueblo no recuerda las macabras pesadillas experimentadas en las cámaras de torturas dirigidas por Lenín Cerna, y ejecutadas por los verdugos importados desde Cuba, y de la KGB de Rusia?
El pueblo también no puede “pasar por alto” las confiscaciones gratuitas nacidas del odio, las temerosa ley del Servicio Militar Obligatorio que a muchos jóvenes los llevó a la tumba, los asesinatos políticos, la creación de los cementerios, y las cárceles clandestinas, la persecución a la Iglesia católica, la censura a los medios de comunicación independientes, los procesos arbitrarios montados en los Tribunales Populares Antisomocistas (TPA), el asalto a la economía que se hizo en 1987 con el funesto cambio de moneda por el famoso córdoba oro, el éxodo masivo a tierras extrañas, la prédica inmoral de la “liberación femenina” que incitó a la mujer a tomar caminos equivocados, la campaña denigrante contra las clases sociales, las tarjetas de racionamiento para retirar de los expendios la comida limitada, y la división en la familia a nicaragüense.
La revolución se ha quedado estática, ni puede seguir hacia adelante en vista de que sus “conductores” como malos marineros no pueden remarla sobre los océanos del desarrollo. Con los sandinistas en el poder, Nicaragua ha retrocedido; hablaban hasta la saciedad de los capitalistas, y hoy, estos “críticos” viven como potentados, se han vuelto fuertes empresarios y se siguen aprovechando del atraso cultural que vive el campesino para seguirlo engañando, y mantenerlo en las tinieblas de la ignorancia.
Aquí en esta Nicaragua irredenta, no se ha producido ninguna transformación, y el único “cambio” que los sandinistas han llevado a la práctica, ha sido sustituir el rifle Garand que usaba la Guardia, por el rifle AK que ha bañado de sangre a nuestra sociedad en una forma más multiplicada que antes, haciendo surgir una Nicaragua altamente prostituida por tantas injusticias que funcionan notoriamente.
El autor es periodista de Somoto
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